Mi Metamorfosis

0
391

La opinión de

RODRIGO ARTEAGA PORTILLO

Hace muchos años, veinticinco para ser exactos, estuve muy interesado en Franz Kafka; leí lo que encontré a mi paso, no recuerdo el orden pero sí las obras: Carta al padre, Metamorfosis, El Proceso, El Castillo, un libro de cuentos y un tomo de sus diarios.

Con la Carta al padre, esa en la que de una forma más o menos lógica y racional culpa de todo a su progenitor, me sentí tan identificado que cuando mi madre –frente a la crisis familiar de aquel lejano tiempo de hace veintitrés años- me pidió que le escribiera al mío, la titulé “Carta al padre II” y le reclamé hasta por haberme salvado de morir en el mar.

De su diario se me grabó una frase que transcribo de memoria: “Ayer empezó la Primera Guerra Mundial. Hoy me fui a nadar”, con la que me parecía captar su desprecio por el mundo que le tocó vivir. También pude sentir su pasión cuando cuenta cómo amanecía escribiendo y a pesar del cansancio y de tener que ir a trabajar sentía la plenitud del deber cumplido del artista. Posteriormente supe sobre la actitud contradictoria que tuvo hacia su obra, al pedir que fuera destruida tras su muerte, pero se lo pidió a su mejor amigo, Max Brod, quien la valoraba tanto que decidió publicarla, heredando a la humanidad lo “kafkiano”, lo que se mantiene en el límite del absurdo y lo posible, entre la pesadilla y lo real, que lo catalogaría como un visionario, un profeta de la calamidad que estaba (está) por venir.

995a134b593613900e5d3fedcb7e91ab

Ayer, aunque había releído hace poco La Metamorfosis, no se me ocurría nada para escribir sobre Kafka. Buscando entre mis papeles encontré dos de mis columnas publicadas hace seis años: la primera se titula precisamente “Metamorfosis”, igual que mi poema que le sirve de epígrafe, el cual trata sobre la transición entre el adolescente que tantísimos años fui y el esposo, padre y maestro en que me convertí, dejando atrás los reclamos y las justificaciones; en la otra retomo mi “Carta al padre II” para hacer las paces con él, agradeciéndole por rescatarme en Veracruz y por liberar a nuestra familia al separarse de mi madre.

Hoy me doy cuenta de que Kafka  ha sido una especie de sombra; ha marcado mi camino; ha sido un impulso para no quedarme en la queja y asumir la responsabilidad de mis decisiones, de mi propia felicidad. Su obra era el principio, la culpa, la imposibilidad; el reto era salir, trascender a la familia -donde uno se asume el bote de basura y se siente cucaracha- y formar una propia; conseguir tu lugar en el Castillo, luchar por obtenerlo. Algo que tal vez el autor sugirió en su obra, pero no pudo cumplir en su vida.

Me doy cuenta, era esto lo que deseaba escribir: el proceso de veinticinco años durante el que me he liberado. Quizás por ello, Franz Kafka ya no me dice nada.