Charly García: su padre, su Dios.

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El artículo breve de

Rodrigo Arteaga Portillo 

Cuando pienso en Charly García recuerdo mi adolescencia; esa época en que el rock en español se convirtió en un movimiento contracultural (luego sería moda); al principio podíamos cantar groserías con los Hombres G (catalogados como rock pop), con aquello de sufre mamón, aunque en la radio lo censuraran agregándole “Ramón”; mucho antes de que los léperos e irreverentes Molotov sacaran su “Puto” y  su “Chinga tu madre”. Era la temporada de los divertidos y escatológicos Toreros Muertos y “Mi agüita amarilla”, los Radio Futura y su filósofo cantautor, por parte de la madre patria; los  oscuros inicios de Caifanes y su “Mátenme porque me muero” y el ska estilo pachuco de La Maldita vecindad y los hijos del quinto patio,  orgullosamente nacionales. Fue entonces cuando el rock en español empezó a ser el sound track de mi vida.

Charly García es el padre del rock argentino; de su discípulo Fito Páez y de Soda Stéreo y su “Cuando pase el temblor” que tanto éxito tuvo en México al salir el mismo año que el peor terremoto en la historia del país, un parteaguas en mi vida, como también lo fue García y su canción “No voy en tren” con la que me estrellé por primera vez a los quince años escuchándolo a todo volumen con unos amigos en el coche de mis padres. Era la voz que expresaba esa sensación de incomprendido que tanto se acentúa en esa etapa: Estoy verde, no me dejan salir.

A Charly García pude verlo en vivo, meses después del choque, gracias a mi padre, a quien le regalaron boletos en un palco del Auditorio Nacional, lo escuché en su apogeo, no como a Pink Floyd, cuando ya eran una leyenda; provocaba al público a subirse al escenario y para cerrar con broche de oro reventó su guitarra eléctrica contra el suelo. Mucho tiempo después lo vi en otro concierto pero en video, flaco, decrépito y fumándose un porro (dirían los españoles) frente al público, me dio lástima y me pareció fuera de lugar ese acto de rebeldía que en otro tiempo hubiera festejado. También lo vi en un documental lanzarse desde el último piso de su hotel, en lo que parecía un suicidio (todo el mundo en la ciudad es un suicida, tiene una herida y es la verdad), pero resultó ser un peligroso clavado a la piscina. Supe que fue una especie de niño genio, tiene oído absoluto, gracias a lo cual aprendió varios instrumentos (cuando era niño nunca fui muy listo, tocaba el piano como un animal); prefirió la rebeldía del rock a la música clásica (“La nueva música clásica”, diría José Agustín). También supe que hace varios años su hijo (también músico y cantautor) estaba angustiado ante una declaración suya de que le gustaría prenderse fuego; alertaba contra esa posibilidad a los fanáticos de su padre, un grupo unido por el lema “Say no more”, capaces de arrasar lugares cuando le cancelan conciertos por llegar horas después, para ellos es una especie de Dios (“Yo no quiero volverme tan loco”).

Charly García ha estado internado en diversas clínicas psiquiátricas, incluso llegó a un concierto en ambulancia. Es todo un caso, ya declaró, cuando Gustavo Ceratti cayó en coma:    -Los rockeros no somos unos santos.

Yo tampoco lo soy, por eso, a pesar del tiempo,  aún lo  admiro y lo recuerdo yendo de la guitarra al teclado; del hospital al concierto, “Yendo de la cama al living” con su bigote bicolor natural, como cuando iba al volante, aquella noche antes del accidente, cantando: Yo soy de la cruz del sur, soy el que cierra y el que apaga la luz.