Los años se acumulan detrás de las pupilas, en las arrugas, y en los obstáculos que ha tenido que superar la señora Rosa: hija, madre y abuela; a quien la vida terminó postrando en la cama.

Imagen: Pintura. Dos mujeres tahitianas en la playa, Gauguin, 1891.

Texto: Rocío Guadalupe Villalobos Balcázar.
Mírala encogerse de dolor.

Yace acostada en un viejo, mullido y amarillento colchón, entre sábanas con enmendaduras que apenas cubren su cuerpo; de cabello azabache, delgado y lacio esparcido sobre una almohada con poco relleno, a modo de soporte bajo su cabeza. Tirita de frío a pesar de que afuera hay una temperatura de más de 25 grados.

Se queja, moviéndose incómoda, revolviendo las sábanas, pero es en vano, porque de nada sirven sus quejidos, es completamente ignorada por su tercera hija, Tila, quien está concentrada viendo la televisión, con los ojos perdidos tras la pantalla. El hijo de Tila  se encuentra situado a un costado de su abuelita y la observa lloriquear; su ceño se frunce por la preocupación, pero no puede hacer nada por ella, con sólo cuatro años de edad.

No tienen puerta, es  un lujo que no pueden permitirse, apenas y tienen para comer.

Los detalles de la casa permanecen inmóviles al tiempo, no es la primera vez que comparto su espacio: Piso de tierra, una mesa de plástico con dos sillas del mismo material como comedor, un pequeño baño donde hay un retrete y baldes con agua para bañarse, hamacas colgando de esquina a esquina, y el característico humo llenando la pequeña casa de madera, porque no cuentan con una cocina, aquí todo se prepara a la leña.

Es imposible ignorar a la mujer sobre la cama, pálida, delgada y sin fuerzas, la misma mujer que desde pequeña tuvo que aprender a trabajar y a valerse por sí misma fuera de casa.

Miguel Hidalgo, Amatán, Chiapas, México 1972.: Debió haber supuesto que algo no estaba bien cuando vio la sonrisa de su padre, libre de preocupaciones,  y los ojos enrojecidos e hinchados de mamá.
“¡Vieja!,” gritó el señor Hernández entrando a la casa de madera con una caja de cartón en brazos, su esposa apenas lo mira; “ayúdame, recibe esto”, le pasa la caja y luego se dirige a sus tres hijas: “Chamacas, no se queden ahí paradas, ayuden”,  las chiquillas salen corriendo, descalzas entre piedra y lodo.
“Rosa”, sin emoción alguna en su voz llama a la mayor de sus hijas, de estatura promedio, delgada, el cuerpo apenas comenzado a desarrollar,  tiene doce años.
“Padre”, responde ella, cabizbaja.
“Cuando termines, quiero que te pongas el vestido que te va a entregar un joven, corre, anda, que se hace tarde”.

“Pensé que era una fiesta”, dice Rosa Hernández Hernández,  su voz es apenas audible, le cuesta mucho hablar ante el dolor que siente por la infección de los riñones, sus ojos lucen cansados y pequeños. “Ayudé a bajar las cosas de la camioneta, mesas, sillas, comida, estaba emocionada porque nunca antes había visto algo así, cuando eres niña lo único que piensas es en jugar”

¿Qué iba yo a saber que mi papá me había vendido por dos cajas de galletas y dos pavos?

Con tan sólo trece años de edad ya era madre. “Mi suegra me pegaba mucho porque no sabía hacer nada, ni cuidar a mi hijo. No había día que no me golpearan por algo, pero igual tenía la obligación de hacer las cosas y cumplirle al hombre ese como mujer”. Dos años después, cuando pudo separarse de su esposo, porque éste la cambió por una niña, regresó a casa con sus padres. Su mamá llamó a la casa de una señora de mucho dinero en Teapa, Tabasco.,  para ofrecer los servicios de su hija.
“Trabajaba toda la semana, barría, trapeaba, lavaba ropa, y no tenía permitido regresar a mi casa, hasta el domingo que llegaban por mi paga y podía ver unos minutos a mi hijo Miguel.”

Rosa hace un esfuerzo por sentarse, a pesar del dolor, en la orilla del colchón para beber un poco de agua. Corre las sábanas a un lado, dejando al descubierto una bata descolorida que le queda enorme, sus largas piernas están tatuadas con los efectos que ha causado tantos años de maltrato y jornadas sin descanso. Los que un día comenzaron luciendo como raíces, ahora no son más que bultos de sangre coagulada.

“Aprendes a hacer cualquier cosa con tal de salir adelante, aunque sepas que es inútil. Un día podía estar haciendo limpieza en una casa, mañana tamales a la leña y al día siguiente caminando por todo el pueblo para venderlos. No queda de otra”.

Su piel luce áspera y un poco desgastada a causa de la diabetes, los años que ha tenido contacto con el agua y el arduo trabajo que realiza día a día, si es que no recae con sus enfermedades.  Hace un esfuerzo por levantarse de la cama, sosteniéndose con ambas manos en colchón que se hunde y no le sirve de soporte, un amago de sonrisa se refleja en su rostro, y sus pies se arrastran obligadamente hacia lo que ella le llama cocina, pero sólo es un fogón.

Sirve un plato con frijol y con manos temblorosas, parte en pedazos unas tortillas tiesas para luego echarlas en el plato, el cual deja en la mesa  justo frente a su nieto, quien no tarda ni siquiera tres segundos en empezar  a devorar la comida, no come, se limita al silencio.
Acalla el dolor y lo expresa por medio de muecas, sabe que el día de mañana tiene que levantarse de esa cama para salir a trabajar y llevar el pan a casa, porque todos dependen de ella. Revolcarse en el dolor no les dará de comer.

Dándome cuenta de eso es cuando me permito preguntarle:
— ¿Cuándo irá al médico para que le traten ese dolor de riñones?

La enfermedad la consume, Doña Rosa dice que asistirá al médico en la mañana, con la mirada esquiva ante su propia mentira.

Ambas sabemos que no lo hará.