El Jalón

0
681

MEMORÍA es la columna literaria del poeta:

RODRIGO ARTEAGA PORTILLO

Ay riata no te revientes que es el último jalón.

Chavela Vargas y Joaquín Sabina, “Noches de boda”.

A los jaloneros.

Puedo ponerme cursi y decir que soy un hombre feliz, amo a una mujer clara que amo y me ama; soy parte de una familia que amo y me ama; he tenido y tendré alumnos que amo y me aman; pertenezco a un grupo que amo y me ama. Qué más puedo pedir. Traen debate y emoción a casa; hacen perder la memoria a mi esposa; se discute el feminismo y a la madre se le da en la madre. Se llama sabio al padre.

Son las magas, las féminas de los sábados; es nuestro maestro el que escucha y aprende. Ese viejo zorro que sonríe a medias -entre amargo y dulzón-, que dice las cosas hubieran cambiado si no hubieran cambiado; ese jugador que nos unió como equipo, como mi primera maestra Leonor Azcárate formó mi primer taller: por signos zodiacales. Signos, como la revista que nos ha unido como grupo, en la que estamos en su parte central, esa que presentamos cuando nos invita su director, nuestro amigo Níger Madrigal, la que nos excita a escribir, a discutir el próximo tema -pero por qué un tema-; nos reúne a infantes terribles como mis hijas (que ilustraron el número dedicado a literatura infantil); a la joven historiadora Sareyni López, de reciente incorporación, quien asume el lema del maestro: “Si no escribo, me suicido”; a nuestro matrimonio feliz y al de la cándida Eréndira Toledo sin su abuela desalmada. Música de fondo, yo como disk jockey, como juez y parte, y la maga mayor –como Magnolia la llama- Elizabeth Meza García siempre opuesta, siempre cómplice del maestro de maestros Fernando Nieto Cadena, el homenajeado de la Feria Universitaria Internacional del libro 2015 al que mi hija mayor -antítesis de sus padres- recuerda comprarle su Coca Light en el súper. Esa es mi gente, nuestra familia elegida –diría mi señora-; nuestra embriaguez; el camino purificador hacia la toma de conciencia, al viboreo, a la enseñanza obligada; al elogio de la lucidez.

Puedo ponerme cursi y decir que soy un hombre feliz, amo una mujer clara que amo y me ama; soy parte de una familia que amo y me ama; he tenido y tendré alumnos que amo y me aman; pertenezco a un grupo que amo y me ama. Qué más puedo pedir. Mis hijas leen, la mayor vorazmente; la menor también escribe. Recuerdo que Ernesto, un amigo de la adolescencia, me decía:

-Si tuvieras hijos y murieras yo los adoptaba y los hacía escritores.

Filósofo Ernesto, colega, tenías razón, tienen sangre de poeta, en el sentido amplio de la palabra: creador. Valió la pena detuvieras aquella botella de tequila viajando hacia mi cabeza loca. Santo Ernesto, ya te di mi espejo, pagué nuestra deuda. De Espíritu, así se llamaba nuestra revista.

El jalón literario, así nos llamamos por el cuento “Corazón herido” de Alberto Huerta, leído en una de las primeras reuniones a las que nos invitaron Fernando y Elizabeth para ser parte del “Festival Palabra en el mundo. Poesía por la paz” que se llevaba a cabo en muchas ciudades, pero no en Villahermosa, y ante la pregunta de “¿sientes el jalón, güey?” que repite el narrador a un otro, por unanimidad decidimos, por haber sentido el jalón literario, llamarnos así hace ya casi un sexenio.

Las magas (llamadas así a partir de nuestro segundo Festival dedicado a Julio Cortázar y su novela Rayuela) son el alma de la vida, quizá eso le faltó a De Espíritu, el alma femenina –aunque tu mujer diseñara y dibujara no era parte del grupo, en el que también estaba mi hermano-; aquí, en El jalón y en mi casa, predominan las mujeres, hay un matriarcado aunque a veces me pese lo evidencien los jaloneros; me pesa como siento al maestro le pesa: con orgullo y rebeldía. Mi domadora, sí, no soy original, también amo el rock and roll, como a las micheladas que –le cuento a mis hijas- bebíamos en esa coctelería de la zona luz su madre y yo cuando ellas aún no estaban; para mí el rock es la salsa de nuestro maestro. ¡Qué viva el rocanrol!

Puedo ponerme cursi y decir que amo a una mujer clara que amo y me ama; soy parte de una familia que amo y me ama; he tenido y tendré alumnos que amo y me aman; pertenezco a un grupo que amo y me ama. Por cierto, tres de las jaloneras fueron mis alumnas (al igual que de Fernando Nieto) en la Escuela de Escritores José Gorostiza, aunque se les olvide. Una de ellas, Miriam Castillo, se nos va a estudiar la maestría en Letras Comparadas en la UNAM, a la Facultad de Filosofía y Letras donde Magnolia Vázquez Ortiz me llamó por mi nombre (Rodrigo) para iniciar nuestra historia.

El último jalón, siempre yéndome, muerto prematuro, suicida sin causa. Pero gracias también al Jalón Literario no ha llegado la hora fatal: soy jalonero –“si no escribo, me suicido”-.  Solo pido, no se acabe.

 

Nota del editor: en la fotografía de portada están los integrantes de El Jalón literario.

Compartir
Artículo anteriorDispersión educativa
Artículo siguienteLas comadres