Chicoché: el hombre que fue overol

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Es la crónica de uno de los ídolos más importantes de Tabasco y México. Murió inesperadamente y su sepelio es el más recordado en el sur de México.

 

Kristian Antonio Cerino

 

El overol

 

Francisco José Hernández Mandujano se mira al espejo en un hotel de Nueva York y dice: Pinche Chicoché, me das risa.

Su hijo le mira recostado en la cama en el anochecer neoyorkino y a lo lejos se ven algunos edificios que llaman rascacielos. Se oye música en español.

Chicoché se mira otra vez y repite como un incrédulo: Pinche Chicoché… me das risa. Se hace un silencio.

No se conoce porque algunos años atrás cargaba bocinas y cables en los pueblos del sur de México. En Playas de Catazajá, en Chiapas, él y sus músicos usaron un cayuco (canoa) para transportar los instrumentos de cuerdas y metales.

Por esta razón, contemplarse en el espejo es una mirada retrospectiva a los primeros años en que cantó entre pantanos y potreros.

Ahora, frente al espejo, se ha puesto un overol de piel fabricado para la ocasión. Sobre el overol, el atuendo que eligió para construir su imagen, una gabardina negra y un sombrero del tío Sam.

“Aunque me parezca a Dick Tracy pero siempre mi overol”, y se quitó la gabardina y el sombrero. Al dejar de mirarse en el espejo se ha puesto sobre el overol de piel un suéter de rayas azules.

Era la primera ocasión que un músico tabasqueño estaba en la Gran Manzana  cantando en español música tropical con unos rasgos de rock.

El primogénito de Chicoché -que le mira desde la cama- comprende que el padre ya está en las grandes carpas, que es famoso y que atrás quedó el cruzar bocinas y cables en cayuco.

Hay dos versiones de cómo Francisco José Hernández Mandujano, Chico por Francisco y Ché por José, comenzó a usar el overol. En la década de los setentas, en México, ponerse overol era sinónimo de ser gabacho, venido de los yunais esteis, época en que el pantalón de mezclilla se utilizaba sólo para trabajos de fábrica o campo.

La esposa de Chicoché cuenta que un día compró un overol y sintió que estaba cómodo. Se lo puso. Partió de casa. Cantó en un baile y al público le gustó.

—Ya no se sentía un menonita —dice la señora Concepción Rodríguez.

En las siguientes semanas, Chicoché le pidió a un sastre que le confeccionara otros overoles, unos modestos, otros con telas brillosas y uno más de piel.

—Mi compadre Chon le hizo uno de piel.

Es probable que el overol de piel lo haya usado en Nueva York a mediados de los ochentas. Es probable.

Esa primera vez que salió de casa (calle 7 en Villahermosa)  con el overol, su mujer creyó que la gente pensaría en los inicios de una locura que lo llevaría a la ruina. No fue así.

La segunda versión la narra su hijo Francisco: Chicoché fue obrero petrolero. Una noche cantaría con el grupo musical Los temerarios -lo haría después con Los bárbaros- en su natal Tabasco. En la víspera, un amigo “gringo” a quien llamaban Robert le regaló “cosas gabachas” y entre el cúmulo de objetos un overol, uno fabricado con mezclilla.

—Esa noche no tiene qué ponerse y se pone el overol de Robert.

—¡No vas a ir así! —le dijo en voz alta Concepción—. Sí oyó pero no le prestó atención.

Ocho horas más tarde, él regresaría a casa. Le diría al oído, mientras la hembra dormía, que el vestuario había gustado y que todos le miraron desde que entró al salón de baile.

A los pocos días, Chicoché sentenció:

Éste es el atuendo de Chicoché, no me lo voy a quitar.

Francisco asegura que el nacimiento del personaje Chicoché fue ocasional. Lo que sí reconoce es que su padre decía que un personaje siempre debía ser emblemático. Y citaba a Cantinflas, a Kalimán, a muchos.

—Pero la verdad es que no tenía qué ponerse.

Con los años, un hermano del saxofonista Eugenio Flores le hizo algunos overoles y otros tantos los fabricaron en Campeche.

Con estos overoles llegó a la ciudad de México, la capitalsueño de los artistas y músicos.  Le miraban raro. Pese a las recomendaciones de vestir de otra manera, Chicoché ya había adoptado -y se lo decían en la calle- un segundo nombre artístico: El hombre del overol. Una tarde se presentó en la empresa Televisa, estaba por iniciar el programa Siempre en domingo conducido por el presentador Raúl Velasco. El formato era cantar y ser entrevistado por el presentador que impulsó la carrera de muchos, y truncó la de otros.

—Oiga, ¿usted no se va a cambiar? —le preguntó Velasco a manera de orden.

—No, éste es mi vestuario —respondió el hombre obeso, pelo largo y de lentes gruesos.

Para los hijos de Chicoché, presentarse en televisión nacional era ir contra todos los pronósticos. Más, si se trataba del poder que amasó por muchos años Raúl Velasco. Su hijo Roberto Carlos Mandujano no olvida este episodio.

Una semana después de la muerte de Chicoché (29/03/1989) Velasco dedicaría unos minutos de Siempre en domingo para lamentar su partida repentina. Diría: fuiste genuino, auténtico.  Contaría, además, la primera ocasión que estuvo en Televisa: Octavio Esquerra  lo vio vestido así y le dijo vamos a salir al aire, ya cámbiese… y luego de un silencio El hombre del overol dijo cuatro palabras: “yo siempre salgo así”. Diecisiete letras bastaron para dar respuesta.  Pero, al principio “no quería que Chicoché tocara” precisa Concepción Rodríguez.

Al fallecimiento de José Francisco Hernández Mandujano ninguno de sus tres hijos se puso el overol para continuar con el legado. Hace poco lo hizo un nieto en un festival escolar.

Un representante artístico le pidió al hijo mayor escenificar  a Chicoché. No aceptó. Aquella tarde neoyorkina Francisco Jr. descubrió que el personaje del padre había adquirido un valor insustituible. Lo supo desde que lo vio mirarse al espejo y éste repetía “Pinche Chicoché, me das risa”.

—Yo no me puse el overol para ser un chusco

—Menos por dinero

—Me quedó grande el overol

A propósito de edificios y rascacielos, un día Chicoché tomó del brazo al saxofonista Eugenio Flores y le pidió mirar por la ventana del hotel Palace. Repetiría una frase que se volvería realidad: Mira, el monstruo de concreto, algún día será nuestro.

A su esposa se lo diría de otra manera aquella tarde en que ambos miraron el equipo y los instrumentos de Marco Antonio Solís, El Buki: Conchita, algún día, algún día.

Dos años después ya estaría en giras nacionales y extranjeras compitiendo con su rival norteño Rigo Tovar y comenzaría la discografía de Chicoché y las canciones que repetían -en las letras- la desaparecida letra CH (che) como De quen Chon que en castellano era De quién son.

 

 

El preludio

 

En el imaginario de Gabriel Hernández Llergo veía a Francisco José ejercerse en la abogacía. El sueño del abogado se esfumó en los días en que Chico o Ché se le metió esa idea de ser músico. De rock.

—En Derecho siempre estuvo, pero de la música —dice su viuda.

Primero debutó con Los bárbaros y después fue músico de Los temerarios. Un comienzo repleto de adversidades.

Nadie  le conocía. Pocos le habían oído. Era el momento de abrir la brecha entre trillas y pantanos.  En sus primeras giras por los pueblos de Tabasco conoció a campesinos y ganaderos. A manera de broma Concepción Rodríguez  afirma que eran los tiempos en que no había dinero para comprar un camión y en donde la única alternativa para transportar el equipo (bocinas, instrumentos y músicos) era una redila de camioneta.

—Iban como vacas.

Rodríguez cree que Chicoché era un hombre tenaz y terco. Esta terquedad le permitió resistir, conocer la planicie de Tabasco, las montañas de Chiapas, los pueblos de Campeche y los vaivenes de Veracruz. Años después habría de recordar el día en que Chicoché le prometió mejorar su condición de vida.

A la ciudad de México  llegaron las primeras noticias de que un “peludo” llenaba las plazas, los parques y los salones de baile. Que con su música la estaba armando “a lo grande”. Esto lo supo Jesús o Chuchó Rincón y un día, así nomás y sin avisar, se presentó en Villahermosa. Unas semanas más tarde se hizo el representante de El hombre del overol.

Mucho antes de la aparición de Rincón, Francisco José vivía a través de solicitudes de crédito. Incluso, en Veracruz, le financiaron muchas veces para comprar instrumentos musicales y bocinas. Este financiamiento lo recibió en una casa musical de nombre Vasconcelos que estaba en la ciudad de Coatzacoalcos.

—No teníamos lujos.

Ni había oficina.  En la década de los setentas, cuando funda su grupo musical La crisis, los ensayos se realizaron en la casa de Chicoché, una vivienda modesta en la que se priorizaba la compra de bocinas y cables en vez de adquirir muebles para llenar una sala vacía.

Los caminantes de la calle 7 preferían perder el autobús que los llevaría a sus colonias por escuchar y ver el ensayo de Chicoché y La crisis. Podría decirse que muchos pagaban no por bailar la música “del peludo” sino por mirar, contemplar y testificar el crecimiento de lo que ya se consideraba un fenómeno.

En la radio, Chicoché ya estaba posicionado como artista local. De pronto, una voz grave invitaba al próximo reventón musical:

Baile, goce y diviértase en la pista del club Sonorama con la presencia del ídolo de Tabasco: Chicoché y La crisis. Este anuncio se repetía unas veinte veces por cada estación radiofónica. Se pagaban planas en los diarios y decenas hombres pegaban carteles en los arbotantes de energía eléctrica y teléfono. Era el inicio de Chicoché como músico y también como padre. Su hijo Francisco nacería en 1970 rodeado de bafles, pedestales, guitarras, bajos y consolas de audio.  Por este mismo año se fundó el grupo La crisis.

Francisco, el primogénito, desarrolló la habilidad por instrumentos de percusión. A la batería le llamaba Tilili. A decir de la madre, él tocó el Tilili en un baile en el parque Juárez de Villahermosa. Tenía sólo cuatro años.

Sin embargo, Francisco jura que el instrumento que ejecutó esa vez fue un pandero. Lo hizo mientras miraba a Chicoché y éste le pidió hacerlo frente todos.

—Me dio miedo y me regresé detrás del bafle.

La razón: “allá es el lugar donde me gustaba estar”.

Desde el rincón del bafle marca Yamaha, el hijo miraba con atención los ademanes y ese momento “especial” de cómo un cantante interactúa con el público que baila y corea sus cantos.

En 1975, Chicoché y sus músicos ya no viajan en redila. Ha mejorado la economía y alcanza ya para comprar un camioncito. Ahí viajan todos sin importar que el piso del camión esté roto. Era como mirar a los Picapiedras en el momento en que sacaban los pies del troncomovil.

Aquí nadie sacó los pies pero sí veían las condiciones del camino. En este camión algunas veces apareció Francisco, el hijo mayor. En la casa de Villahermosa lo daban por perdido pero -como acto de magia- era hallado en el vehículo entre maletas y cajas de bocinas.

Al principio le reprendieron. Imagínese usted que eran los años en que no había forma de comunicarse más que usar un teléfono en una caseta.

Francisco tenía siete años y desde entonces, sin permiso y con él, se hizo el acompañante del padre. Conoció su sensibilidad, disfrutó su crecimiento, grabó sus risas y testificó cómo los bailes estaban a “reventar”.

—Me impresionaba cómo a un movimiento de él, la gente respondía con euforia.

Con los años, el panorama de la familia cambió: compraron enseres domésticos, regalos, autos y el nivel de vida era holgado que había dinero para ya no ir a escuelas públicas sino a escuelas de paga.

A Francisco le gustó la idea. Cuando se sentaba en las piernas de Chicoché disfrutaba que éste le volteara los brazos porque, decía, los tenía quebrados o chuecos.

El éxito llegaba pero con ello, también el distanciamiento.

—El éxito nos alejó —dice Francisco a 25 años de la muerte de Chicoché.

Harley (en tercer hijo de la familia y llamado así por la afición de Chicoché por las motos), de su padre sólo puede decir que fue cariñoso. Recuerda poco. El día en que el patriarca murió era un niño.

Pero, cómo fue que Chicoché halló un gusto por el rock y después se inclinó por cantar música tropical, música bailable en el centro y sur de México.

Su dominio por el inglés le facilitó escuchar a

Mike Jagger y Jim Morrison. De hecho, él siempre quiso ser un rocanrolero.

Cuando fundó La crisis parecía más un grupo rockero que tropical. Con el tiempo, incluyó metales (saxofón) y un guitarrista traído de Estados Unidos: Nacho Leyva.

—Lo rocanrolero siempre lo tiene —dice Francisco.

Roberto Carlos Hernández, el segundo hijo, ha investigado un poco sobre el estilo musical de Chicoché: era un híbrido, la inclusión de la guitarra se oía como huapango. Fue un estilo variado pero no era ni salsa, ni cumbia, ni merengue, pero cada músico le aportó ideas en los ensayos.

En una entrevista con la conductora de televisión, Talina Fernández, Chicoché explica que se trata de una música tropical clásica mezclada con requinteo, metales y rocanrol. Y la llamó música moderna.

Su música, le dijo Fernández, es tropical y eléctrica.

—Tu padre ¿fue un cronista de las historias de Tabasco?

—Más bien, un músico con un estilo auténtico, único y variado. Siempre propuso el golpe de la batería, el sonido del sax y el requinteo de la guitarra, la distorsión y el flanger.

Con los años, con la muerte de Chicoché, su música se fue reproduciendo en su mismo formato y en otros. Le ha cantado el grupo Molotov y sus letras han sido elevadas a los altares de la música clásica con algunos arreglos.

Pero, en qué se basa el éxito musical de Chicoché. Roberto Carlos lo resume de esta manera: porque supo comunicarse con la audiencia. Logra la comunión para que el pueblo y los humildes, le adopten como su hijo. Cuando le llega el éxito, Chico y Ché “ya tenía ganada toda una fanaticada”.

Hay algunas canciones que hasta nuestros días se citan para escribir artículos periodísticos o comentarios en radio y televisión. Por ejemplo: Quien pompó (Quién compró). Los tabasqueños y mexicanos, la utilizan para saber quién le ha comprado estos zapatos, aquellos vestidos, a una mujer que de pronto comienza una euforia por enseñar sus nuevas prendas de vestir.

—Tiene una idea clara y habla de lo que está pasando en el país —. Lo dice porque llegó a cantar “pero la reforma agraria va, de todas maneras va”. En una amplia crítica a lo que acontecía en el país con el reparto de la tierra.

A 25 años de la muerte de Chicoché, en voz de su hijo Roberto Carlos, nadie ha podido “ni de cerca”, tomar su relevo.

Menos sus hijos que mantienen una distancia con el personaje. Para la gente, él era el ídolo, para ellos, el papá:

—¡A poco es tu papá! —le preguntaban en la escuela a Roberto

—Pues sí.

 

 

La risa y el caos

 

Ya era famoso. Un día Chicoché estaba en Los Ángeles, California. Lanzaba pelotazos el pitcher mexicano Fernando Valenzuela en el momento en que un fanático gritó entre las gradas: ¡Chicocheeeeeeé! Y todos miraron al hombre del overol. Desde entonces, un ojo miraba al lanzador, y el otro, al músico. Mujer e hijos comprendieron que el hombre de la casa ya le pertenecía a muchos. Era la década de los ochentas.

 

En Plaza de Armas de Villahermosa, apareció Chicoché. A lo lejos, unas mujeres también gritaron: ¡Chicocheeeeeé! Y se abalanzaron sobre su cuerpo. El overol blanco quedó percudido. Anillos, cadenas y el reloj nunca fueron encontrados. A cambio de acercarse a él, las mujeres le lanzaron prendas y cartitas. Esto en Tabasco.

 

No era de uso común la palabra clonación pero en la ciudad de México los fans se vestían como él. Le imitaban. Chicoché participó de jurado en concursos llamados “El doble de Chicoché”. La Chicochémanía contagió a muchos. Hasta nuestros días aparecen los doble de Chicoché.

 

El éxito de     Chicoché inició al grabar el disco Los nenes con los nenes (1978) y continuó con De quen chon. Sin embargo, no quería cantar esta canción. Entre pleitos, unas cuantas bebidas, la grabó, una propuesta de su representante Jesús Rincón. Abandonó el estudio y al regresar, ya con los efectos del alcohol, grabó De quen chon, la última canción para completar el disco. Rotundo éxito. El hit nacional. Esto provocó giras y conciertos. A la presentadora de televisión, Verónica Castro, le decía: “cantaré los éxitos que le han dado fuerza a mi carrera”. Hablaba de los últimos 7 años antes de morir en 1989.

“Cómo voy a grabar esto, que la payasada”, decía él…

 

En Teapa, Tabasco, una muchacha está emocionada porque conocerá a Chicoché. Es decir, le verá y escuchará cantar. Pero no tiene vestido. Un alma caritativa le da prestada una prenda. Se la pone de última hora. Por las prisas, por la presión de los amigos que le gritan “ya es tarde”, plancha el vestido que ya lleva puesto. Se quema el vestido, se quema ella. Le duele. Con el vestido roto, se unta algo de crema o pasta en la quemadura; así se presenta al baile.

 

Francisco Jr. se sorprende por el fenómeno que representa el padre. En villa del Mar, Veracruz, está repleto el salón de ventanas y puertas con grandes cristales. Nadie cabe adentro, nadie cabe afuera. Hay miles que esperan al hombre del overol en la zona costera. Chicoché se aparece entre la multitud y le tocan.

 

Otro día se presentaría en el California Dancing Club, en la delegación Tlalpan. Chicoché y su hijo mayor -quien después sería su chofer- iban sobre la avenida. Los autos circulaban a vuelta de rueda y nadie sabía, ni ellos, el porqué del caos. Chicoché se asomó por la ventana y preguntó:

—¿Qué pasa allá?

—Es por un tal Chicoché —le dijo otro automovilista.

Justo ahí, Francisco Jr. se preguntó esto:

¿Con quién ando? “Fue algo tremendo”. En ese entonces me gustaban los artistas gringos, sabía de Chicoché, lo había visto crecer, pero no tenía idea de su magnitud. “Pude darme cuenta en dónde estaba parado”.

 

En Acapulco pasó algo similar. El padre y el hijo comían tacos cerca del malecón. Apenas pusieron salsa mexicana en los tacos cuando alguien gritó: ¡Ahí está Chicoché! Fue una expresión que atrajo a cientos. El resultado: comer parados en la cocina y salir por la puerta de emergencia. Lo anterior pasaba a menudo porque El hombre del overol no quiso usar guardaespaldas. Le agradaba la idea del rose ciudadano.

 

A Chicoché no le gustaba ir a la televisión.  Muy poco a la radio. En ambos medios se oía su música. Eso sí, sufría con las entrevistas.

Sin embargo, en la TV le llamaban “maestro” y lo recibían con fiesta.

Tampoco le agradaba firmar autógrafos: “tan pronto me pondrán a hacer la tarea”, solía.

 

Con el éxito, los regalos. Una mujer, en Puebla, baila y mira con firmeza los ojos de Chicoché. Se toca Macorina, un hit comercial. La mujer se menea y así, sin pensarlo, se quita una cadena y medalla de oro para ponerla en el cuello de Chicoché. Él se rehúsa a aceptarla (sigue cantando) pero la mujer insiste:

—La medalla era de la virgen y grande como la rueda de un vaso —dice Francisco Jr.

 

Además, en Puebla, un borracho lanza una piedra al camión de Chico. Éste se espanta y pide que le den un tabaco para calmar los nervios. El tumbista Pedro Díaz Bautista le oye decir: “si al Papa lo intentaron matar, qué será a mí”.

En Oaxaca, el baile había terminado. Chicoché y los músicos se disponían a retirarse porque ya eran las cuatro de la mañana. En la oscuridad unos hombres pidieron otras canciones y así continuar con el baile. Chicoché rechazó la oferta con un no y movimiento de cabeza. Pero los hombres dijeron sí no con palabras sino mostrando una metralleta y pistolas.

—¿Cuál quieren —preguntó Chicoché— Así por las buenas, seguimos tocando. Y el primero en darle golpe a los instrumentos fue Pedro Díaz Bautista, el percusionista.

 

En la calle Paseo Tabasco, en Villahermosa, un taxista dijo: ¡Ese es Chicoché! Para qué lo dijo… los pasajeros se bajaron y le saludaron. Después los otros automovilistas. El auto de Chicoché quedó aparcado en el mismo sitio. No pudieron avanzar con él. Su mujer y los hijos llegaron en taxi a casa. Del carro se acordaron horas después.

 

El periodista Juan José Padilla recuerda un mano a mano (duelo musical) entre Beto 75, un salsero colombiano, y Chicoché, en el parque Tomás Garrido de Villahermosa. Horas antes del choque musical, Francisco José es detenido por la policía y es llevado a la fiscalía de Tabasco. El motivo: encontraron hierba verde en el autobús.

 

El baile comienza. Beto 75 no ha podido enfrentar con su música  a Chicoché porque éste sigue bajo arresto. Los tabasqueños, consternados por la noticia, acuden a la radio desde la mañana (al programa de Telereportaje) para pedir su liberación. Otros se manifiestan en la oficina del procurador de justicia y otros más le esperan en el baile. La presión ciudadana funciona y el ídolo es liberado hacia la media noche. Así, el hombre del overol es vitoreado al hacer acto de presencia en el Tomás Garrido. Antes que amanezca, el baile concluye en un zafarrancho entre jóvenes ebrios.

 

A Chicoché nunca le agradó escucharse. Estar en casa era sinónimo de permanecer quietos y en silencio. Las muchachas del servicio doméstico escuchaban sus canciones pero él les pedía quitarlas y no ponerlas mientras estuviera en casa: “Coño, qué es eso”, solía decirles.

 

Chicoché era generoso con la familia. Cuando nació Harley le obsequió una casa a su esposa en la calle Mario Brown (1981). Cuando nació Roberto Carlos, le regaló un pulso de oro con un centenario que colgaba. La compra la hizo en el centro de Villahermosa y el auto lo estacionó en doble fila. Pero al salir, el auto iba sobre la plataforma de una grúa. Entonces, le brotó el grito: ¡Mi caaaárro! Corrió tras su carro, tras la grúa, tras el policía vial. Con él, decenas de hombres que sentían impotencia y odio por el policía que había levantado el auto del ídolo. Cerca del cine Sheba, el policía le regresó su auto y casi termina pidiendo perdón.

 

Dos rivalidades marcaron la carrera artística de Chicoché. Una nacional y otra estatal.La primera fue con Rigo Tovar y su Costa azul.

La conductora de televisión, Talina Fernández los entrevistó en el set de Televisa y les preguntó si había rivalidad. Ambos, lo negaron:

“Todos los grupos somos grandes hermanos”, dijo Tovar.

“Lo que importa es el corazón que ponemos cuando subimos al escenario”, dijo Chicoché.

También expresó que le costó mayor trabajo entrar con su música -del sur- en el centro del país, que le tomaran en serio con el overol.

La diferencia entre Rigo Tovar y Chicoché, se lo dijo el tabasqueño a Fernández, era una: Rigo es norteño y yo sureño.

A Patricia Chapoy le diría en los ochentas algo parecido: entre Rigo y yo no hay antagonismos. “Estamos unidos para darle al público lo que nos gusta, la música”.

 

El otro pleito fue local. Chicoché y Karmito -y los Supremos- llegó a su clímax en un bar de la ciudad de Villahermosa. Karmito (diminutivo de Carmen), cantante y pianista, gozaba también de popularidad regional

—La famosa rivalidad con Karmito era real —dice Francisco Jr.

En una fiesta de quince años, de la hija de Eugenio Flores, Chicoché y los músicos continúan la pachanga en la cantina Bullpen. Tras ellos, va Karmito.

En el bar, Karmito, apodado El brujo del trópico y fundador del grupo Los supremos, usa el micrófono del bar para cantar. Ebrio le pide a Chicoché que canten juntos. Éste le ignora.

—Ya déjame de chingarme —le dijo Chicoché.

Karmito lo sujeta del overol y de pronto se oye un golpe. Karmito cae ensangrentado ante el “putazo” que le da Francisco José.

Todos queda atónitos, incluso, la dueña de bar: Pancha Limonchi.

Al amanecer, Karmito llega a casa de Chicoché. Pregunta por él. Nadie responde. Se le ve molesto y el traje blanco -que usaba a menudo- está rojo por la sangre. Traía rota la nariz.

—¿Dónde está Chicoché? Gritaba.

Iba armado.

El hijo de Karmito recientemente escribió que su padre y Chicoché sólo tuvieron una rivalidad artística y sobre el escenario. Que ambos fueron ídolos.

—Llevaron una gran amistad.

 

 

1989

 

Un corte informativo se anuncia en Televisa: Chicoché ha muerto. La noticia se propaga entre artistas y músicos. Desde ese entonces, Francisco José se entrega a la inmortalidad pero hay un precio que deben pagar su esposa y sus hijos: el cadáver es de todos.

El día en que el cuerpo de Chicoché llegó a Villahermosa, Tabasco, miles de tabasqueños se sintieron dueños del cadáver.

Concepción Rodríguez está consternada por el bullicio y por las miles de bocas que repiten la misma sentencia: ¡Queremos verlo!

La carroza con el cuerpo avanza en las calles de Villahermosa. Avanza con la lentitud por la turba que se arremolina.

Rodríguez va en la carroza y no duda, producto de la desesperación, en preguntarle a Chicoché que está metido en el féretro

—Chicoché, ¿qué hago?

—Yo me debo al pueblo —le respondió el muerto. La esposa de Chico dice que esto lo escuchó en su interior.

Por esta razón, abandonó la carroza y gritó a la multitud:

—Sí lo van a ver, pero con orden.

Así, el cadáver fue puesto en la casa de la calle Mario Brown para que los miles de demandantes desfilaran frente a la caja de El hombre del overol.

Las crónicas periodísticas, publicadas en los diarios Novedades y Tabasco Hoy, cuentan que unas treinta mil personas le acompañaron en el panteón de Villahermosa para “darle el último adiós”, que la turba rompió el portón de la funeraria y que hubo una cascada de llantos por el fallecimiento del ídolo.

—Nunca tuve un momento de intimidad con él para despedirme —lamenta Rodríguez.

Para Roberto Carlos Hernández, el sepelio del padre ocasionó una inundación de hombres y mujeres por el cantante y compositor.

En Tabasco, el término inundación se repite cada año. Los ríos se desbordan por las lluvias constantes. Ahora el desborde fue sentimental.

—Fue terrible y tremendo.

Tenía doce años cuando se enteró por Televisa que su padre, aquel que le colmó de regalos, había muerto ocasionado por un derrame cerebral.

Nunca. Nunca. Roberto Carlos nunca ha visto un sepelio entre un mar de gente como el de Chicoché, una muerte que se le compara con la de Pedro Infante por la cantidad de asistentes a los funerales.

“Sobre el ataúd de Chicoché, miles de tabasqueños derraman lágrimas”, escribió Ruth López Betanzos, periodista del diario Tabasco Hoy. La crónica está fechada el 1 de abril de 1989, dos días después de la muerte.

Las fotos de Simón Hernández son las más vistas durante los funerales y los días posteriores. Las mujeres lloran, los hombres también. Literalmente caen las lágrimas sobre el cristal que ponen para sellar el féretro.

Chicoché murió un miércoles 29 de marzo de 1989. El día anterior ensayó con sus músicos en la capital del país. Allí vivía varios días y otros más en Tabasco.  Cuarenta y ocho horas después retornó a su natal Tabasco encerrado en una caja como cualquier instrumento de metal.

Hernández y Ceballos, otro fotógrafo de la época, retrataron a los muchachos que se treparon en las criptas para ver cómo sepultaban al ídolo que regresó al pueblo en el vuelo 663, según los cronistas.

En 1986, tres años antes de trágico suceso, Francisco Jr. no sólo era su chofer y confidente. Era su hombre de confianza. En México se disputaba la copa del mundo. Si Hugo Sánchez y Diego Armando Maradona ocupaban las portadas de los diarios del país y el orbe, Chicoché -y el éxito musical- también estaba presente en el fútbol.

En una portada del disco El mundial de Chicoché, la disquera BMG Ariola, El hombre del overol sostiene un balón en sus manos y lleva puesto los guantes de portero.

—En el coche me ponía a oír el próximo disco y me pedía una opinión.

Sin embargo, los secretos de Chicoché nunca se le revelaron al hijo. Francisco José era callado y reservado con los asuntos del trabajo.

—Abusado gordo —le dice a su hijo. Y siempre le repetía esta letanía cuando se despedían o le encargaba asumir alguna responsabilidad.

—Abusado gordo.

Por ser el mayor, el gordo recibió  aquella llamada en que le mentían. Le decía una mujer que Chico estaba enfermo, que debían viajar de Tabasco a la ciudad de México.

—¿Qué pasó?

—Tu papá está muy grave —dijo la tía de Francisco.

—¿Grave o muerto?

—Muerto.

Soltó el teléfono.

El Chicoché de Nueva York pasó a su mente, su afición por las motos, los animales, los árboles, el jardín. Fue en el jardín donde empezó a caminar como lo hacía su padre. Desde entonces se puso una coraza para evitar el llanto, para afrontar el duelo. Los mismos pasos que daba el padre mientras vivía, eran los mismos que daba Francisco. Pausados y contemplando el verde del jardín.

Era el único en casa a las once de la mañana del miércoles 29 de marzo de 1989. La madre en un salón de belleza, los hermanos en casa de Eugenio Flores.

—Estoy ido —. No llora pero lo ha hecho veinticinco años después frente a un periodista.

Hacia el mediodía, Concepción Rodríguez aparece. En la calle alguien seguramente le comenta de la gravedad del cónyuge. Irrumpe en la puerta, está desesperada y pide hacer maletas para viajar a la capital.

—¡Saquen mi ropa!  —pide a gritos.

Nunca pide un vestido negro porque no dimensiona el desenlace. Francisco la observa. La mira cuando decide entrar al baño, quitarse el sudor y vestirse para viajar.

—¡Qué haces!

—¡La maleta!

—¡Vámonos!

Francisco está perplejo. La mira. La contempla pero está en otra realidad.

—Mi madre está desnuda y yo sigo ido.

De pronto, Francisco dice algo que jamás olvidará: “No tienes por qué llevar maleta”.

Se hace un silencio que supera el minuto: “sólo vamos a trasladarlo”.

La caída de agua que se había escuchado es menos fuerte que la caída de lágrimas que caen en el mosaico del baño

Concepción Rodríguez se constipa en llanto. Llora a plenitud. Y se golpea contra la pared. El agua continuaba cayendo en el baño. Había dos llaves abiertas, la del baño y la de los ojos.

“Chicoché no me dejes”.

—Momento tremendo —dice Francisco.

Ante la crisis, se mete a la regadera, la abraza y se fusionan en un abrazo duradero que sirve de confort, de alivio, de un instante íntimo que cuenta a cinco lustros del suceso.

La envuelve con una toalla y las muchachas del servicio doméstico le visten.

La casa empieza a enlutarse. Llega Patricia, la hermana de Chico, y sus hijos que han visto que el periodista Jacobo Zabludovsky confirmó el deceso. A Harley, el más pequeño, Francisco le asegura que su padre estará en el cielo con Dios. A Roberto Carlos, poco puede explicarle porque ya es un adolescente.

Pero, Harley explota y llora por el adiós repentino del padre.

Madre e hijos se abrazan en la sala en lo que quizás fue de los poquísimos, o el único, momento de intimidad. Lo que pasaría después fue la euforia y la locura.

—Entendí que los tenía que proteger.

Por deseos del gobernador de Tabasco, Salvador Neme Castillo, la familia de Chicoché viaja a la ciudad de México en el avión “Chipilín”, propiedad del gobierno. Con ellos va el político Oscar Cantón y Patricia. El padre, Gabriel Hernández Llergo decide no ir por la impresión que le causaría mirarlo en un ataúd.

A media noche del miércoles 29 de marzo ya velaban el cuerpo en la funeraria Galloso. Estaban los músicos, Chucho Rincón, la cantante Laura León y los periodistas de la capital.

A cinco lustros de distancia, el hijo de Chicoché recuerda quizá uno de los primeros momentos “desagradables”.

Un camarógrafo de ECO (Televisa) puso la cámara en el rostro de Chicoché. Si no hubiera sido por el cristal que ponen en el féretro, el lente habría tocado la nariz del músico. Esto incomodó a Francisco. Le reclama al periodista y después hay empujones, golpes.

El avión de la empresa Mexicana traslada el cadáver del ídolo un día después del derrame que detuvo la vida de Chicoché en 43 años.

Al arribar a Villahermosa, Concepción Rodríguez le pide a la azafata salir por otro acceso. “Imposible”, es la respuesta de la mujer. Al pedirle que mire por la ventana del avión, Rodríguez observa que ya hay un millar de personas, que hay cientos de autobuses que le harán valla a Chicoché, actor, cantante, tecladista y compositor.

—Nos arrancan como familia el despedirnos de él —se queja Francisco.

—¿Cómo se siente? —Le preguntan los periodistas a la viuda.

—Estoy consternada. No puedo decir nada. Discúlpenme.

Otro día dirá que fue difícil ser su esposa, por la fama.

La locura creció con las horas. Chicoché cantaba “Del otro lado de Villahermosa, hay una ciudad muy hermosa”. Se refería a la colonia Gaviotas que está frente a Villahermosa, en la margen del río Grijalva.

En Gaviotas inició el peregrinaje del cadáver. Un caos.

—¡Viva Chicoché! —Gritaban al paso del cortejo. Lo pasean por las calles de la ciudad, por el campo de béisbol. A cada paso de la carroza hay un grito y hay un llanto.

—La catedral está a full. Mi hermano se desmaya. La gente se sube a los árboles y  criptas para verlo metido en el ataúd.

Las noticias políticas dejan de ocupar las primeras planas en los periódicos, al igual que la radio, para ocuparse de esta nota histórica.

En televisión hay cobertura total por el fallecimiento del cantante.  En las imágenes se ven flores sobre la carroza y la bóveda del artista.

Al regreso a casa, luego de la locura en el panteón de Villahermosa en la que el niño Harley gritó que seguiría los pasos del padre, Francisco volvió a la escena del baño: él y su madre. Fue como retornar a la misma escena para cerrar el ciclo. Se abrazaron. Le ayudó a cambiarse y la dejó recostada en su cama.

Francisco, ya en su recámara, lloró después de quitarse la coraza que mantuvo durante días para hacerse el fuerte. Explota

—Grité, lloré. Había qué aguantar y fue el momento más fuerte en mi vida.

 

Posterior a su muerte, se le recuerda en homenajes y en algunos círculos sociales. Los hijos creen que Chicoché murió desde el momento en que fue sepultado. Diez años luego de su partida, hay un resurgimiento del ídolo se le escucha con fuerza y vehemencia en las estaciones de radio, en las fiestas, y se le cita entre conductores y periodistas

—Empieza a ser un boom y la gente sigue sus discos.

—Tu madre ¿ya superó su muerte?

—No creo. Ella quedó muy impresionada. Y jamás quiso rehacer su vida porque el único amor fue él.

—¿Y tú?

—Nos acercamos a Dios y buscamos la respuesta a muchas cosas negativas que vivimos. Le perdonamos.

Días antes de la muerte de Chicoché,  Francisco se reconcilia con él. Se habían distanciado porque el músico reprendió al hijo por sus pésimas notas o calificaciones en la preparatoria.

En Emiliano Zapata y Teapa, dos municipios de Tabasco, Chico hizo dos presentaciones. Se sabría luego que fueron las últimas en Tabasco.

En el casino Teapaneco, Chicoché recibe un reconocimiento por su trayectoria de parte de la alcaldesa Gladis Cano Conde. Contaría a su vez el periodista Carlos Salazar.

En Teapa, Chicoché abrazó a su hijo y le dijo esto: “Seas lo que seas, yo siempre voy a ser tu papá”. Le pide que le prepare una maleta en la casa de Villahermosa y se la deje lista para que él sólo pase por ella mientras continúa su viaje a Minatitlán, Veracruz.

Se reconcilian y le perdona su rebeldía y que empezara a beber con sus amigos. Lo vuelve a besar en lo que sería el último saludo entre ambos:

—Abusado gordo.

Chicoché sí recogió la maleta pero ya no pudo ver al primogénito.

Con la muerte, llegaron otras realidades y se revelaron los secretos del ídolo de Tabasco. Con los años, la esposa de Chico y sus hijos perderían la casa de Mario Brown y retornarían a la vivienda de la calle 7 horas. El litigio, con otra familia que reclamó derechos sobre los inmuebles, duró  y desgastó a la viuda y a los hijos.

—Yo entro en un resentimiento con él

—Por qué no pensaste en nosotros

—Por qué no previste un testamento

—Por qué tenías a otra persona

—Una especie de rechazo

Francisco Jr dejó tirado todo y se fue a la ciudad de México en busca de su “identidad”

—No me gustaba la idea, ni decía que era hijo de Chicoché.

A veinticinco años del sepelio más multitudinario en Tabasco, esto lo platica a manera de recuerdos, pero ya no guarda rencor.

En la cripta de Chicoché hay una leyenda que a la letra dice: Si se calla el cantor, calla la vida, porque la vida es todo un canto.

 

La TV y el cine

 

Por su popularidad y el éxito de sus LP (que grabó además con EMI Capitol), Chicoché incursionó en el cine mexicano. Una de las películas en las que actuó -acompañado de los músicos de La crisis- fue en Huele a gas. En ésta, la actriz principal era la sensual Sasha Montenegro que sería la esposa del entonces presidente José López Portillo.

La película inicia así:

Comienza la canción “Mami qué será lo que quiere el negro”. Aparece bailando Sasha Montenegro. Y después, ChicoChé gira sobre su propio eje, y canta: “Mami, el negro está rabioso, quiere pelear conmigo, avísale a mi papa”. Gira como una pirinola vestido en su overol azul marino

—Cuando grabó Huele a gas en el set estaba muy nervioso  —dice su hijo Francisco.

Sasha Montenegro ponía nervioso a todos en los estudios.

En otra presentación televisiva, Chicoché canta:

Hay una chica muy linda que viene pa´l carnaval, es una nena chilanga que está como quiere estar, desempeñaré mi traje porque le quiero cantar, y el rollo que pienso echarle, oirán muy bien las de acá. Chico permanece sentado -en este vídeo- en un sillón de mimbre, después se pone en pie y canta: Tons qué mami. Lleva overol rojo guinda y puesta una playera rosa de franjas horizontales. Boxea hacia el frente y después dibuja círculos en el aire. Y llega al piano.

Para Francisco Jr., Chicoché tuvo un par de canciones favoritas “Pobrecito mi cigarro” y “Aquella calle larga”. También es probable que “Al señor de Tila. Pero hay una canción que en la radio nunca se tocó y ésta decía: pero ay que rica, sí que está la mota”.

El éxito mejoró las condiciones de todos, de él, de la familia y los músicos.

La conductora Talina Fernández vacilaba a los músicos de La Crisis porque ya no estaban “en crisis” sino pudientes porque ya usaban “unos relojotes”.

En las presentaciones, Chicoché brinca sobre el escenario, le pide aplausos al público y que “hagan un relajo”. Dice que Eugenio Flores, el hombre del sax, es su gran amigo, y corre entre los pasillos de los auditorios en donde ha llegado para ambientar la ocasión.

Las entrevistas con él se multiplican. Le entrevista Zabludovsky, Ricardo Rocha, otros. Le preguntan mil cosas. Entre estas cosas que si duerme y se baña con overol

—Me lo quito. También tengo pijamas. Pero el overol es parte de mi personalidad.

Chicoché leyó la biblia, las enciclopedias Lavat, degustaba comida yucateca, no pagaba con dinero en efectivo, era autoritario y de carácter.

Si los argentinos se ufanan de decir que el Ché Guevera es suyo. Los mexicanos, un día, se ufanaron -y se ufanan- del Ché Chicoché

Algunos creen que Chicoché sigue fumando en la muerte. Así cantaba en vida:

Pobrecito mi cigarro / un día te han de culpar /
cuando el corazón cansado / me deje de funcionar / y a lo largo de la vida / fumar, fumar y pensar /Sueños envueltos en humo, que son humo nada más.

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Kristian Antonio Cerino
(Tabasco, 1980)

Es licenciado en Comunicación y maestro en Docencia por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Con 15 años en el periodismo, ha publicado artículos, crónicas, ensayos, entrevistas prólogos y reseñas en libros y revistas arbitradas.

Es premio nacional y estatal de Periodismo en el género de Crónica. Ha publicado crónicas periodísticas, perfiles y entrevistas de semblanzas en revistas como Eme Equis, Liberación, y en sitios web como Animal Político, Lado B, Diez 4, Sin embargo, entre otros.

Fue finalista del premio Nuevas Plumas que organizó la Universidad de Guadalajara y la Escuela de Periodismo Portátil, 2011.

Es autor de tesis y tesinas en el área de Periodismo y de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICS) Es promotor de los blogs en el sur de México. Primero creó Salida de Emergencia, Libreta de Mar y Águila o Sol.

Ha escrito en los diarios Milenio y Excélsior. También lo ha hecho para la agencia española EFE. Fue becario en el programa Prensa y Democracia en la Universidad Iberoamericana y en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que fundó el escritor Gabriel García Márquez.

Incursionó en la radio de Tabasco. Laboró en las estaciones XEVT, XEVA y XEVX. Sus primeros años de formación periodística los vivió en la redacción del grupo Telereportaje con los hermanos Sibilla Oropesa.

Recientemente ha publicado en la revista Zócalo y en la Libreta de Irma

Es premio Tesis UJAT 2013 y es miembro del Padrón Estatal de Investigadores en Tabasco.