El hombre que inventó la oscuridad

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El hombre que inventó la oscuridad es un libro que publicó recientemente la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Lo escribió el poeta y ensayista Jaime Ruiz.

Es la semblanza de Teodosio García Ruiz, Teo, el escritor que murió en Tabasco, México.

Diarioactivo, periodismo libre, publica el libro-entrevista que ya se lee en algunos círculos de lectura. Foto: Alejandro Breck 

 

JAIME RUIZ ORTÍZ 

 

Nos quedamos de ver a las cuatro en un café del centro, y cuando le escribí que llegaría unos minutos después de lo pactado, el poeta respondió con un mensaje de texto telefónico, diciendo que no había problema alguno: “como DIJO GAMALIEL[1] SIPP”. Así es Teodosio.

Entro al café de la calle Aldama, y como en el viejo Oeste, me encañonaron las miradas de los que estaban en el lugar. Ahí me esperaba el poeta, tras sus lentes oscuros. Su carne brillante mostraban las huellas de las batallas bajo el sol.

Teodosio García Ruiz come sus Bisteses a la Mexicana, y mastica cual roedor silencioso de invisibles bigotes, en compañía de alguien que no conozco. Lleva una camisa negra de franjas rojas, a un lado suyo su bastón (que es su tercer ojo), sentado como un perro guardián.

En el lugar se habla de política, del calor y de las chicas que pasan del otro lado del cristal. Suenan las tazas, las cucharas de acero remueven el tiempo desvelado en el café. La tarde huele a panes.

Teodosio termina sus bisteses. Habla sobre literatura. Sobre las últimas publicaciones y los que aparecen en ellas. De los poetas “eternamente jóvenes”, esos que nunca cambian, y de los últimos acontecimientos en el mundo. Explica que esa mañana desayunó cochinita pibil, y de su antojo por ir al restaurant El Cejas por unas empanadas de pejelagarto. Sus preferidas.

Presume, también, sobre los actos de escapismo que practica de vez en vez. El  fin de semana llegaron, por ejemplo, a su domicilio los Testigos de Jehová, y “Les pregunté qué es lo que querían” ―indica―, pero “cuando los Testigos se pusieron a explicarme la palabra de Dios”, les contesté, “Disculpen… Soy Católico”.

― ¿Y cuando llegan los Cristianos, qué les dices?

―Pues les digo que no los puedo atender: Que soy Testigo de Jehová.

El día transcurre tranquilo allá afuera. Las señoras miran la ropa que sus maridos no les han comprado, mientras ellos admiran a las mujeres que no son suyas, donde la espalda pierde su nombre y a veces cobra sentido la vida…

― ¿Si no hubieras sido escritor o maestro, hubieras estudiado Hotelería o Gastronomía?

―Mis grandes pasiones que no pude llegar a realizar es aprender a tocar guitarra… Pero mira mis dedos (y muestra una decena de regordetes miembros) y tienta el aire invisible con ellos, como si tocara una guitarra.

Otras de mis grandes pasiones ―continúa― era ser carpintero o panadero o mecánico. Me gustaba sacar el aceite. Ponerme el overol y mi cachucha, y meterme debajo de los coches. Me gustaba criar pollos y gansos.

En una telesecundaria, en Pico de Oro, a mediados de los ochentas, llevé un curso sobre cómo criar gansos; pero todos se me fueron en una inundación.

Dice esto mientras García Ruiz aprovecha para definirse como un habitante del último tercio del siglo veinte, que se formó al amparo de una zona de bajo desarrollo económico y cultural, y que tratando de eludir ser obrero de Pemex, se inscribió a la profesión de docente para escribir y “leer el mundo y poder dialogar con él”.

― ¡Mariana! ―dice el poeta, y levanta la mano mientras invoca a una mesera local, que acude puntual al llamado.

― ¿Algo más? ―le pregunta ella, que, amable, intenta levantar su plato.

― Pérame (bromea), que todavía no me he llenado.

(Pedimos café americano: Dos por favor).

Nostalgia de Sotavento es un libro emblemático ―continúa―. Habla del petróleo y mi niñez en Villa La Venta, Tabasco, donde viví con mi familia hasta los catorce años. Entonces, es fácil deducir que en estos poemas está la familia, las relaciones interculturales de los trabajadores inmigrantes, el caldo cultural del Sureste Mexicano y las implicaciones de la relajación social: las putas, la cerveza, el billar, las coctelerías, los accidentes petroleros, el viaje a la playa… Más que autobiográfico, es una liquidación de cuentas con mi padre.

― ¿Y lo lograste?

―Hay cuentas que nunca se saldan ―contesta seguro.

En Nostalgia hay costumbres que son propias de los grupos humanos. Los petroleros son eso, se dicen apodos, se tocan las nalgas, se mientan la madre.

En el poema “El complejo es una ciudad”, García Ruíz escribe: Entran y salen los obreros. / Buscan en sus miradas respuestas / que el estómago no da; son felices / tocándose las nalgas / mentándose la madre / escondiendo los termos / y las loncheras.

 

[1]Se refiere al escritor tabasqueño Gamaliel Sánchez Salinas, editor de la revista Magisterio.

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Cuando yo entré al taller literario que conducía Fernando Nieto Cadena en la Casa de la Cultura de la UJAT, allá por 1979, lo primero que hicieron fue correrme.

Me corrieron porque el primer día llevé doscientos poemas en rima, que cuando empezaron a leerlos me dijeron que de todo eso ‘nada servía’. Algunos argumentaban que eran ‘poemas que rimaban’ y otros decían que ‘esa poesía ya no se usa’ y remataban con que ‘no tenía yo posibilidades de ser poeta’.

Me dieron otra oportunidad porque la pintora Bertha Ferrer salió en mi defensa alegando, Lo que este muchacho tiene es sensibilidad, fue que me dieron chance de regresar, y así fue como todo comenzó.

Saliendo del taller me fui a hacer tarea con un amigo que me prestó un libro de Efraín Huerta (el autor de Transa poética) y escribí un poema igualito al de Efraín.

¿Y qué me dijeron? Al día siguiente, sonriente y seguro volví al taller con un poema que me dijeron que era una maravilla.

¿Qué leía yo entonces? Fue en las páginas de la revista Tierra Adentro donde conoció el trabajo creativo de los talleres literarios en otras partes del país.

En ese tiempo “las librerías de Tabasco eran escasas y mal surtidas”. Treinta años después en una entrevista realizada por el periodista Samuel Soto Giles y publicada en esa misma revista en el 2008, Teo explica que “Había una del Fondo de Cultura Económica, otra de textos científicos y algunas papelerías que vendían libros. Ningún profesor de Español en la secundaria promovía la lectura y eran bichos raros aquellos jóvenes que compraban y leían libros”.

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Teodosio García Ruíz (Cunduacán, Tabasco) nace el 5 de mayo de 1964; perdió la vista el 5 de mayo de 1999: El día de su cumpleaños 35.

Desde hace poco, compra sus libros y los introduce en su computadora a través de un scanner con el programa para invidentes llamado Open Book. Lleva un registro de los libros que lee. En 2007 leyó 72 y al año siguiente, 55. Un total de 127 libros en dos años.

“Lo bueno es que tengo mis amigos que me apoyan”, dice. Lo llevan y lo traen a donde va. Lo esperan por el Howard Johnson y si no tiene quién lo acompañe, entonces no sale. Aunque admite que tiene que invitarles algo, los refrescos, los cafés, y a veces la comida: “Hoy quedé con Gamaliel que vendría a buscarme, en una media hora debe de llegar”, dice seguro.

Cuando le pregunto sobre su ceguera y lo que escucha se pone serio y titubea, abraza con los dedos la taza de café que todavía humea, y la tienta con las yemas como a un silencioso piano.

Si hay dos cosas de las que el autor de Furias nuevas no quiere platicar, es de su ceguera y de la vez que se quiso matar.

(Para continuar) Teodosio cuenta que para ubicarse toma como punto de referencia los sonidos. “Cuando encuentro un montón de olores fétidos es que estoy cerca de un cárcamo”. Afortunadamente, dice, a diferencia de otros invidentes, yo conocí la ciudad.

Me formo una imagen de alguien que no he visto por tres cosas: Los dejo que hablen; Pido información de ellos; y Tiento.

(Explica) Sócrates decía “Habla para que te conozca”. Regularmente me formo un perfil psicológico de la persona con la que platico por medio de las preguntas que le hago. Y por sus respuestas, me formo un retrato psicológico de cómo es la persona, si es positiva o es negativa, si me va a fastidiar o me quiere utilizar, yo me doy cuenta.

También en el aspecto físico. Por lo general pido información de tres gentes como mínimo para reforzar y construirme una imagen mental de cómo es la persona, si es gordo o si es flaco o si es chaparro.

Incluso con las chicas, por ejemplo La Reina de la poesía que es una muchacha que anda por acá (y hace un paneo con la cabeza como buscando a una de las meseras, como si viera). “Pedí informes sobre ella y dije: ¡Esa va a ganar!”

Por último (prosigue con su narración): Tiento. Con el tacto puedo saber si la persona es gorda o flaca, si es alta o si es chaparra… o (en el último de los casos) en el abrazo de despedida.

Por ejemplo tengo una regla: “Si es morenita y chaparrita, entonces es nalgoncita” (ríe).

Entra alguien al café. Hace un ruido y ―sin querer― golpea con el pie la pata de una de las mesas, lo que descontrola la plática con Teodosio, quien desenfunda al instante la pregunta “¿Quién entró?”

― Es un señor que no conozco ―le digo.

―¿Es político, es escritor o es puto? ―insiste con voz fuerte e indiscreta.

Y el poeta se reconforta cuando le explico de forma breve: que tiene algo de los tres.

Mejor que el gerente del negocio, está pendiente de lo que ocurre a su alrededor. Sus oídos alertas responden a cualquier provocación, a cualquier amenaza armada con pluma o con pistola. Al sonido de las tazas, las cucharas, los periódicos que se hojean, de las voces que emergen de todos lados: El mundo gira alrededor de sus oídos.

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Si Pellicer tenía “los ojos en las manos”, Teodosio los tiene en las orejas. En sus pasos que miran a ras de suelo. En su bastón.

Los últimos libros de Teo irónicamente hacen alusión al sentido de la vista: Con ojo de duende, Ojo con él, Sueño de la estirpe y a la intranquilidad de la que fue testigo ocular en Villahermosa, peligro para caminantes. “Muchos de estos libros los escribí estando ciego”, apunta.

A menudo se le puede ver también en el centro en el café del correo o en La Cabaña, suele rodearse de hombres de letras y pinceles.

No falta quien se le acerque con texto en mano, y le pregunte que ‘cómo ve’ el poema. El narrador le pide su punto de vista de la novela o el cuento que está escribiendo. Y el periodista sobre la crónica o la entrevista que talachea (según el caso), porque saben que Teo tiene buen ojo para escuchar bien.

Eleva la cabeza, ensamblada a sus lentes oscuros. Mira ―sin mirar― a los que pasan, los que suben por la calle Lerdo y a unos pasos está la casona donde nació Gorostiza.

En esta esquina se venden libros de segunda mano; en la otra esquina se venden discos de primer oído.

(Se escucha una música) “I know I´m searching for something, something so undefined” ―es la canción de Billy Joel del disco Río de sueños, lanzado en 1993― (y continúa), “That it can only be seen, by the eyes of the blind, In the middle of the night”[1].

Levanta la cabeza, ahora más hacia la derecha ―sobre Sáenz― está el domicilio donde nació Pellicer.

Teodosio se impone. Habla en voz alta, revolotea. Tira goles al aire, pelea con fantasmas imaginarios. “Habla, gesticula, voltea hacia todas partes como si viera ―retrata el cronista Ariel Lemarroy―, tras los lentes oscuros, lo que confunde al mesero que de pronto, se acerca con una taza de café y choca con la mano del poeta”.

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A nuestras espaldas, donde es ahora la tienda Del Sol, vivió el “Eternamente joven” poeta José Carlos Becerra.

También se puede ver en presentaciones de libros, en entrevistas en los periódicos o en la radio, donde habla sobre literatura o de la grilla magisterial ―según sea el caso―, de los índices de lectura entre los alumnos flojos, y de los maestros barcos.

Teodosio García Ruiz es el Patrick Süskind tabasqueño. En su mundo literario, “los billetes son arrugados y pestilentes” y las cosas tienen “aromas agradables al estómago y a la boca”.

Mientras Süskind nombra a su libro El Perfume; García Ruiz apuesta por Tripa de Pescado.

En El Perfume, Grenouile tenía a su disposición cien mil aromas específicos con tanta claridad, “que no sólo se acordaba de ellos cuando volvía a olerlos, sino que los olía realmente cuando los recordaba”.

Al nacer el personaje de Süskind fue abandonado entre las tripas de pescado, “en el mercado de les Halles”, por donde “el mar olía como una vela hinchada”.

En Tripa de Pescado Teodosio García Ruiz va en el camión, donde “los pasajeros huelen a jabón, agua de colonia, sobacos agrios, sudor de campesinos y de caña”. También se puede “oler humedad, pobreza y ganas de estrenar los machetes y las limas que han comprado en el pueblo.”

El café ya está frío. A medio tomar. Lo tiene ahí para justificar su estancia. Teodosio mueve sus zapatos negros (sin calcetines) bajo la mesa como un par de péndulos. No es de sabios adivinar que está desesperado.

Aprieta una tecla en su celular, y “Hola”, sale una voz femenina del aparato, “Son las seis horas; cuarenta y tres minutos”.

“Por cierto ―dice el poeta―, pinche Gamaliel no ha venido a buscarme, le voy a mandar un mensaje a Mario Ávila[2] a ver si viene por mí…”

 

 

 

[1] Estoy buscando algo, algo tan indefinido… Que sólo puede ser visto, por los ojos de un ciego, En medio de la noche.

[2]Mario M. Ávila, es un pintor radicado en Tabasco.