El zapatero sin zapatos

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En el ajetreado mercado se encuentra un hombre tejiendo recuerdos,  reparando el calzado, entre risas y ojos cansados. No camina, es el zapatero del mercado.

Texto y fotografía: Darcy Magaña Trujillo

Diego Mayo Méndez sostiene en sus manos un tenis de futbol rápido: azul con amarillo y de suela despegada. Mientras intenta arreglar el zapato continúa asombrando que repare el calzado con tanta facilidad. En agosto de 1962, cuando le diagnosticaron poliomelítis, enfermedad que le paralizó las piernas, su familia pensaba que sería un inútil de por vida.

Estuvo casado, llegó a  bolear zapatos y repartir tortillas. Ahora se encuentra alejado de las calles y de quien fue su esposa. Se convirtió en el zapatero que no camina, desde hace 7 años, el del local No.2 del mercado en Tierra Colorada; así  lo conocen los lugareños.

Nació en el Lugar a donde va el Padre o Sacerdote. Macuspana. Ahí tuvo su primer acercamiento con la reparación de calzado. Fue la necesidad y la discriminación en las calles lo que lo llevó a ejercer este oficio.

Su atuendo de trabajo no suele variar: playera blanca de manga corta y pantalón ligero oscuro, y  mandil de piel de tono áspero. No usa zapatos por que le dan calor, pero calza del número dos (Tiene el pie pequeño. La canija polio no dejó que sus piernas ni pies se desarrollaran de forma normal). Se mantiene impecable, aun expuesto a la grasa del calzado. El pelo corto y hacia atrás, aunque a veces lucha para domarlo. Todavía sin canas. Nunca se le ve sudar.

El  taller, un espacio pequeño y azul con olor a llanta quemada. Lleno de zapatos por doquier. Chanclas, tenis, alpargatas, mocasines, zapatillas, con tacón, sin tacón, cerrados, abiertos, viejos, nuevos. Algunos esperan ser recogidos por sus dueños y otros han sido olvidados.

Ocupa un vehículo especial para desplazarse al mercadito, diseñado en conjunto con un amigo. Éste está compuesto por un tablón de madera, con cuatro ruedas gruesas y desgastadas. En la superficie tiene una pequeña silla tejida con hilos azules. En vez  de manubrio utiliza pedales y el conjunto bielar,  juntos forman el componente propulsor, que convierte el movimiento de los brazos de Diego en la rotación necesaria para mover la cadena de su carrito, así logran avanzar.

Sale de lunes a domingo, a las seis de la maña, del ejido Pino Suarez, donde vive con su hermano Asunción. A partir de allí conduce unas ocho cuadras para llegar al mercado de Tierra Colorada. Durante el recorrido pasa por otros changarros, encontrándose con personas que lo conocen. En su trayecto de ida y vuelta siempre debe sacar la fuerza y mantener el control para subir las pendientes.

Las confesiones de Diego llenan la conversación, nadie imaginaria su historia al verlo siempre en el mismo local

Aunque en la década de los 60´s se hizo posible el control de la polio en México,  tal vez a él le tocó vivir en un recoveco perdido, que no le permitió tener la vacuna a su alcance, y como consecuencia al año de edad dejó de caminar. La infección se dispersó a través de los nervios y médula espinal, ocasionando así una parálisis parcial. ­­­

—Mi mamá me contaba que yo nací normal, no recuerdo, era muy chiquito. Cuando crecí vi que los demás caminaban y yo no, no entendía por qué.

Recibió maltrato de sus padres y hermanos, causándole sufrimiento, dejando cicatrices psicológicas y conductuales a largo plazo que pronto derivaron en el alcohol, la inseguridad, y el miedo.

 —Mis papás me decían que si yo no trabajaba, no comía, pero cómo iba a trabajar si no podía moverme. Me quemaban los pies, veía cómo mi papá golpeaba a mi mamá.

—El maltrato que sufrí en casa me hizo inseguro; fui alcohólico desde los 8 años hasta los 25. Yo creía que la gente me miraba sólo para criticarme. Tenía mucho rencor en el corazón. Quise estudiar Derecho en la UJAT, en el año 2000 porque creo que nuestro estado tiene muchas injusticias y maltrato hacia nosotros y quería luchar contra eso, pero no pasé el examen.

La pregunta nace en ese instante: ¿A caso las personas con capacidades diferentes siempre se tendrán que topar con barreras?, ¿jamás tendrán una integración plena a la sociedad ni en su propio entorno familiar? Las respuestas quedan al aire.

—Ir a pláticas psicológicas me sirvió mucho para aprender a perdonar y a enseñarle a la gente que no dé  por seguro que yo necesito ayuda sólo porque tengo una discapacidad. A veces las personas son accesibles conmigo y puedo desplazarme sin dificultad, otros no me ayudan y hasta me dicen que de seguro hice algo malo en la vida para estar así. Ahora soy una persona independiente, soy feliz, antes no lo era. Aprendí a perdonarme y así después aprendí a perdonar a los que me han hecho daño.

En México  hay personas que tienen capacidades diferentes, pero están preparados para ejercer trabajos bien remunerados. Sin embargo, más del 70% de ellos están desempleados. Diego es de esos que luchan más allá de sus limitaciones, intentando ocupar un espacio en el entorno laboral: tomando desafíos y creándose nuevas oportunidades.

La mentalidad de gran parte de la población ha ocasionado en las personas con capacidades diferentes, consecuencias graves durante generaciones. En lugar de luchar por establecer condiciones necesarias para su pleno desarrollo, desde lo social a lo familiar, los marginamos y rechazamos, marcándolos como incapaces de formar parte de lo considerado “normal” dentro de la sociedad.

En este hombre de 55 años de edad, hay una historia de superación y lucha, escritas con sudor en las calles del ejido Pino Suarez y Tierra Colorada.