Ignacio Padilla: caminar entre géneros.

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Hace unos días, el presente artículo se leyó en la Feria Universitaria del Libro de Tabasco, que organizó la UJAT,  en su novena edición. La lectura, a cargo del autor, se hizo en el Encuentro nacional de Jóvenes Escritores “Teodosio García Ruiz”. Fotos: Google 

Kristian Antonio Cerino

Invierno en la ciudad de México. Enero, 2010. Cinco grados.

Ignacio Padilla, el escritor que ya acumulaba premios literios, apareció en un aula en la que enseñaría Literatura Latinoamericana. Abrió la puerta, rió con los estudiantes, y dijo: Soy Nacho Padilla. Una minoría sabía que él era el responsable de esta asignatura en la Universidad Iberoamericana. Entre la minoría, este redactor.

Confieso: sí sabía que el nombre del literato estaba en carteles, portadas y revistas. Más no le conocía como lector. No había un solo libro en la biblioteca de casa.

Por recomendaciones del oficio periodístico, es prudente leer los libros del autor entrevistado. Esto debía replicarse más si el profesor titular de la materia contaba con publicaciones de  obras científicas o literarias.

Para ese entonces, en el frío invierno de la capital, Padilla ya había publicado más de la mitad de sus obras en diversas editoriales. Sucedía lo mencionado seis años antes de su muerte. En 2010 yo veía a Padilla vivir después de los 70, recibiendo otros premios literarios y reconocimientos de universidades y en ferias de libros.

Un día le pregunté a propósito de la primera feria universitaria del Libro de Tabasco, que organiza la UJAT.

—¿Te gustaría recibir el premio de la UJAT?

—No —dijo abocajarro.

—¿Por qué?

—Porque los premios son para el retiro y todavía comienzo —. Que su carrera literaria le exigía más, que podía escribir otras obras, que vendrían nuevos libros. Así fue.

A la par de recibir clases, leí los primeros libros del escritor: Por un tornillo, un cuento publicado por el Fondo de        Cultura Económica e ilustrado por Trino, el caricaturista. La idea fue comenzar con una narrativa breve y qué mejor que un cuento infantil.

Padilla escribió para niños otros cuentos, entre éstos: Todos los osos son zurdos, pero el que más cautivó a mis hijos fue Por un tornillo, la historia de cómo se funda un pueblo a raiz de la aparición de una máquina y cómo ésta será sinónimo de múltiples homenajes hasta que un día, simplemente, pierde un tornillo (o se lo roban) que la hace sentir enferma.

El segundo libro que leí de Padilla se trató de Crónicas africanas, espejismo y utopía en el reino de Swazilandia, un país pequeñísimo en el sur de África, entre Sudáfrica y Mozambique, con un millón de habitantes y un gobierno monarquico.

Padilla recrea la vida entre los suazis y las peripecias para salir de África y sus conflictos bélicos. En los limites entre Zambia y Tanzania él y dos amigos fueron detenidos y golpeados por soldados al ser confundidos con tres espías sudafricanos. Esto lo supieron después de ser liberados en Zimbabwe al leer un periódico en el que mostraba la imagen de los tres informantes (ellos) y se decía que habían sido ejecutados. De esto relató en Crónicas Africanas, publicado por editorial Colibrí en 2001.

Por cada libro, el rostro de Padilla, mostrado en las solapas y contraportadas de los impresos, abandona la juventud para presentarse con mayor madurez. Hablo de la edad y también del trabajo intelectual

En 1994 y 2008, Padilla ganó los premios literarios Efrén Hernández y Juan Rulfo, respectivamente, por sus cuentos. Estas historias habrían de publicarse en 2010 con el título de Los anacronicos y otros cuentos, con el sello editorial del Fondo de Cultura Económica. Dato curioso, el pequeño libro fue un obsequio del escritor para sus estudiantes de literatura una vez que concluyó el semestre.

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Escritores de la generación del Crack

Uno de los cuentos que merece mención es El Carcinoma de Siam, la historia de unos siameses que anhelan separarse, que pelean constantemente y cuyos nombres proceden de la mitología griega. Los siameses irán en contracorriente pese a compartir los mismos organos. Habrá un final inesperado.

Padilla y otros escritores de la generación del Crack -un especie de rompimiento con el pasado literario de la generación posterior al Realismo mágico- empezaron, un día de tantos, a ambientar sus novelas en otros escenarios ajenos al nacionalismo característico del siglo XX en México. Él y Jorge Volpi europerizaron su propuesta literararia. Padilla no sólo escribiría Amphitryon, habituada entre las guerras mundiales, sino además Espiral de artillería, la trama de espías y conspiraciones en un pueblo (llámese aquí el puerto de Malombrosa) en el viejo continente en donde algunas casas no eran de ladrillo sino submarinos en aquellos años comunistas

A manera de reseña: el personaje principal es un médico de actitud pasiva, ajeno a los movimientos sociales. Un día, así nomás, se vincula a uno de éstos pero de forma imaginaria. Dertz Magoian, el comisario bajo las órdenes del Gran Brigadier, interroga al protagonista “en busca de alguna pista que lo conduzca a detectar y arrestar grupos disidentes.

Para librarse del asedio en el que le relacionan con una mujer de ideología subversiva, el médico inventa, a partir de una historia que un paciente años atrás le confía, que Eliah Bac está por desencadenar un plan terrorista para derrocar al régimen”.

Eliah Bac era el hijo del subteniente que había ordenado hundir un importante submarino de la Gran Flota del Norte después de enterarse de que el resto de la tripulación había decidido desertar y ceder la nave al enemigo. Esta versión de los hechos arqueaba la historia oficial mantenida por el poder. Un soldado decide matar a Eliah Bac antes de que su versión de lo ocurrido en el submarino Leviatán ponga en tela de duda la revolución. Lo cita en el cementerio de submarinos en el puerto de Malombrosa bajo el engaño de que posee pruebas contundentes sobre los verdaderos sucesos acontecidos en el Leviatán. Sin embargo, Bac es asesinado para mantener el orden establecido por el régimen autoritario.

El autor de La catedral de los ahogados y La gruta del Toscano, es el redactor de la novela Si Volviesen sus majestades, escrita con un español antiguo y en la que pretendió hablar de la decadencia de un reino que repentinamente perdió su esplendor y a sus habitantes. Es la ficción de un bufón que quema esta hisotoria y es la busqueda del grial que aquí le han llamado esquerlón de panolina.

En 2010, año en el que conocí a Padilla, se cumplían los primeros tres lustros de la publicación de Si volviesen sus majestades. Por ello, consideré importannte entrevistarlo, y accedió:

–Así como ocurre con el Solitario del castillo que escribió mucho y todo quedó en el fuego con ayuda del bufón, ¿así sucede con muchos manuscritos que sólo quedan en el imaginario del escritor?, ¿cuántas historias merodean por la cabeza de Ignacio Padilla? –le pregunté:

–Infinidad. Tengo muchas más ideas que tiempo y vida para escribirlas.

–¿Cómo logras concebir Si volviesen Sus Majestades concluida en 1995? Con todo y el español antiguo, justificado para la época, se lee con mucha actualidad.

–Fue un proceso lento y poco consciente. Primero existió la imagen, la idea de un reino dislocado. La escribí en prosa moderna para descubrir más tarde que el texto exigía un lenguaje no menos dislocado. Supongo que es así como hemos entrado en el siglo XXI.

–Caminando por los pasillos de la Ibero me dijiste que esta novela en particular ha sido de las más difíciles de escribir ¿Por qué? Por el español antiguo, porque buceaste en archivos, porque tardaste mucho en diseñar su estructura, ¿Por qué?

–Porque me tomó mucho tiempo, mucha reflexión, muchos borradores como los que aparecen en la propia novela. Y claro, porque me exigió entrar -más que investigar- en el lenguaje inventado con retazos de la Edad Media, el Siglo de Oro y el cómic, además, claro, de la prosa latinoamericana.

–Por cierto, de niño ¿escuchaste, leíste o te contaron antes de dormir novelas de caballerías? Esta obra en particular me gusta porque retrata la caída de las monarquías y cómo estos grandes castillos envejecían ante el paso del tiempo ¿Te inspiraste en el Quijote? ¿En Bioy Casares? ¿En qué autores?

–No, nada que tuviese que ver, creo, con las novelas de caballerías. En esta novela hay más cine que literatura. Desde luego, están Borges y Manganelli, bastante de Kafka y otro tanto de Kennedy Toole. La prosa la tomé prestada del Persiles, de Cervantes.

–¿Cuáles serían los temas centrales de Si volviesen sus majestades? La soledad, la locura, la obra inacabada, el caos, la decadencia, la verdad frente a la ficción, el Enemigo, la lealtad, la pasión, la culpa, ¿Cuáles?

–No me gustaría desmontar la obra en temas, sino en obsesiones. La más clara, a mi entender, es la culpa. Pero podría, desde luego, equivocarme.

–Cuando escribiste Si volviesen sus majestades entre 1993 y 1995 y partiendo que de formas partes de la generación del Crack, ¿ibas decidido con esta historia a ponerle fin a los que ya habían abusado del llamado Realismo Mágico?

–En absoluto. Fue a raíz de mis búsquedas personales y las obras por estas generadas que me di cuenta de mi rechazo al Realismo Mágico.

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En la clase de literatura latinoamericana, el premio nacional de Cuento y Novela mostró -sin decir que estaba poniendo frente a nuestro ojos el manuscrito de un libro- avances de un ensayo en que hablaba de las simbolicas literarias: el mar, el barco, la lluvia, el naufrago, el moustruo marino, la isla.

Es decir, la clase fue el libro que preparaba y que compartía -por partes-  entre los estudiantes; todos estos temas retomados en los cuentos y novelas de García Márquez, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Adolfo Bioy Casares, Alvaro Mutis, y otros más.

Para el verano, ya con una ciudad calurosa por los rumbos de santa Fe, terminó el semestre, y uno de los lectores de Nacho Padilla comentó:

Ganó otro premio. Este  era el Premio Debate casa América por la obra: La isla de las tribus perdidas, la incógnita del mar latinoamericano. Lo que habíamos leído en el salón de clases nunca tuvo nombre hasta el día en que se anunció el premio y uno año después se publicara el libro en México.

Esta obra ensayística reseña las peripecias del ser latinoamericano por hacer un dominio del continente, un continente que para los españoles fue dificil de conquistar.  Cito un fragmento del capítulo: Huracanes ciego y laberintos de agua

Como el mar, las precipitaciones pluviales en la literatura latinoamericana son cualquier cosa menos lánguidas o benignas. En el Extremo Occidente la lluvia más tenue termina en suplicio, inundación y extinción. O puede hacerlo: la garúa peruana desquicia porque es solo lluvia, el chipichipi tropical nos enloquece tanto o más que la tormenta. Del cielo no vendrá jamás la claridad: vendrá solo el tedio y la destrucción

Si el mar es el asesino por autonomasia, el río es un hilo de vida, por lo general sutil, provisional y transitorio, pues suele conducir al mar, que es el morir

Otros libros de ensayos publicados fueron: El diablo y cervantes, El legado de los monstruos y Arte y olvido del terremoto; unos en editorial Debate, y otros más en Taurus y Almadía.

En El legado de los monstruos, Padilla abordoda los miedos del hombre a partir de fundamentos y casos en la historia: “el miedo es un valor cuando lo domamos y cuando nos previene de los peligros posibles, cuando nos aparta de los peligros reales y nos dota de los medios para enfrentarlos”.

Hablará de los monstruos, de la antropofagia y de los autómatas para referirse al miedo.

Arte y olvido del terremoto es con el fin de plantear una linea del tiempo sobre cómo el arte pudo haber inspirado obras pictóricas a raíz del temblor de 1985 que derrumbó casas y edificios de la ciudad de México. Es examinar las maneras en “que hemos olvidado la catastrofe” a partir del arte, de sus obras. O sea, sobre la amnesia del desastre.

Al citar al filósofo Franco Volpi, Padilla retoma que “Al negar la memoria de un desastre la sociedad vive entre simulacros vacíos, sin percatarse de esto”.

En una entrevista que Padilla dio para TVUNAM aceptó que después de muchos años de considerarse un novelista, el género con el que podía definirsele como escritor fue precisamente el cuento. Sin embargo, es Padilla el escritor que transitó entre muchos géneros, desde la dramaturgia hasta el ensayo, desde el cuento hasta la novela, y que le permitió ganar los Premios primavera de novela, Mazatlán, La otra orilla, y muchos más.

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Kristian Antonio Cerino
(Tabasco, 1980)

Es licenciado en Comunicación y maestro en Docencia por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Con 15 años en el periodismo, ha publicado artículos, crónicas, ensayos, entrevistas prólogos y reseñas en libros y revistas arbitradas.

Es premio nacional y estatal de Periodismo en el género de Crónica. Ha publicado crónicas periodísticas, perfiles y entrevistas de semblanzas en revistas como Eme Equis, Liberación, y en sitios web como Animal Político, Lado B, Diez 4, Sin embargo, entre otros.

Fue finalista del premio Nuevas Plumas que organizó la Universidad de Guadalajara y la Escuela de Periodismo Portátil, 2011.

Es autor de tesis y tesinas en el área de Periodismo y de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICS) Es promotor de los blogs en el sur de México. Primero creó Salida de Emergencia, Libreta de Mar y Águila o Sol.

Ha escrito en los diarios Milenio y Excélsior. También lo ha hecho para la agencia española EFE. Fue becario en el programa Prensa y Democracia en la Universidad Iberoamericana y en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que fundó el escritor Gabriel García Márquez.

Incursionó en la radio de Tabasco. Laboró en las estaciones XEVT, XEVA y XEVX. Sus primeros años de formación periodística los vivió en la redacción del grupo Telereportaje con los hermanos Sibilla Oropesa.

Recientemente ha publicado en la revista Zócalo y en la Libreta de Irma

Es premio Tesis UJAT 2013 y es miembro del Padrón Estatal de Investigadores en Tabasco.