Las comadres

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(Una representación arquetípica de la mexicanidad)

La opinión amena de

Alberto Sansores Vega.

Tal vez fue por ahí de los años 50, no lo sé, cuando estuvo de moda una radionovela colombiana cuyo autor es el escritor José Ma. Vargas Vila. Cuentan que  el éxito que tuvo fue comparable con novelas  legendarias (en formato de radio), como Los tres mosqueteros, Chucho “el roto”, Angelitos negros, Kalimán y Corona de lágrimas; entre más de una decena.

Recuerdo muy bien que esta última, en el año de 1960 en la ciudad de Puebla, la oía y escuchaba en ocasiones junto con mi tía Chía, mi abuelita Lucía y demás familiares. La música de esta novela -tema central de la película “El escuadrón suicida”, (Dangerous Moonlight)- me seduce y conmueve como pocas en su género. La razón obedece a que es una más de las decenas que mi papá tuvo el acierto de llevarme a ver… ¡recuerdazos!

Todos sabemos que las historias de radionovelas y telenovelas, más que la literatura, marcan a la gente, a la pelusa, a tal grado, que dejan hitos para toda la vida. Inclusive, éstos suelen ser -por ejemplo-  los nombres  de los personajes, y aun de animales domésticos como perros, caballos, gatos, etcétera, en la mayoría de los casos.

En esa época, dicen que una señora rica fue a visitar a su comadre, la pobre; ya había trascurrido mucho tiempo sin verse, pero gracias al “feis” y a Dios, amén, se encontraron y se comunicaron entre sí.

Ahí, en la casita de lámina y adobe, se tomaron un café de olla con canela y  poca azúcar; asimismo comieron unas galletas de animalitos y un  vaso de agua, nomás.

De pronto se levanta la hija de la comadre rica y dice con talante fresa  ricachona:

—¡Vámonos mamá, Graziella, ya es muy tarde…! Comienza a oscurecer, ya se está poniendo el crepúsculo.

—Sí, sí, hay que apresurarnos, Madeleine, pues ya va siendo hora de escuchar mi novela de Vargas Vila que pasa a las siete de la noche en la XEW.

Así, las visitantes se despidieron de las pobres, y viceversa, no sin antes (como dicen los clásicos), acordar que la próxima visita, una semana después, sería al revés: las anfitrionas serán las ricas.

—¡Ahí les esperamos comadrita! —exclamó doña Graziela.

Doña Lencha y su hija, Rutila, se quedaron un tanto asombradas por lo acontecido minutos antes; palabras que no habían escuchado nunca como crepúsculo, Vargas, Vila, X, E, W, Graziella, Madeleine. Por fin con el paso de los días digirieron todo aquello, pero decidieron crear un plan con el fin de hacer un  papel decoroso ante las actitudes de la comadre adinerada y su hija, la bella Madeleine.

Llegó el día, e hicieron su último ensayo de ciertas comportamientos; salieron de su casa, caminaron tres cuadras, tomaron un camión, y un taxi -para taparle el ojo al macho- que las llevaría a la mansión de la comadre bonita.

—¡Uuuta!, un caserón. No pudieron ocultar su impresión. Ya repuestas, tocaron el timbre, din-don.

Casi enseguida abrió la puerta Panchita quien  las condujo a sentarse en un couch situado en un rincón de lujo en lo que Paquita, la otra mucamita, traía  un aromático café en una fastuosa cafetera, galletas Macma y chocolates Ferrero Roche, no pendejadas.

Ahí se juntaron, comenzó el wiri-wiri con risitas y vagos recuerdos con un poco de tensión; sí, esa que resulta del abismo que se forma entre la falta y la sobra del dinero. Así trascurrieron 45 minutos, esperando a que dieran las seis y media de la tarde. Disimuladamente madre e hija pobre, se veían de reojo.

En eso Ruti se para en chinga, y dice con estilo desmedido: ¡Vámonos madre!, se hace tarde, comienza a oscurecer y se me está  poniendo  crespo el culo.

—Sí,  Ruti,  vámonos porque es hora de escuchar mi novela de Vales Verga.

Así es la vida entre nosotros los ricos y ellos los pobres, por eso el Torito es inocente.

Por último, os aclaro que en este cuentecito me ocurrió algo similar al de Coco Chanel: sólo una parte es real, lo demás es fruto de lo que aporta el entorno popular; es decir que de la radionovela como tal, por más que busqué, no encontré nada, ni un supuesto título, pero sí lo suficiente acerca de Vales Verga, ¡perdón!, de Vargas Vila.

 

Foto: Google

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