En un silencio e implacable ESTADO DE SITIO

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Columna: MEMORÍA

Rodrigo Arteaga Portillo

En un silencioso e implacable estado de sitio, no quiero volver a casa. Dudo ser o no ser de nuestra especie; dudo no tener más que el silencioso e implacable estado de sitio. Ya no querer escribir; matarme de una vez, aunque sea de accidente.

En un silencioso e implacable estado de sitio, morí por amor; como las esposas arrojadas a la pira de sus maridos difuntos. Así, yo salté al fuego y me incineré con ella en palabras. “Seré polvo, mas polvo enamorado.”

En un silencioso e implacable estado de sitio, por mi madre morí. Fui testigo y ofrenda de su muerte. Confundí, como en la novela de René Avilés Fabila, Réquiem por un suicida, realidad con ficción; estuve merodeando los confines de la muerte.

En un silencioso e implacable estado de sitio, nací tanático.  Desde mi andadera me arrojé  escaleras abajo; me aventé de espaldas desde un coche andando; vacié el botiquín; intenté ahogarme en la bañera; escribí una oda al suicida; me maté en la Crónica de una muerte anunciada, en La batalla por tu vida.

En un silencioso e implacable estado de sitio, me cuestiono si el verdadero problema filosófico es si vale o no la pena vivir. ¿Qué sé realmente? Duda. Incertidumbre.  “Oficio de incertidumbres”, quién dijo eso, alguien ya lo dijo. ¿Qué pasará con toda la escritura acumulada en milenios? ¿Quién nos leerá, en un silencioso e implacable estado de sitio?

 

Imagen de portada: Remedios Varo.