Echar raíces: la búsqueda de Rodolfo Naró

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Una entrevista con Rodolfo Naró, narrador y poeta, originario de Jalisco. Fotos:  Naró  / Facebook

Gilberto Alejandro Ucán*

Los recuerdos van y vienen con intensidad, se encienden con fuerza ante las palabras que lentamente brotan de sus labios buscando rescatar el tiempo que se ha ido y definir un poco lo que significa estar con una mujer, vivir junto a una mujer. Si la vida se encuentra plagada de instantáneas, postales, y recovecos, fruto de un andar que, al menos por ahora, se halla sosegado ante la llegada de la madurez literaria, Rodolfo Naró, escritor nacido en el pueblo de Tequila, Jalisco, se presenta a sí mismo, casi sin decirlo, como un amante de la belleza, de la belleza femenina y amante del amor mismo; experiencias que, entre otras, no teme contar y a bocajarro responde las preguntas que ese día se le formulan en un rincón oculto de las voces y las miradas, del ir y venir de la gente aquella tarde apacible en el  Museo de Antropología Carlos Pellicer, en la ciudad de Villahermosa, Tabasco.

Su tez blanca se pinta de un tenue color rojizo y entorna un poco los ojos al tiempo en que las imágenes de viejos amores caen gota a gota. La poesía se le dio de forma natural, fue una reacción ante el descubrimiento del amor y la belleza de la mujer jaliscience y un día descubrió, como aquel que descubre que puede caminar, que podía escribir. A eso de los 15 años de edad empezó a ensayar sus primeros versos. Una decepción amorosa a temprana edad lo llevó a plasmar aquellos primeros sentimientos y emociones con palabras que apenas podía pronunciar: Yo vi a la chica bonita y le tiré la onda, tuve que guardarme los suspiros y ahogarlos en letras”. Reflexiona a propósito del temprano descubrimiento de la decepción: el amor definitivamente no es eterno, afirma.

No se sabe a ciencia cierta qué es lo que propició que esta sensibilidad se haya desarrollado a temprana edad, quizá el hecho de vivir rodeado de mujeres, una de la cuales, una tía, posteriormente figuraría en su novela “El orden infinito”  como la “Nina Ramos”, mujer de carácter recio y dominante quien con firme voluntad y mano de hierro conduciría por casi 100 años los destinos del ficticio pueblo de Analco, una reproducción simétrica de los sueños y los fantasmas de su ciudad natal. Fue probablemente esta presencia imponente la que sin duda, vendría a encender, con una luz muy especial aquel universo entre infantil y adolescente que tuvo como marco el pueblo de Tequila, hoy denominado mágico, en donde vivió con su familia la infancia, entre las historias y  leyendas de aquel pequeño espacio encerrado entre los valles repletos de agave, de donde se extrae la famosa bebida que lleva hoy el nombre de su ciudad de origen, y los cerros que se asoman a la distancia.

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Con suma facilidad se puede notar la sensibilidad que se labró durante aquel periodo de su vida Roldolfo Naró, y de ahí salió en su primera juventud con destino a Guadalajara en dónde ingresaría a la universidad para estudiar la carrera de comunicación con especialidad en periodismo. No sabía aún si quería ser periodista, pero estaba seguro de que quería escribir. Cuando estaba a punto de terminar la carrera se dio cuenta de que lo suyo no era el periodismo. Al terminar la licenciatura, se decidió a entrar al taller de cuento encabezado por el poeta Elías Nandino, taller del que nacería el primer trabajo narrativo del que surgiría Analco y su pintoresca travesía por poco más de 100 años de historia nacional.

Era la ficción y no la realidad de la que quería dar testimonio. “Ciertamente no recibí la mejor orientación vocacional” –dice entre risas–. En la prepa fui más bien un joven tranquilo, tuve buenos maestros. A pesar de ello no pude evitar recoger basura como castigo a una infracción sin importancia”. Daba la casualidad que era el favorito de la maestra  de mecanografía. Una tarde, al salir de la escuela, un corrillo de chicos y chicas se formó al exterior de la  secundaria: una pelea. Los gritos atizando la riña se escuchaban por todos lados y él se quedó observando la escena que, a sus jóvenes y núbiles ojos, debía ser nueva. En pleno apogeo de la reyerta se escucharon gritos de mujer quien de manera airada, pedía que pararan la confrontación; era a su hijo a quien estaban golpeando y dio la infortunada casualidad de que esa mujer era la maestra. Vaya dilema para Rodolfo. De entre todos los presentes contra el único que la agarró fue contra él, quien recuerda con exactitud sus palabras: “No sabía que te encantaba ver peleas y divertirte a costillas de otros, qué vergüenza, te tenía en otro concepto”. Esa tarde terminó con un reporte y la pérdida del título de favorito. El castigo lo pueden imaginar.
Fue en estas condiciones en las que fue topándose con el rostro de las mujeres y su pasión por las letras. Sin embargo, al descubrir su llamado a la literatura, en un primer momento eligió la fuerza y la fugacidad de la poesía de la cual su libro más editado es Rojo y púrpura”, un poemario en que el plasma parte de sus primeras experiencias de amor juvenil, poemas en los cuales la nostalgia y la añoranza, ligadas a un pasado que no retornará más, se suman para relatar esta primera forma de amar, más pasional, más visceral, si acaso más intensa. Y es  esta la palabra con la que el mismo autor se describe: intenso. No sabe amar de otra manera más que yéndose de cabeza y contra la pared, baja la voz confesándome con un susurro: “Mi amor da miedo. No puedo amar de otra forma más que dándolo todo, abrazando, estrujando. Soy así. Sus primeras experiencias amorosas fueron tormentosas, casi demenciales. Una de sus novias pasó por un internamiento psiquiátrico. Él mismo, debido a esta experiencia, estuvo a punto de visitar la cama de un hospital de salud mental.

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Pero, si algo se puede encontrar en Rodolfo Naró es lo contrario, una tormenta calma en sus ojos tranquilos. A primera vista no da muestras de esa espumosa y burbujeante sangre roja que recorre sus vena, su ser y que se desborda ante el llamado del amor para dar lugar a la pasión y la locura ¿Se podría amar de otra manera? Él no lo sabe, pero es la poesía a la que se aferra para no sucumbir a la sin razón: “Mi poesía es sobre mis experiencias, es muy personal, se podría decir que es autobiográfica. Lo mismo se puede decir de mis novelas. Llegó el tiempo en el que la poesía no fue suficiente”. Como en el amor, necesitaba más, más espacio, más extensión, más palabras que pudieran seguir la intensidad de su andar y entonces  decidió entrar de lleno en la novela.  Elección que le tomó su tiempo: 10 años en total para mandar a las librerías su primera creación.

Dicen los que saben que es más fácil pasar de la poesía a la novela que de la novela a la poesía. Es probable que sea cierto. Los años han pasado desde aquellos días de fuego y los vientos de tormenta propios de la juventud han dado paso a una corriente fresca y matinal, a una brisa que se cuela entre las ventanas del espíritu de un hombre que hoy por hoy busca la estabilidad. Comenta entre risas: “Ésta es la última, seguro que ésta es la última. En ese mismo tono nos trae otra postal procedente de aquellos días en que conoció a la mujer con la que desea culminar su travesía amorosa: “Fue algo rápido, salí de mi departamento a comprar algo, no recuerdo bien qué, y cuando iba a pagar, ahí estaba ella parada junto a la caja. No lo pensé dos veces. Le hablé y al parecer le gusté. Desde entonces aquí andamos los dos, juntos”.

Del instante fugaz de la poesía que parece consumirlo todo, ahora se encuentra en una etapa en la que busca desdoblar las palabras, extenderlas, prepararlas como el café que toma todos los días al que lee los periódicos del día. Al contrario del halo glamoroso con el que suele cubrirse a los escritores profesionales, su vida es sobria, reservada. Se describe como un hombre de silencios y de hábitos. Todo lo que tiene que ver con pagar las cuentas, comprar la despensa, salir a ver a algún editor, es por la mañana; sin embargo, cuando la tarde cae, un poco después de que el sol ha cruzado la mitad del día salen a escena las letras, las palabras, las ideas y Rodolfo Naró, el escritor. “Es quizá una vieja costumbre. Al principio, cuando recién comenzaba, trabajaba por las mañanas y escribía por las tardes y es hasta después de la comida que puedo escribir con comodidad”.

No se sabe si la mesita de aquel café perdido entre las callejuelas de la ciudad; ese pequeño estudio en el que un escritor se sienta para crear, para ponerse en contacto con sus ideas, personajes, inspiración, es el lugar más sagrado de su vida, pero sin duda es un lugar muy especial; y en el caso de este escritor tapatío, heredero de Agustín Yáñez y Juan Rulfo, no es la excepción. La delicada vida hogareña se puede volver tensa cuando se convive con dos amores: su pasión literaria y su actual pareja quien en ocasiones ha chocado con este espacio de trabajo, que siempre ha dejado la puerta abierta al momento de escribir y al que ella acostumbraba a entrar por cualquier razón, sobre todo a limpiar, pero también para preguntar cualquier cosa: “No, no, deja mis revistas y mis papeles como están”. “Pero Rodolfo, cómo puedes trabajar aquí”. “Tú no te preocupes mi amor, así me siento bien”. “Bueno, pero entonces dime cómo se me ve este vestido…”.

Rodolfo es un hombre comprometido con su trabajo, con sus letras, con su escritura: “Tuve que llegar a un acuerdo con ella. Soy celoso hasta de mi desorden. Yo sé en dónde está cada cosa y me gusta trabajar así, y si va a limpiar o entra por alguna otra razón lo hace antes de que me ponga a  escribir. Afortunadamente, ahora que nos conocemos mejor, nos hemos llevado bien”.

Compaginar ambas facetas, la del escritor comprometido con lo que hace y la del amante, la del hombre enamorado de la vida, del amor, de su pareja, de las letras, el que hace ejercicio por las mañanas y se encuentra en un momento diferente al de hace sólo unos cuantos años, no ha sido fácil.

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De aquellos versos simples, quizá ingenuos, lanzados al viento por aquella primera decepción de juventud, pasando por el periodismo del que renegó para llegar a la poesía y así a la novela; de aquella magia que aún destila Tequila al moderno y cosmopolita  DF; desde aquel primer amor apasionado que lo hizo rozar la locura hasta la serenidad que respira con su actual pareja, la vida de Rodolfo Naró es la de un nómada que busca echar raíces. Con un contrato firmado con Editorial Planeta y un proyecto de tres novelas para los siguientes años, y en plena promoción de su trabajo más reciente, la novela Cállate niña, parece alcanzar ese suelo que buscó desde su primera juventud. En el camino ha explorado la sensual y suave singularidad del genio femenino, la intensidad del amor que lo deshace todo y el significado de ser mujer en una sociedad machista como la nuestra.

Se ha convertido en un esteta; hombre de sonrisa fácil, tímida, de ojos que esconden una fiesta, y un espíritu sereno en constante búsqueda. Michel Foucault alguna vez dijo que la vida debía convertirse en objeto de una investigación constante con miras a convertirla en una obra de arte. Si la vida puede ser arte en sí misma, si la vida ha de vivirse con la intensidad de una verdad, bien vale el esfuerzo leer a Rodolfo Naró, recorrer su desesperada búsqueda, arriesgarnos con él en estos días donde fácilmente transformamos el amor en costumbre y el riesgo en cálculo, vivir apasionadamente, llegar a ser quienes somos y exclamar junto con el poeta:

Busco la orilla de tu pecho

 a nado sostenerme en el estanque de tu cuerpo.

 A veces te confundo con el agua de los vientos,

 rápida como la luz también bajas del cielo

 y estoy esperándote como el niño al tiempo…

https://www.youtube.com/watch?v=8cFkwmEnyvA

 

 

*Gilberto Alejandro Ucan (Villahermosa, Tabasco 1986) es licenciado en psicología por la UVM campus Villahermosa, cursó la maestría en educación especial encontrándose en proceso de titulación en el Instituto de Educación Superior del Magisterio (IESMA) en la misma ciudad, además de cursos y diplomados entre los que destacan el diplomado en periodismo cultural por la Escuela de Escritores José Gorostiza y en filosofía por 17 Instituto de Estudios Críticos. Actualmente labora como docente de apoyo pedagógico en el área de educación especial de la Secretaría de Educación atendiendo a niños y adolescentes en condición de discapacidad.

 

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