Mario Bellatin: El hombre dinero y por qué escribir para olvidar

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Sentado en un taburete en el extremo de una larga mesa de madera sin barnizar, y sobre la que hay desperdigado todo un cosmos de pequeños detalles –un módem parpadeante, algunos Cds, un libro abierto por la mitad, cables sueltos de cargadores de teléfono, cajas de madera con papeles en su interior, una pequeña agenda, y una máquina de escribir Underwood 1915-, Mario Bellatin (Ciudad de México, 1960) se lleva la tacita de café a los labios, y echa un vistazo de soslayo a través del enorme ventanal de esta casa de principios de siglo XX.

A continuación, vuelve a lo suyo: tac, tac, tac, tac. Pulsanso con precisión las teclas virtuales del teléfono móvil que apoya con facilidad entre el brazo y el pecho, y moviendo en una especie de danza hipnótica la alargada pluma electrónica con la que escribió El hombre dinero, novela que acaba de publicar con la editorial Sexto Piso.

-Sabe que no faltará quien diga que escribió su novela en un iPhone por aquello de dárselas de muy moderno… -le comenta el periodista ante la escena-.

Mario sonríe y deja sobre la mesa el teléfono -que no para de hacer bip bip durante toda la entrevista-; da otro sorbo de la taza de café, y encoge los hombros visiblemente divertido.

“Me la quiero dar de antiguo, más bien -contesta con una sonrisa y señala con la barbilla la vieja máquina que conserva en perfecto estado y con la que hace años publicó cuatro novelas-. Escribir en el iPhone me retrotrae por el sonidito de las teclas -dibuja con los dedos la pluma digital-, y curiosamente esa tecnología de dármela de moderno supone retroceder a los tiempos de mi máquina de escribir Underwood del año 15. Además, escribir El hombre dinero en el iPhone no fue tampoco una decisión concreta. No fue que yo dijera ‘ah bueno, pues voy a innovar y le voy a escribir a Apple para decirles que si me pueden conseguir un teléfono con las letras más grandes -ríe ampliamente-. No, más bien es algo que se dio: un día esperando en una cita en el médico, otro día en una cola… Y de pronto empecé a jugar con el teléfono para llenar los tiempos“.

Y como resultado de ese juego surgen las páginas de El hombre dinero. Un libro cuyo título, y así lo reconoce el propio Mario Bellatin, puede llamar a engaño, aunque tal vez no tanto.

“El título es engañoso, es cierto. Parece que es un tratado o reflexión sobre el dinero. Porque incluso la portada (de Eko) está llena de billetes. Pero se trata de señalar una serie de dudas, de lugares, de pliegues existenciales –aunque detesto esa palabra- tanto personales como sociales. Pero siempre sin abandonar nunca el punto de vista personal, ya que en todos mis libros trato de partir desde anécdotas cotidianas para construir la obra junto al lector, y así encontrar, no las respuestas, pero sí las preguntas mejor formuladas”.

“Entonces -añade el escritor- el libro va a por ese camino y llega a un punto que es el dinero. Pero mi perspectiva no es hablar de Wall Street, ni hacer una radiografía de una crisis internacional, sino ver cómo opera el dinero desde puntos que aparentemente no imaginaríamos, como puede ser dentro de una familia, como una obsesión, o como el no dinero, que es la ausencia del mismo. Pero no creo que puedas contar de qué se trata el libro. Puedes hablar de fragmentos, incluso podrías describirlo, pero eso no es el libro. El libro es su propia lectura, y existe dentro del propio libro.

-¿Cuánto hay de Mario Bellatin en las páginas de El hombre dinero? -vuelve a la carga el reportero-.

“¿Qué cuánto hay mío dentro de la obra? -repite la pregunta el autor-. Bueno, ese es el laberinto que propongo. Claro, la idea no es marear y perder al lector, sino que la idea es seducirlo. Lo único que me interesa a mí cuando te presento un libro es que lo termines, y esa es la batalla. Y uno de los recursos que encontré con el tiempo es ese: hacer que el lector vea que hay elementos míos, reales, y al mismo tiempo elementos totalmente ficticios. Y bueno, sí hay misterios, pero no en el libro. Sino después de haberlo leído. Es decir, cuando lo terminas te preguntas ¿bueno… y? ¿qué quería decirme? ¿qué pasó? Pero lo leíste y yo ya gané –sonríe-. La lucha es esa. Porque lo único que yo le preguntaría al lector sería si acabó de leer el libro. Si me dice que sí, ah perfecto -mueve ahora la pluma electrónica como si fuera una batuta-. Y si me dice que le pareció pésimo, también está perfecto. Porque acabó de leerlo y yo ya no soy dueño de ese libro”.

A continuación, el autor de otras novelas como Gallinas de madera o El libro uruguayo de los muertos hace una breve pausa para comprobar el efecto de sus palabras en su interlocutor, y mueve de nuevo en el aire la ‘batuta’ digital para ahondar algo más en la cuestión.

“Estoy harto de autores que son dueños del texto -afirma tajante-. Autores que vienen con una sola lectura y una sola interpretación, y que en lugar de utilizar otros medios usan la literatura para decir verdades, o supuestas verdades. Y tú como lector estás en un callejón sin salida en el que tienes que aceptar lo que dice, o no aceptarlo, y no tienes otra opción. Por eso son autores que van junto a sus libros, echándoles luz, o en muchos casos opacándolos. Porque son dueños de sus textos y tienen una verdad absoluta. Yo, en cambio, quiero hacer el camino inverso. Y comprobar si los libros son autónomos y que hablen por sí mismos. Que sean libros que no tienen autor”.

“Claro -añade para concluir la idea-, siguiendo esta lógica me podrías preguntar qué hago yo entonces dándote una entrevista -ríe-. Pues es parte de otro interés, otra necesidad, que es que la escritura tiene que generar nueva escritura. Yo necesito publicar para tener siempre el espacio vacío de la escritura, para que se siga generando la propia escritura”.

Tras la amplia respuesta, el periodista le señala la vieja máquina de escribir que está sobre la mesa y ambos se quedan un rato admirando sus teclas.

-Según se dice en la tapa de El hombre dinero tiene más de 40 novelas publicadas, está traducido a quince idiomas y entre sus proyectos está Los Cien Mil Libros de Bellatin -el periodista argumenta su última pregunta-. ¿Teniendo en cuenta todo esto, te podríamos considerar El hombre escritura?

“Bueno, en realidad tengo como 130 publicaciones entre primeras y segundas ediciones, y demás -matiza Bellatin-. ¿El hombre escritura? Yo escribo para olvidar, no sé lo que he escrito. A veces es penoso con los lectores, porque ellos también tienen sus fantasías románticas, y creen que cada frase que uno escribe es porque realmente lo siente. Entonces, me encuentro con personas que han leído un libro mío de hace 20 años y me dan claves de los personajes, y no tengo la menor idea de lo que me están hablando. Y claro, ya aprendí que tengo que ser muy sutil e indagar en lo que me dicen, porque el lector cree que me estoy burlando. Pero ahí es cuando me doy cuenta de que el lector piensa que el escritor está siempre en un presente continuo, en cada cosa que uno escribe, cuando yo escribo para olvidarme de lo que escribí, porque eso es lo que me permite seguir escribiendo”.

(Publicado en Animal Político)