Matices del universitario

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Un ensayo sobre el quehacer del estudiante. La autora Estephany Priego Vázquez habla sobre las facetas del universitario desde levantarse temprano y no poder comer hasta el desgaste físico y mental por las tareas. De paso, plantea una critica al desempeño docente. Ella es estudiante en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Y escribió este ensayo para la asignatura de Redacción avanzada que imparte la maestra Magnolia Vázquez.

ESTEPHANY PRIEGO VÁZQUEZ

 

Es indescriptible el alivio que sentimos al finalizar un semestre más de una carrera universitaria. El enorme suspiro hecho después de haber aguantado tanto tiempo la respiración. ¡La calma que nos recorre al saber que podremos dormir de nuevo!  La increíble felicidad de no tener que escuchar más la perversa alarma a las cuatro de la mañana. Saber que podremos comer en el momento que nos apetezca y no en el minuto que tenemos entre clase y clase, con todo el peligro de asfixiarnos. Y esa sutil emoción al contemplar ese porcentaje cada vez mayor en el avance curricular, que nos indica que estamos más cerca de la meta…

Sí, pero más cerca de volver a iniciar un recorrido.

Esto nunca se termina. De la misma forma en la que el mundo avanza (o retrocede) día a día, tenemos que marcar un paso a la par: más información, más que aprender.

Y es que no basta finalizar una licenciatura para empezar a comernos el mundo. De hecho, ni siquiera podemos esperar a que eso suceda, tenemos que hacerlo desde ahora, pues para mañana ya es tarde.

Esta condición de vida nos envuelve y ahoga. Y es más difícil de lo que muchos piensan. A menudo somos subestimados. La mayor parte de la comunidad que no es la estudiantil (espero que no toda), considera lo siguiente:

  1. Los jóvenes tenemos todo el tiempo del mundo.
  2. Los jóvenes no tenemos preocupaciones. Solo tenemos que estudiar.
  3. Los jóvenes tenemos todo más fácil. Al alcance de la mano.
  4. Los jóvenes solo pensamos en fiesta, alcohol, diversión.
  5. Los jóvenes no sabemos lo que queremos. Somos jóvenes.
  6. Los jóvenes hacemos una carrera universitaria para terminar trabajando en McDonald’s.
  7. Los jóvenes somos demasiado inmaduros para entender la situación de nuestro país. Son cosas de grandes.
  8. Los jóvenes no nos interesamos en ayudar a los demás. Solo pensamos en nosotros mismos.
  9. Los jóvenes no valoramos lo que tenemos. No nos cuesta.
  10. Los jóvenes no sabemos nada de la vida. ¡Qué vamos a saber nosotros!

Si me dieran una moneda por cada vez que oigo una de estas críticas…

Hace poco escuché de una conferencista esto: “Los jóvenes de ahora solo terminan su carrera para salir a buscar jefes y no clientes.” Y esto: “Son jóvenes, tienen tiempo, claro que tienen. Vayan a ayudar a alguna institución, no piensen solo en ustedes.” O algo similar a eso. Lo peor de todo no fueron sus palabras sino la respuesta positiva de una gran parte del público. Lo primero que pensé fue: “¿Con quiénes cree que está hablando?” Y al escuchar la respuesta de aquellos otros estudiantes: “¡¿Quiénes les han dado clases?!”

Pienso profundamente que es una desconsideración especular que nosotros no sabemos lo que queremos ni somos capaces de hacer una carrera universitaria con plena consciencia, con vocación, que no tenemos nada que hacer, simplemente perdemos el tiempo y que solo pensamos en nosotros pues, según esas opiniones, no tenemos la conciencia de ayudar por voluntad propia.

Considero que la manera de pensar, y más la de un estudiante universitario, no depende en su totalidad de lo que alguien le enseña. Me parece que somos lo suficientemente inteligentes como para pensar por nosotros mismos (criterio propio, le dicen). Sin embargo, sí existen muchos estudiantes que incluso ellos mismos se desvalorizan de esa manera, admitiendo que si alguien no les  dice lo que tienen que hacer no pueden hacerlo. Y, precisamente por esta parte de la población estudiantil, muchos hemos sido estigmatizados con etiquetas tan arbitrarias que casi todos terminan creyendo, son certeras.

De esta forma, es habitual escuchar: “No creo que no tengas tiempo para ayudarme a lavar los trastos. ¡Nunca haces nada! Solo te la pasas estudiando. Ni que te dejaran tanta tarea en la escuela.” Pues sí, y mucha en realidad. Y a veces, aun si no es mucha, los padres no pueden comprender que lo que nosotros debemos (según esta sociedad) aprender, no es lo mismo que lo que quizá ellos tuvieron que cuando estudiaron. Es mucho más. Y ni hablar del ambiente que nos rodea ahora. Todo es demasiado. Todo es caos.

Si alguien no ha escuchado en años recientes “Estoy estresado”, realmente no sé dónde ha vivido. Es decir ¿en serio? ¡Yo me lo digo todos los días! Incluso le he tomado cariño a la oración.

La cantidad de presión que tenemos es incalculable, y no solo de parte de la sociedad ni de nuestras familias ni de los maestros, sino también de nosotros mismos. La mayoría siempre anhela más. Queremos algo mejor. No somos para nada conformistas ni pensamos en el arcaico “Naces, creces, te reproduces y mueres”. No, no es suficiente. Y en ocasiones, lejos de ser siquiera una opción, no tenemos la menor intención de cumplir cualesquiera expectativas que no sean las nuestras. Estamos llenos de curiosidad, de dudas y de intereses diversos. Pensamos en lo que acontece cada día, y mucho. Somos una paleta complicada y difusa de pigmentos extraños, nunca antes notados. Somos más que una carrera, más que un empleo y más de lo que muchos esperan. Y, en numerosas ocasiones, tenemos más visión de la que todos aquellos que nos critican tuvieron.

Pese a esto, inclusive en las familias hemos sido juzgados por nuestras decisiones, por no hacer lo que la masa hace, por no elegir la carrera que nos permita conseguir más rápido empleo. ¿En verdad eso es lo que quieren los padres para sus hijos? ¿Que crezcan dándole más importancia al sueldo y al seguro popular que a ser felices, a realizar su vocación, a desarrollarse como seres humanos? ¿En verdad prefieren que se rompan la espalda 12 horas por un sueldo para apenas librar el día, que tener la oportunidad de experimentar el mundo, cultivarse y aportar algo significativo al planeta? Es momento de entender: los hijos, los jóvenes necesitamos más…, algo más que lo usual; trascendencia.

 

Capítulo violeta

Quiero ser astronauta. Quiero ser princesa.

Estoy segura de que escuchamos algo así por lo menos una vez en nuestras vidas, acaso lo dijimos en algún momento, acaso criticamos que alguien lo dijo, como es mi situación (a menos que dicha princesa aporte realmente algo valioso al mundo y no solo se resguarde detrás de su príncipe azul y falaz).

Lo cierto es, cuando somos niños tenemos posiciones muy consistentes en cuanto a lo que deseamos o no. Evidentemente, llegamos a ser muy egocéntricos en esta etapa de nuestras vidas, pero tan solo es el reflejo de lo que queremos sin restricciones. Todavía no se nos impone lo que debemos ser, o por lo menos no estamos al tanto de ello.

En palabras de G. García (1995) “Si a un niño se le pone frente a una serie de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno que le guste más (p. 2).

No obstante, no siempre es el juguete que más nos gusta, a veces es el que nos pusieron en la bandeja o el que nos parecía mejor dentro de una fila en la que tampoco estaba nuestro favorito. A veces, simplemente es la opción que tuvimos que tomar.

Cuando elegimos una carrera universitaria hay muchísimos factores que nos orillan a tomar la decisión. A veces un artista por vocación es presionado hasta el límite para estudiar medicina (o cualquier otra carrera privilegiada), como si fuese el único camino en el mundo que puede llevar a alguien a algo productivo. Lo más angustiante, muchas veces la presión es tanta que uno termina por tomar esa elección, persuadido u obligado, y casi siempre infeliz. Y es muy distinto llevar una vida cómoda y quizá exitosa que lograr tener una vida feliz, y para ello solo basta hacer lo que se desea de verdad. Por más talento, por más disciplina, por más esfuerzo que se tenga y aun si se hacen bien las cosas, siempre habrá una parte de nosotros aprisionada, anhelando hacer lo que siempre aspiró y no le permitieron.

Por otra parte, a veces no queremos hacer nada. Y por nada me refiero a que nos gustaría poder descansar, dedicarnos tiempo o dárselo a nuestras familias, nuestras mascotas o amigos. En realidad, lo único que queremos es tener la ocasión de pensar en la vida, en quiénes somos, en las obviedades del mundo. Nos gustaría leer esa fila de libros que espera por nosotros y para la que pocas veces tenemos suficiente espacio. Escuchar mil canciones y aprendernos todas sus letras. O, aunque parezca una contrariedad, quizá también nos gustaría tiempo para estudiar por nuestra cuenta, libres de apremios y solamente lo que realmente nos apasiona. Nada es, en otras palabras, hacer lo que nos plazca dentro de nuestra propia conciencia de las cosas.

Pienso, si tan solo los padres, familiares, tutores o profesores confiaran un poco más en los jóvenes, se darían cuenta de que somos más sensatos de lo que todos piensan. Quizá no queremos hacer tal cosa en un instante determinado y ello tiene más que ver con el hecho de que se nos impone y no se nos pide (en el pedir está el dar, dicen) o no está en nuestros planes en esos momentos pero sí más adelante.

Si no nos dan la oportunidad de elegir por cuenta propia, no pueden pedirnos compromiso por decisiones que no fueron tomadas por nosotros. Pero, si nos dan el beneficio de la duda, si confían en que sabemos lo que estamos haciendo, pueden tener la certeza de que lo  que forjaremos será por convicción. Y así lo que hagamos valdrá nuestro mejor esfuerzo y no nuestra absorbente y lamentada pena. 

Capítulo acero

            Tienes que ser alguien en la vida.

¿Quién no ha escuchado algo así?

Entre una multitud, vamos caminando, casi siempre con prisa, con una daga enterrándose en nuestras espaldas. Escuchando el susurro social que nos dice al oído que tenemos que seguir y alcanzar aquello que quizá ni siquiera queremos alcanzar.

Algunas veces, sufrimos la enorme presión de un entorno en el que se nos educa no para ser mejores personas, sino para ser personas competentes. ¿Competentes en qué? ¿En un empleo de ocho horas?, ¿de doce?, ¿para seguir al pie de la letra las reglas de un lugar en el que  tal vez ni siquiera queremos estar?

Añadido a lo anterior, el concepto “competencia” es asumido por muchos muy subjetivamente. En ocasiones, ambicionan un ideal sumamente arrogante y egocentrista: de pronto empiezan a competir y a querer ser mejores que los demás, ganar en todo, destacar en todo, en lugar de crecer como personas, de superar las propias expectativas. Viven anhelando lo que otro ha logrado y pendiente del promedio académico de aquel que ha recibido un premio. En verdad me pregunto si no es penoso vivir así…

Pero, todo lo anterior, creo firmemente que se debe a este mundo que pretende educarnos. Que nos presiona hasta conseguir que seamos nosotros los que empuñamos esa daga que nos hace caminar con tanta prontitud, con desesperación, perdiendo lentamente nuestras propias expectaciones de quienes queremos ser.

Hace un tiempo una amiga criticaba los requisitos que se piden en la actualidad para obtener un puesto en una empresa. Y comentaba: “¿Desde cuándo trabajar bajo presión se convirtió en una cualidad indispensable para un empleo?”

Y sí, realmente me pregunto en qué mundo estamos viviendo si desde la preparación académica se nos orilla a vivir con una bomba de tiempo haciendo tic-tac en nuestras mentes. Y es que con presión no solo me refiero a la cantidad de tiempo en la que algo tiene que hacerse, sino a la condición de obligación que hay detrás de la circunstancia. Hacer probablemente algo que no nos gusta, pero que es nuestro deber. Luchar por una meta que ni siquiera fue asignada por nosotros voluntariamente. Cosas así suceden todo el tiempo, y esto pasa cuando nos dejamos llevar por doctrinas ajenas, ideas de la vida que no son certeras para nosotros. Cuando accedemos a la presión.

Las elecciones son complicadas, las decisiones aún más. Pero, podemos simplemente pensar dos veces si lo que hacemos es lo que en verdad deseamos o si estamos intentando cumplir expectativas de otros, pues si la larga carrera que hacemos para nuestra formación académica es complicada, hacer una que no es nuestra vocación debe ser un tormento.

Una de las formas más sencillas de transitar este camino que como  estudiantes universitarios hacemos, en mi opinión, es saber defender las convicciones propias. Empezar por elegir aquel campo de estudio que más nos place, lo que nos apasiona y no lo que otros creen que es lo mejor para nosotros. Irreverentemente, ciertas personas se atreven a decir que ellos saben lo que nos conviene. ¿Cómo un sujeto puede saber lo que es mejor para otro? ¿Desde cuándo todos se creen sabios en cuanto a la vida de los demás? Si alguien sabe lo que nos concierta somos nosotros mismos, nadie tiene el derecho de querer imponer su criterio sobre el nuestro, pues bastante maduros somos a estas alturas de nuestras vidas para saber distinguir lo que queremos, para hacer algo sin que nadie tenga que decirnos qué ni cómo realizarlo.

Así, dentro de una institución universitaria, miramos en derredor y descubrimos los rostros más estresados que podemos encontrar, ojos vacíos, ojeras, cansancio acumulado y en numerosas ocasiones, ni siquiera una chispa de satisfacción, lo que es más preocupante.

Tenemos que captar de una vez por todas, cuando alguien no estudia aquello que es su vocación, termina siendo parte de una masa moldeable que tiene como único anhelo el aguinaldo que recibe, haciendo un trabajo con desgana y desesperanza, pereciendo paulatinamente. Y de esta forma, este modo de vida es impuesto a la generación siguiente, porque, alguien dirá sin juzgar sus palabras: siempre se ha hecho así.

Si no pensamos por nosotros mismos, alguien más querrá hacerlo. Si alguien más lo hace, terminaremos desempeñando algo sin pasión. Si lo que desempeñamos no tiene pasión, entonces no tiene alma. Y si no tiene alma, convincentemente no trasciende.

 

Capítulo amarillo

            No… Otra vez este profesor.

Con seguridad, hemos dicho o al menos escuchado algo parecido durante el tiempo que hemos estado en la universidad. Añadido a la frase, el tono de angustia y el resoplo no se hacen esperar. Por supuesto que nos agobia. No… No nos agobia: nos aterra.

En realidad, no es que tengamos miedo del profesor, con mucha probabilidad tan solo no es de nuestro agrado. Sí, esa es la incómoda realidad. No nos cae bien y quizá nosotros no le caemos bien a él o ella. Así es esto.

Muchos tal vez hemos escuchado lo siguiente: “Tienen que aprender con el maestro, sin el maestro o a pesar del maestro”. Bien, tienen un punto: aprender; pero, ¿sin?, ¿a pesar de? Es algo que no me parece ni por asomo justo. Es decir, cuando ingresamos a una universidad es porque sabemos que requerimos de una instrucción adecuada que nos oriente en la vía de estudio que elegimos. También queremos que esa guía esté llena de la vocación y la sabiduría que nos inspire un poco más. Así que, si pretendiéramos aprender sin el profesor, simplemente estudiaríamos por nuestra cuenta. Y me pregunto ¿los profesores tienen que enseñar sin los alumnos? Y planteo lo siguiente: si los docentes deben tomar medidas acerca de los alumnos que no están cumpliendo con las expectativas, aquellos para los que un a pesar de sería aplicable ¿por qué los estudiantes debemos continuar en una circunstancia similar con un maestro a pesar de?

A menudo sucede que el profesor tiene un carácter muy especial (a veces intratable) y solo una parte de los alumnos tiene la suerte de ser de su agrado. Sí, todos somos diferentes, tenemos capacidades diferentes, pensamos diferente. Pero eso no significa que debemos ser excluidos de la atención de quien debería ayudarnos ni mucho menos sufrir las consecuencias de no tener la enseñanza adecuada a nosotros. En efecto, somos muy capaces de adaptarnos a cualquier circunstancia, y por ello deberíamos merecer ese tipo de adaptación de parte de quien debería instruirnos.

En una plática con una amiga, ambas llegamos a la idea de que si un profesor es extrovertido, pondrá más atención a los estudiantes que lo son, y si éste es introvertido, pasará lo equivalente, pues la mayoría de las veces esto es justo lo que sucede. Debemos tomar en cuenta que entre ambos términos de Jung hay fundamentales diferencias, entendiendo como extraversión cuando un individuo da más importancia a lo externo y la introversión como el hecho de pensar más en el propio mundo interior (citado en Alonso, 2004, p. 59). Y no es difícil notar esta situación cuando observamos un numeroso grupo en el que el profesor, además de ser muy platicador y desbordar una energía descomunal, habla la mayor parte del tiempo con un cierto grupo que casi siempre se sienta más cerca de él, mientras en la esquina más lejana al mismo se encuentra otra parte de los estudiantes que prefiere realizar tareas más abstraídas desde su asiento.

Cuando no encontramos una empatía realmente fuerte con quien es nuestro profesor, es muy difícil poder establecer una relación de confianza que promueva el despeje de dudas y la participación activa. Algo que quizá todos hemos vivido es que no sabemos cómo expresarnos adecuadamente para poder ser entendidos. Y en casos particulares, como en las clases de lenguas extranjeras, a veces los docentes no pueden darse cuenta de que nuestra forma de ser y pensar nos inhibe en un ambiente en donde la presión puede llegar a ser exagerada, por lo que en excesivas ocasiones llegan a erróneas conclusiones acerca de los alumnos. Empieza la asignación de etiquetas y, por el hecho de tener dificultades para hablar en público, el alumno es visto como desinteresado o no idóneo para la carrera.

Asimismo, si tanto el alumno como el maestro hacen un esfuerzo por salir de la rutina, para establecer la retroalimentación de la mejor manera posible, la consideración de parte de ambos llevaría a la reducción de las bajas de muchas asignaturas. Entonces, los estudiantes sí podríamos aprender con nuestro maestro y nuestro maestro quizá con nosotros.

Con todo esto no me refiero a que debemos renunciar a quienes somos para tratar de encajar en una expectativa, no. Tan solo debemos poner de nuestra parte para identificar esta dificultad. Al conocer las variantes del yo  quizá entenderemos que quien es distinto a nosotros no ve el mundo como lo hacemos siempre, pero no por ello no podemos trabajar en unión.

Capítulo naranja

            Tengo hambre.

Creo que en los últimos años se ha tornado muy parecido al bostezo, tener hambre. Si digo “tengo hambre” cerca de algunos compañeros, con mucha probabilidad alguien revelará “yo también”, como si al escucharlo fuese un recordatorio, de esos que a veces ponemos en un papelito adherido a la libreta o con horario y todo en el teléfono celular. Y, con mucha probabilidad también, el recordatorio de que necesitamos comer se convertirá en una especie de grillito de la conciencia que no nos permitirá hacer nada más que no sea lo que el insecto se propone, con su agudo y monótono sonido.

Así, si tomamos en cuenta el poco tiempo que a menudo tenemos cuando estamos en la universidad, y no me refiero solo a los estudiantes ―soy consciente de que cada docente, cada servidor de una institución de esta naturaleza lleva su propio caos consigo―, es a veces imposible tener un pequeño espacio en el tiempo para consumir aunque sea un cacahuate (si bien, posiblemente si comemos por lo menos uno entre clase y clase desde que empezamos el día, para las nueve de la noche la pequeña bolsa esté terminada).

  1. García (2012) en un estudio acerca de la alimentación que llevamos los mexicanos, opina que los momentos más importantes para la familia son el desayuno y la comida.

Si realizamos una revisión muy rápida de estos instantes en nuestras vidas ¿podemos responder que, en general, comemos bien? Creo, de acuerdo con mi experiencia, que a las cuatro de la mañana difícilmente podemos consumir algo de modo consciente en su totalidad y ni qué decir de las tres, eso con corta diferencia podría ser una cena más que un desayuno.

No obstante, es verdad que un horario desgastante como el anterior no se nos impone, por lo menos no en la división académica en la que estudio, pues a fin de cuentas tenemos libre decisión al respecto, dentro de lo que cabe en estas circunstancias, por supuesto (usualmente buscamos lo mejor para nuestros estudios, sin importar lo que tengamos que pasar). Cada quien puede elegir entre empezar a desayunar en el transporte público o tomar el cereal en la comodidad de sus camas. Pero, he de prevenir a los profesores, no se asusten si de pronto un alumno tiene un tazón y una caja de leche en la paleta de su silla, o si escuchan un ruido extraño proveniente de algún recóndito sitio dentro del aula porque sí, seguramente sea una bolsa de frituras.

De igual manera, el momento de la comida que en otras partes del mundo es lo más importante del día, cuando estamos en la universidad se convierte en un quiero comer prolongado. Y la mayoría de las veces se alarga hasta que llega el momento de (¡al fin!) regresar a nuestros hogares, a una muy anhelada cena que podremos disfrutar con total paz y tranquilidad… A menos que tengamos tareas por hacer, claro… Pero eso casi no sucede ¿no?

Hay que recordar, tenemos prioridades. Y nada valdrá tanto cuando nuestro bienestar sufra caída libre. Si tenemos más opciones, decidamos tener tiempo para algo tan importante de nuestras vidas, y si aun así nos atamos nosotros mismos, entonces simplemente no nos quejemos de ello.

Capítulo verde

            ¿Está lloviendo? ¡Pero si estaba soleado!

En 2003 la Organización Mundial de la Salud informó: “El sistema climático mundial es parte integrante de los complejos procesos que mantienen la vida” (p. 5).

Creo sólidamente que es verdad.  El ambiente en el que estamos es detonador para muchas actitudes que podemos tomar hacia la vida.

Esta sociedad en la que vivimos, con tanta presión sobre nosotros, un sinfín de cosas en nuestras cabezas y las dificultades que pasamos por el clima en el que nos encontramos, nos llevan a querer enloquecer silenciosamente.

La razón por la que hablo ahora del clima, tan trivialmente comentado, es porque me gustaría que las personas comprendieran que la situación en la que estamos los jóvenes nos es la misma que la de aquellas generaciones que disfrutaban de un paseo al aire libre como distracción sin la necesidad de usar bloqueador solar.

Con tanto estrés que vivimos, estoy segura de que un respiro en un espacio verde es realmente algo que nos gustaría disfrutar, pero no siempre es tan sencillo. O llueve en exageración o nos volvemos alérgicos al sol.

A veces pienso que, de la misma forma en que este mundo corre presurosamente, quizá el cielo tiene prisa también, quizá no queda tiempo para formalidades y la lluvia solo puede dedicar unos segundos y el sol no puede hacer otra cita en su apretada agenda. Pero esto no es tan distante de nuestras realidades, al final de todo.

Entonces, viviendo de esta manera, sufrimos hasta por elegir adecuadamente las prendas que usaremos para ir a la universidad.

            ¿Un abrigo o una playera? Está soleado, pero si llueve… ¿Llevo paraguas? Bueno, para el sol o para la lluvia me servirá.

Ni qué decir de la cantidad de veces que nos quejamos durante el día, porque el aire acondicionado está muy fuerte o porque hace demasiado calor. En fin.

Lo cierto es, que sí afecta mucho esta condición en la que estamos, por lo que, sería agradable que pudieran comprender un poco todo cuanto tenemos que soportar. Aquello que un momento fue para otras generaciones una funcional forma de sobrellevar la totalidad de los deberes académicos, en este momento no lo es tanto para nosotros. No podemos seguir pretendiendo que lo que una vez funcionó para las anteriores generaciones de estudiantes tendrá el mismo resultado en la actualidad. El mundo ya no es como antes, por lo tanto nosotros tampoco.

Con todo, creo profundamente que también podemos hacer lo que esté a nuestro alcance para mejorar el lugar en donde estamos parados. El mundo requiere soluciones de parte de personas que amen lo que hacen, por ello es que es tan importante lo que decidamos ahora.

Capítulo rojo

            Tengo tarea.

Definitivamente, decir esto es casi una plegaria estudiantil contemporánea.

En el justo momento en el que decimos “tengo tarea”, podría afirmar que los significados implícitos de dicha frase se resumen en ruegos silenciosos para que mágicamente los deberes desaparezcan de nuestras listas de pendientes pronto o bien empiecen a suceder milagros.

Pareciera que, a estas alturas, no sabemos a lo que llegamos a la universidad. A veces, claro está, pues existe esa queja casi permanente, prolongada como letanía, con respecto a las tareas que cada día tenemos que realizar.

Sin embargo, existe otro tipo de queja, más parecida a un suplicio, que indica que la cantidad de obligaciones está llegando a un punto rojo, tan rojo como nuestra desesperación.

Y es que sí, tal como está el mundo en el que nos tocó vivir (y estudiar), la cantidad de cosas que se nos exige es ciertamente insospechada. Nunca sabemos qué más tendremos que hacer. Es una incógnita angustiante.

Creo, sin temor a equivocarme, que todos nosotros en algún momento llegamos al límite de saturación posible, dentro de lo que cabe respecto a nuestro tiempo, nuestras capacidades y nuestras vidas. A veces no damos más.

La saturación siempre es entendida como el estado máximo de capacidad. El tope (con el que continuamente nos golpeamos la cabeza). Y con esto podría pensar que la mayoría de los estudiantes lleva sus estudios como un vaso a punto de derramarse en cualquier momento. O quizá solo es idea mía.

Lo cierto es, los planes de estudio de una carrera universitaria pueden resultar totalmente incomprendidos (absurdos) cuando se miran con una perspectiva global. Si se cuestiona a un grupo de estudiantes de educación superior al respecto, con mucha seguridad responderá que por lo menos una cuarta parte del total de asignaturas que tiene que cursar le parece poco funcional o en verdad arcaica para la situación actual. Sí, acaso hay ciertos pensamientos fósiles detrás de estos cuadros de créditos, acaso hay malos efectos cuando son llevados a la práctica.

Por consiguiente, tenemos una línea de alumnos quejándose cada día hábil por la enorme lista de las asignaturas a tomar y la increíblemente absurda cantidad de tareas que deben ser realizadas en cada una de las clases. Y el colmo de esto, es que muchas veces estas actividades no son realmente de utilidad para una formación profesional. ¿No es indignante desperdiciar tiempo en nimiedades?

Las instituciones deberían crear planes de estudio que les brinden a sus aprendices las herramientas necesarias para desarrollarse profesional y personalmente dentro del ambiente que corresponde según la época presente. Aprender a aprender podría ser lo primordial. Posteriormente, a pensar y finalmente a ser.

Todos necesitamos un poco de instrucción para alcanzar nuestras expectativas. Todos requerimos un poco de ayuda, una guía. Pero, infaliblemente, dudo mucho que un centenar de ecuaciones nos ayude a desarrollar la bondad de nuestras almas, y que convertirnos en maestros de la tecnología haga crecer la compasión en nuestros seres. Mil tareas no nos harán mejores personas y una docena de dieces no nos volverá más inteligentes. Tan solo son compromisos cumplidos, porque, cabe destacar, siempre podemos hacerlo. Nosotros siempre podemos. No obstante ¿a qué precio? 

Capítulo gris      

            La verdad, no era lo que me esperaba.

Un compañero me comentó, poco antes de dejar la misma carrera universitaria que yo estudio, que se encontraba decepcionado de la misma. Él decidió, valientemente, no seguir con algo que no le satisfacía.

Probablemente muchos no dirían lo mismo.

Quizá, unos puedan pensar que no pudo con la carrera, y personas opinarán que debió terminar lo que empezó. Yo creo que fue la mejor decisión que pudo tomar. Ahora es mucho más feliz de lo que era, haciendo exactamente todo lo que quiere hacer, y es exitoso en ello, viaja por diversas partes del país en función de su vocación y dejó todo el estrés por cosas que no eran lo que él quería. Incluso se encuentra en otro país en el momento que escribo esto.

La decepción, en efecto, es una sensación horrible para un estudiante. Poner todas las esperanzas en algo que al final no resultó lo que esperaba es muy triste y frustrante. De repente, todo se voltea y cualquier plan que ya estaba formulado cambia radicalmente. Son cosas que pasan.

A veces, simplemente, no nos tocó encontrar a los profesores más adecuados, a veces las asignaturas que tomamos no cumplieron con nuestras expectativas, a veces el ambiente no era el idóneo para nuestra personalidad. No siempre se adquiere lo que se espera.

El problema llega cuando elegimos permanecer, estancados, haciendo algo que desde hace mucho perdió su color inicial. Y llegamos a un punto de automatismo, en el que todo se hace por pura inercia. Y esto, puedo decir, es una muerte muy lenta. Muere nuestro espíritu.

He escuchado tantas veces a compañeros de clases decir que se conforman con pasar la asignatura. Y en verdad no logro entender cómo se llega al punto de contentarse con no aprender pero seguir acumulando créditos. ¿Es eso todo lo que vale? ¿Los créditos? ¿Y dónde quedó el conocimiento? ¿Y el interés? En realidad ¿para qué se hace una carrera universitaria?

Si estamos rompiéndonos cada día un poco más mientras hacemos este recorrido, me parece que lo mínimo requerido debería ser que nos gustara de verdad lo que estudiamos, que tuviera un sentido. Y si no tiene un sentido, entonces ¿por qué se hace?

Debemos sopesar un poco si es necesario tomar decisiones, redescubrir el plan o cambiar radicalmente el rumbo. Si somos lo suficientemente valientes, y tenemos firmes convicciones en la vida, podremos tomar la decisión correcta, siempre lo haremos, aun si no lo parece en ese momento.

Al final, lo que de verdad cuenta no es en sí el título universitario, es la satisfacción de hacer lo que llena de matices nuestra existencia.

Capítulo negro

            No tengo tiempo.

Caos. En mi cabeza. En mi vida.

Ahora que escribo esto, eso es exactamente lo que pienso. No tengo tiempo. Hoy no tengo suficiente tiempo. Tengo muchas cosas que hacer. Tan solo al pensar en que tengo que salir de mi casa (¿me preguntó si lloverá o no?). Hay un sinnúmero de cosas por hacer, debo terminar varias tareas…

¿Qué esto no es un poco caótico? ¿Tener tantos pensamientos a la vez?

El estudiante actual es como un procesador de información. Pero todo se vuelve demasiado y nada a la vez.

Hay tantas cosas en la vida… Tantas cosas en el mundo…

¿Por qué esto es así y no de otra forma? O mejor ¿por qué no es como yo quiero que         sea?

            ¿Por qué hace tanto calor hoy? ¿Por qué no llueve?

            ¿Por qué está lloviendo? ¡No traje paraguas!

            ¿Por qué está tan frío este lugar? ¡Voy a enfermarme!

            ¿Por qué no encienden el aire acondicionado? ¿Entonces para qué está ahí?

            ¿Por qué no vino el profesor? ¿Para eso nos hizo llegar a clase?

            Bah… ¿Por qué no puede faltar un día? Quiero ir a comer.

            Mi maestra es tan impuntual… ¿Por qué nos exige llegar temprano?

¿Por qué la maestra tiene que llegar tan temprano? No me dejó entrar a su clase otra vez.

            ¿Por qué califica sin revisar si quiera los trabajos? ¡Eso no es justo!

Ay… ¡Me mandó a corregir un montón de cosas! ¿¡Por qué no pone la calificación   y ya!?

            ¿Por qué hay tanta gente en este lugar? Detesto el ruido.

            ¿Por qué no hay nadie aquí? Está muy silencioso. ¡Van a secuestrarme!

            ¿Por qué no nos dan un tiempo para ir a comer? ¡Muero de hambre!

Prefiero llevar todas las materias una tras otra. No quiero tener espacios libres entre clases. 

            Tengo sueño… No quiero ir a la escuela. Es muy temprano.

            Prefiero estudiar de mañana para aprovechar la tarde.

Llevo todo el día en la escuela. Tengo horario desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche. ¡Es horrible!

            No me gusta esta carrera… No quiero hacer esto.

            Tengo que terminar la carrera para poder conseguir un empleo.

           

Así, a veces nada nos gusta. No encontramos el equilibrio en nuestras vidas. Un punto fijo. Somos un caos andante.

Permanecer en la búsqueda constante del término medio que necesitamos es desgastante. El mundo cambia tan rápidamente que ni siquiera somos capaces de notar cuando algo se ha trasformado, entonces se produce una especie de colapso en nuestro interior. Nos perturba. Nos fastidia. Y un segundo más tarde, no podemos parar de quejarnos de ello.

Y esto es lo que sucede con casi todo lo que desfila por nuestras vidas en la actualidad. Pareciera que cada aspecto se torna oscuro. Por alguna razón, a veces nada logra obtener la tonalidad que deseamos. Y es así como ese cúmulo de sensaciones incipientes se convierte en lastre que cargaremos hasta que no toleremos más peso.

En este punto, podemos quizá arriesgarnos a realizar diagnósticos más drásticos, quizá extremos, partiendo desde algo que podría parecer tontamente aludido como lo es la falta de sentido en la vida, hasta algo para nada bizantino: neurosis.

Para Jung, cuando la gota derrama el vaso y todo aquello que se hace es insuficiente para satisfacer nuestros anhelos, cuando no encontramos sentido en nada de lo que realizamos y nos sentimos reprimidos al no estar en donde quisiéramos, llegamos a este extremo en donde la vida nos pone agresivamente contra la pared para obligarnos a tener el valor de reevaluar nuestras existencias y decidir de una vez por todas tener la audacia de hacer lo que amamos en verdad, y no simplemente dejarnos llevar por la corriente, ese sacrificio existencial de elegir lo que está más a la mano. Esta maraña extraña y confusa es lo que, positivamente, la neurosis logra a base de dolorosas sacudidas: ayudarnos a buscar ese sentido (citado en Alonso, 2004, p. 61).

Al final, pienso, este universo es ya un caos permanente. Hacer nuestras circunstancias más complicadas con cosas que serán intrascendentes me parece un sinsentido si especulamos que la existencia tiene como propósito lograr lo mejor con lo que somos. Por ello no hay que paralizarnos nunca, pese al desbarajuste y a los desequilibrios, siempre podremos recapitular y abordar otra vez.

 

Tornasoles

El estudiante universitario actual se enfrenta a una multitud de cosas a diario. Y a menudo es más resistente de lo que él mismo cree.

Tolerar la avalancha de los pensamientos que nos agobian todos los días no es tarea fácil, y menos si sumamos las otras labores que ya tenemos que realizar.

No solamente somos estudiantes. No existimos únicamente en un ambiente académico. Hay demasiadas modalidades.

Somos una suma de personajes a la vez:

El estudiante que permanece en el aula de clase.

El estudiante que es hijo, a veces incomprendido.

El estudiante que es cliente fiel del puesto más cercano de comida, aunque preferiría comer en su casa.

El estudiante que es pasajero en un transporte público, expuesto a la delincuencia a “altas” horas de la noche.

El estudiante que es amigo y apoya a sus camaradas aunque su vida sea un desastre.

El estudiante que es alumno de un profesor (desagradable) que no le da atención.

El estudiante paciente de un psicólogo, porque ya no sabe qué hacer con su vida.

Asimismo, toda esta aglomeración de ideas, pensamientos y emociones puede afectar seriamente el rendimiento escolar. Y es más significativo de lo que muchos pensarían.

Krashen (citado en Al-Shehri,  2012) en su hipótesis del filtro afectivo, expuso este grave problema durante el aprendizaje de lenguas, y de la misma manera en que puede aplicarse a este campo de aprendizaje, en cualquier otro tipo de estudio vamos a encontrar esta dificultad. Hay, concluyentemente, un filtro invisible, creado por un conjunto de emociones que a menudo afectan negativamente la retención de lo que estamos estudiando.

Los modelos educativos, en ocasiones mal enfocados, crean estudiantes llenos de estrés y vacíos de conocimiento funcional.

En la vida, necesitamos más que saber seguir indicaciones, trabajar bajo presión o hacer una carrera. Necesitamos conocer y conocernos. Tener un criterio propio de la vida, de las cosas, de lo que nos enseñan.

Una universidad debe instruirnos a pensar por nosotros mismos y a cuestionarnos lo que pensamos, y no simplemente a seguir la fila y a aceptar sin más lo que ya todos asumieron. Si en realidad esperamos que nuestro futuro sea diferente de lo que ha sido el de muchos a los que juzgamos, debemos hacer cosas incomparables, ordenar prioridades y preguntarnos una y otra vez si lo que hacemos es lo que nos da felicidad, y si no es así podemos replantearnos metas y visiones.

Y aquellos que no creen que los jóvenes podamos hacer las cosas, que subestiman y juzgan sin conocer lo que estamos pasando, deberían empezar a cuestionarse si lo que ellos hicieron de sus vidas era eso que anhelaban cuando niños, pero sobre todo, si lo que tanto critican pueden hacerlo mejor.

 

Referencias

Alonso, J. C. (2004). La Psicología Analítica de Jung y sus aportes a la psicoterapia. Universitas Psychologica, 3 (1), 55-70. Recuperado de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=64730107

Al-Shehri, H. ‘A. (2012, mayo). Los modelos de adquisición y enseñanza en una segunda lengua y la hipótesis del filtro afectivo de Krashen. Avances En Supervisión Educativa: Revista De La Asociación De Inspectores De Educación De España. Recuperado de http://www.adide.org/revista/index.php/ase/article/view/506/346

García, G. (1995). Un Manual para ser Niño. Recuperado de http://www.biblioteca.org.ar/libros/1907.pdf

García, P. (2012). La alimentación de los mexicanos. Cambios sociales y económicos, y su impacto en los hábitos alimenticios. Recuperado de http://docplayer.es/10276080-La-alimentacion-de-los-mexicanos-canacintra-cambios-sociales-y-economicos-y-su-impacto-en-los-habitos-alimenticios.html

Organización Mundial de la Salud (2003). Cambio climático y salud humana: riesgos y respuestas. Recuperado de http://www.who.int/globalchange/publications/en/Spanishsummary.pdf?ua=1