Mi visita al Castillo de Kafka

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Reseña y análisis de la novela El Castillo, de Franz Kafka

 

 

 

Cualquier cambio banal

puede perturbar seriamente

las cosas más importantes.

Franz Kafka

 

Lo aceptable es ser dependiente

de una forma de poder que

no oprime, que permite vivir.

Judith Butler

Con cariño para Eli y Eren

 

Magnolia Vázquez Ortiz

Anochece. Camino junto al señor K. Él no lo sabe pero voy a su lado. Me asusta el ambiente frío, desolado y hostil. Avanzamos y me voy sintiendo como un personaje dentro de una película de terror que pronto será atacada no por un psicópata sino por todo un pueblo. Esa es mi impresión. Pero el señor K continúa su camino imperturbable con todo y su cansancio.

Llegamos a una taberna-posada. El silencio aparece repentinamente y todos los congregados voltean a ver al señor K quien pide un lugar para alojarse esta noche. El posadero dice no hay lugar para él, aunque lo haya. El recién llegado insiste, solo necesita un pequeño espacio donde acostarse y dormir para mañana llegar al castillo donde fue requerido. El posadero a regañadientes cede. A pesar del bullicio que regresa a la taberna el señor K duerme enseguida pero alguien, un joven con una actitud pedante lo despierta y le exige su carta de permiso para pernoctar esa noche en el pueblo. No la tiene. El joven, vocero del castillo, le pide se retire inmediatamente. Es absurda la cosa. ¿Por qué solicitarle la carta de permiso si esta tiene que venir del castillo, donde el señor K aún no llega? Discuten hasta que éste, irritado, exige se le respete como el agrimensor que es y viene a realizar sus funciones. Otra vez se instala el silencio. Le sigue una llamada telefónica al castillo para constatar lo que el extranjero acaba de decir. Hay titubeos en ambos lados de la línea, no hay certeza del otro lado. Finalmente, el agrimensor, que no el señor K,  logra ser aceptado al menos esa noche en la taberna. Me empiezo a desesperar cuando veo que no para la cosa para el señor K. Instantes después de haberse retirado el vocero, y antes de que éste retorne al pedazo de piso que le dieron para descansar, hace su aparición un mensajero destinado a ser su enlace con los señores del castillo. Me impresiona el grado de control y la rapidez en que actúan los poderes invisibles de los señores, de los amos, de sus administradores. Me impresiona y aterroriza porque hace días constaté ese poder invisible del sistema -no suelo salir de mis clases a menos que sea por una llamada oficial o por una urgencia fisiológica. Ese miércoles lo hice por un interés personal. Fueron diez minutos de ausencia mientras mis alumnos realizaban un ejercicio. Después de regresar al aula, en dos ocasiones, se asomó uno de los administradores para preguntarme mi hora de salida. Mis alumnos me dijeron que había pasado antes y que también se había asomado preguntando por mí. No fui consciente de lo vigilados que estamos hasta ese día,  de lo pernicioso que puede ser para nuestra “seguridad” laboral pero sobre todo, para nuestra integridad personal, yo tan propensa al delirio de persecución. En fin, Barnabás es el nombre del joven que ahora es el vínculo directo de los señores del castillo con el señor K, quien después de ponerse a su disposición, se retira.

Me asombra la fortaleza del agrimensor. A pesar de su agotamiento físico, al ver partir a su mensajero, va tras él y lo alcanza. El señor K cree que Barnabás regresa al castillo y quiere aprovechar la oportunidad para no esperar a mañana. Va confiado porque de la vestimenta del joven se infiere que tiene un buen cargo allá arriba. Caminamos en el oscuro silencio de la noche, el señor K tomado del brazo del chico y emocionado. Pero esta emoción desaparece cuando Barnabás se dirige repentinamente a una de las casas aledañas al camino. Qué decepción. Éste no regresaba al castillo sino a su hogar, un hogar más frío que la nieve de afuera. El muchacho lo invita a pasar y el señor K entre la vacilación de elegir el frío de la calle o el de casa, entra. Conocemos a la familia de Barnabás, a sus padres y dos hermanas, Olga y Amalia. Olga es la única que se acerca y saluda al hombre desconocido que su hermano acaba de invitar a pasar. Ella es amable, cordial. Sus padres permanecen sentados en un rincón, en la oscuridad. Amalia ha desaparecido de nuestra vista. Sin embargo, a pesar de lo sombrío y austero del ambiente de casa, son los primeros pueblerinos que se muestran amables con nosotros, tanto que es una buena oportunidad para ir en búsqueda de cervezas. Olga va por ellas e inesperadamente el señor K se levanta para acompañarla. Me pregunto qué busca que continua imparable. ¿Llegar al castillo? Tal vez, pero esta noche no será.

La taberna a la que llegamos es otra, la señorial. Cuando entramos, el posadero recibe a Olga y el señor K aprovecha para preguntar si puede pernoctar esa noche ahí. El posadero dice que es imposible, que ahí únicamente sirven a los señores y administradores del castillo. El señor K intenta sobornarlo y el posadero se indigna porque no debe contrariar la sensibilidad de los señores que pueden encontrarse de repente ante un extraño. Parece absurda su respuesta pero no consiente que el agrimensor, de quien ya tenía información de su estancia en el pueblo antes de  presentarse ante él, duerma esa noche ahí (me sigue asombrando la rapidez y discreción en la que se comunica una nueva en este pueblo que me sigue pareciendo hermético, peligroso).  Pero conocemos a Frieda, la que atiende la taberna y poco después nos enteramos: ella, una muchacha menudita pero orgullosa, no es una simple tendera, también es la amante en turno del señor Klamm y eso la viste de poder ante los otros pueblerinos, incluido el señor K. Inesperadamente, el agrimensor descubre su lado seductor y esa noche logra quedarse en la posada prohibida junto al cuerpo, hecho suyo, de Frieda. Me duermo perpleja, definitivamente la persistencia vale la pena. Despertamos y al menos para mí, se muestra lo insólito: Frieda decide irse con él  y renunciar, sin pensarlo -¿o tal vez sí?- al lugar privilegiado que tiene al ser amante de uno de los señores del castillo. La posadera, las sirvientas, el posadero, el pueblo entero, quizá hasta el mismo Klamm no salen del espasmo. La posadera, acepta muy a su pesar el amancebamiento de Frieda con el señor K, y luego entabla una plática con éste. Parece conocer muy bien las reglas existentes entre el castillo y el pueblo. Trata de convencerlo de desistir llegar a él, cuyas puertas, según ella, se abren únicamente a los señores, los administradores o los sirvientes que laboran ahí pero el señor K no admite sus argumentos por muy conocedora que sea y mantiene firme su decisión de llegar al castillo lo más pronto posible. La posadera me parece una mujer muy sabia, conocedora de las relaciones entre el castillo y el pueblo, incluso, me da la impresión que ella es la que mueve los hilos del poder allí, como las secretarias en cualquier dependencia gubernamental, sobre todo, las que sirven a  directivos y tienen un largo tiempo sirviendo  en él. Ellas conocen el teje y maneje de todos los asuntos a tratar, ellas  abren o cierran la puerta que uno desea atravesar. Esto me quedó claro  cuando una compañera que salía de clases y llevaba unos accesorios para niñas me preguntó si ya me los habían ofrecido. Respondí que no. Me sugirió: si te ofrecen, compra aunque sea uno. Hay que llevarse bien con las secretarias, porque si le haces algún feo, te bloquean cuando necesitas tratar algo con su jefe, mínimo retrasan cualquier trámite que tú vayas a hacer. A mí ya me pasó, por eso te lo digo. Las relaciones humanas, la diplomacia, lo que vulgarmente denominamos hoy la práctica de la inteligencia emocional. Hay que apelar a ella si quieres conseguir algo. Hay que apelar al ego del otro para conseguir lo que deseas. Sin distinción de jerarquía, en cualquier estructura de poder, todos los involucrados son importantes, desde el cochero hasta el jefe de jefes y las palabras, las palabras son las llaves para abrir cualquier puerta.

Pero el señor K no entiende de esto ni quiere saber. Apenas termina su plática con la posadera -quien confiesa fue amante del señor Klamm y de quien,  a pesar de su abandono inexplicable, parece, sigue enamorada- se presentan con él dos  ayudantes enviados directamente del castillo y se ponen a su total disposición. Los veo y me recuerdan por su actitud, a los dos personajes de la obra de teatro Esperando a Godot, me parecen pueriles. El señor K les pide lo acompañen a hablar con el alcalde mientras Frieda acomoda el cuarto donde habitarán. La llegada de los ayudantes es una buena señal, creo yo. Eso implica que en el castillo han aceptado la necesidad de un agrimensor. Pero no. La lógica está de cabeza aquí. Lo único que le ofrece el alcalde, temporalmente, es el puesto de conserje de la escuela porque un agrimensor fue solicitado muchos años atrás y actualmente no es requerido. Esa solicitud se extravió. No llegó a la oficina indicada, a tiempo. Lo preocupante es el discurso del alcalde, quien argumenta, sin convencernos, que no es un error de la administración porque la administración nunca comete errores aunque lo cometa. Vienen a mi memoria los trámites interminables que se hacen en las oficinas burocráticas y en donde uno acaba desistiendo por el tiempo indefinible y siempre largo, para solucionar algo porque siempre, siempre, faltará un documento  que no entregamos o que se extravió en el paso de una oficina a otra.

Salgo cabizbaja de la casa del alcalde pero al señor K parece gustarle esta nueva situación pues se irá a vivir a la escuela del pueblo. Cuando llegamos con Frieda esta acepta gustosa el cambio, incluso, le propone irse del pueblo, iniciar una nueva vida lejos de allí. No había reparado en la actitud de entrega de Frieda. ¿Amor? ¿Hastío del lugar? ¿Liberación del amasiato vivido con el señor Klamm? No sé. Puede ser todo lo anterior. No queda claro, pero Frieda va con el señor K con un total consentimiento.

Salimos rumbo a la escuela. El único inconveniente es que también vivirán con ellos los dos ayudantes del agrimensor y este debe proporcionarles todo, incluida la comida y casa. Nos agobian e irritan estos dos sirvientes, se muestran tan impertinentes que incluso ni en la intimidad de sus señores mantienen distancia. Me desespera como Frieda toma con exagerada naturalidad el comportamiento infantil de estos, como se ve encantada con ellos. Pobre señor K, y pensar será el responsable de la vida de ellos. Me acuerdo de la película Dogville, donde se aborda la relación entre amo y esclavo de un modo distinto a lo convencionalmente sabido. Los esclavos, al ser libres, tenían que ser responsables de sí, buscar por sí mismos casa, ropa, alimentos. Entraron en crisis. Maldijeron a sus libertadores…No supieron, muchos, qué hacer con su libertad. Estos dos jóvenes que antes sirvieron a los señores del castillo parecen más pueriles que unos niños de seis o siete años. ¿Son genuinos o fingen serlo? En fin, además de algunos pueblerinos, como el maestros inconforme de su estancia en la escuela, el señor K tendrá que lidiar con estos jóvenes sirvientes.

Es el amanecer del segundo día en el pueblo. Me pregunto ¿qué novedades habrá? No sé. Los días aquí parecen un baúl de sorpresas. Por lo pronto conocemos a la maestra que trata con menosprecio al agrimensor recién convertido en conserje. Este lo que desea es ganar tiempo para resolver su asunto, se lo confía a Frieda para que tenga paciencia, pero cuando los maestros descubren que usaron leña que no les correspondía, se arma el alboroto. Gritos, enojo y amenaza es lo que prevalece. Los que salen perdiendo son los sirvientes, pues el señor K los inculpa y con esto aprovecha la oportunidad de deshacerse de ellos y los expulsa definitivamente de su lado. Estos confirman mi primera impresión sobre ellos. Se ponen a lloriquear como niños pequeños y golpean las puertas y ventanas del salón pidiendo los dejen entrar porque tienen mucho frío y hambre. Frieda y yo sufrimos, queremos ceder ante estos gritos desesperantes pero el señor K es inquebrantable.

Atardece y al parecer los muchachos ya se han ido. Desde hace unas horas hemos dejado de escuchar sus gritos que se convirtieron en lamentos y ahora podemos descansar. No es posible. La llegada de un niño le recuerda al señor K que tiene un mensajero a su disposición y que le debe una visita. Se alista para ir en su búsqueda. Frieda intenta retenerlo, no quiere que vaya a la casa de los Barnabás. Se expresa de ellos de una forma repulsiva, pero él insiste en ir. Inicia un diálogo. En el decir de ella salen a relucir las advertencias de la posadera cuando intentó retenerla en la taberna, que el agrimensor solo la usó y usará como un medio para llegar al castillo y al parecer, la posadera tiene razón. El señor K la escucha y luego refuta con argumentos convincentes lo que acaba de decir Frieda, y resalta su interés genuino por ella. Yo me quedo en medio. Ambos, desde sus puntos de vista tienen la razón. En fin, es en vano todo intento de detenerlo y emprendemos el camino mientras Frieda se queda en la puerta sola, desairada, con la promesa del señor K de regresar pronto. Yo lo acompaño con la interrogante de por qué Frieda intenta impedir a toda costa, incluso, al costo de su amor, que vayamos a casa de los Barnabás.

Cuando llegamos, es Olga quien nos recibe. Barnabás todavía no regresa del castillo. Nos sentamos y Olga empieza a hablar. No parará hasta que deje claro todo lo que tiene qué ver con la posición que ocupan actualmente en el pueblo. Es la portavoz de la familia. Cuando Olga finaliza el relato, comprendo la actitud de Frieda, el de evitar mezclarse con una familia deshonrada pero frente a los Barnabás, me inclino. Estoy encantada con el atrevimiento, la dignidad, la libertad de Amalia de rechazar a uno de los señores del castillo, a quien consideró indigno de ella por lo imperdonablemente ofensivo que fue su carta de llamamiento. Amalia no es cualquier muchacha, me queda claro (¿Por qué Frieda no corrió con la misma suerte al rechazar al señor Klamm y preferir a un extraño?). Olga dice que su hermana es doblemente una heroína por lo que hizo y por callar todo el sufrimiento que ahora devasta a la familia, a quien ella sirve incondicionalmente. Así lo creo. Amalia, al negarse al amasiato con uno de los señores del castillo cambió la posición respetable de toda su familia en el pueblo y en el castillo, donde su padre dejó de ser requerido y a quien le cerraron las puertas del mismo. Creo que sus padres y hermanos también son dignos de admirar al callar cualquier reproche hacia Amalia que pudiera nacer de su condición de injuriados por todo el pueblo, de su condición de excluidos y del estado paupérrimo en el que se encuentran. No les fue bien como a Lizzy y familia[1],  sin embargo, su rebeldía ante un deber social indigno y el estoicismo en el que asumen la afrenta cometida, los hace doblemente heroicos ante mis ojos. Lo triste de esto es que así son las leyes no escritas de la colectividad, que actúa más por el impulso de las emociones, de las pasiones, incluido el ejercicio del poder, que por la reflexión y lógica misma. Qué pesadumbre. Y no puedo sentirla más porque ha llegado Barnabás y trae recado del castillo. ¡Sí! El señor K tiene una cita urgente con unos de los secretarios que acaban de bajar a la posada.

En la posada nos topamos con otra sorpresa (¿no era de esperar?): Frieda está de regreso  y además se ha enrolado con uno de los muchachos que antes le sirvieron y que ahora actúa como un adulto engreído, desafiante y hasta perverso, es otro. Con ellos está también la posadera que se muestra feliz ante este acontecimiento esperado, previsto por ella. Parece decirle al señor K: Se lo dije. Aquí su lógica no sirve de nada, su libertad individual, su derecho, su necedad. Pero el señor K empieza a sentir un cansancio que no puede aplazar su ímpetu decidido, y responde con indiferencia a sus palabras. Tiene razón mi amiga Eli. Todo lo que hemos experiemntado el señor K y yo, es parte de un montaje.  Nos han hecho creer que sí podíamos acceder al castillo, al menos, eso nos hicieron sentir los más cercanos. Tengo la misma sensación de cuando finalicé la lectura de El banquete de Severo Arcángelo. El invitado, que puede ser el protagonista o el lector, es el único que sabe hasta el final del banquete que todo está previamente calculado, previsto. Incluso su rebeldía, su resistencia al sistema instaurado, absurdo, representado por los científicos. Lo dejaron ser hasta el final de la representación. Cuando los otros se fastidiaron del juego, bajaron el telón de la única verdad existente: el sistema es el que manda y tu libre albedrío tiene un límite, como todo.

Todavía no acaba esto. También estoy agotada. Es media noche y hay una fila de hombres que esperan hablar con unos de los secretarios. El tiempo pasa  y llega la madrugada. Acompaño al señor K, quien por inercia, se introduce al pasillo que da a las habitaciones de la posada. En su soledad, de golpe, el señor K tiene un impulso irrefrenable y se introduce a una de las habitaciones. Ahí encuentra al secretario Bürgel. Éste despierta y contrariamente a lo esperado, lo invita a pasar y sentarse a un costado de su cama. El señor Bürgel, es un hombre de edad avanzada y bonachón,  le gusta hablar y termina adormeciendo al señor K. Este no escucha lo que dice el secretario pero yo sí. Con su monólogo, logro comprender más la posición de ellos, la de los secretarios y administradores del castillo, que además de servir en él todo el día, se hacen un tiempo, en la noche y madrugada para atender directamente a los pueblerinos que lo necesiten, aunque esa atención sea muy retardada y aunque al final, no se resuelva el asunto a tratar. El tiempo es el precio que pagan los directivos y administradores de cualquier dependencia. Aunque en estos tiempos cualquiera está dispuesto a ser esclavo de otros de tiempo completo, yo no. Esta nueva experiencia me lo confirma.

Antes de que caer en un sueño profundo, el señor K es despertado y el señor Bürgel es interrumpido por el señor Erlanger, el secretario que atenderá el caso del agrimensor. Tiene prisa y solo le pide al señor K, no siga interfiriendo con los asuntos del señor Klamm. El asunto es Frieda. Aunque según él, Frieda no es realmente importante, sentencia: cualquier cambio banal puede perturbar seriamente las cosas más importantes. Y el trabajo del señor Klamm es sumamente importante y no puede ni debe ser perturbado por estas nimiedades. Si hay que echar a Frieda de la taberna, será por decisión de ellos, no por el libre albedrío de ella, así que deberá regresar con o sin el consentimiento -no de ella quien no tiene voz ni voto- del señor K. Este momento no dura ni cinco minutos. El señor Erlanger, no espera respuesta y se retira. ¿Creyó el señor K que el secretario  traería una resolución a su situación de agrimensor sin funciones? Yo creo que sí. Por eso después de escuchar al secretario, se derrumba física y emocionalmente y pide conmiseración a la posadera para que lo deje dormir un rato en su taberna, quien al verlo en tal estado, consiente. Retumba en mi cabeza esa sentencia del señor Erlanger porque aún en su minúscula individualidad, el señor K ha sido capaz de atrapar la atención de todos, desde la sencilla muchacha de la servidumbre hasta la de uno de los señores del castillo con todo y su comitiva. Ese hilo indefinible del poder me asombra. Y me alegra.

Qué noche. Despertamos hasta el atardecer. No hay certidumbre. ¿A dónde irá el señor K, nuevamente solo, nuevamente extranjero? Anochece y salimos a la calle. Yo lo único que espero es el retorno silencioso del señor K a su tierra, sin embargo, para nuestra sorpresa, alguien, uno de los pueblerinos que estuvo la noche anterior en la larga fila de hombres en la posada, está a unos metros de la puerta esperando al señor K y lo invita a hospedarse en su casa.

Ahí vamos nuevamente, dirigiéndonos a la casa del señor Gerstäcker, donde el señor K tendrá alojamiento, comida y un trabajo que será remunerado… ahí vamos…

 

La primera impresión que tuve del señor K recién llegado al pueblo, es que ignoraba las leyes que ponen orden entre el castillo y el pueblo, entre los amos y los siervos.  Sin embargo, mientras pasaban los días y escuchaba su plática con la posadera, Frieda, el alcalde, el maestro del pueblo y, sobre todo, su plática con Olga, me fui convenciendo de que el señor K no es ningún ignorante ni atrevido ni insensato. Es un necio y su necedad reside en ocupar el lugar por el que fue llamado aunque para lograrlo tenga que perder a la mujer, que supuso, supongo, amaba. Menos de una semana y todo lo que ha armado en este pueblo sometido al poder invisible de los señores del castillo. Ha puesto de cabeza a la posadera al arrebatarle, aunque sea momentáneamente, su vínculo directo con su amado Klamm, a la familia Barnabás que ve en él una esperanza de mejor vida, a los maestros que fueron invadidos en su espacio laboral,  a los mediadores, secretarios de los señores del castillo, incluso, ¡al mismo Klamm! Ha desatado el desorden solo por reclamar, justamente, su puesto de agrimensor  solicitado por los señores del castillo.

He sido cautivada por el señor K y la señorita Amalia. Sus actos de libertad traducidos en valentía y transgresión a leyes absurdas pero arraigadas en la colectividad han superado en mí cualquier verdad evidenciada sobre la relación compleja entre amo y esclavo, entre administradores y burócratas a sus servicios, entre el hombre y la mujer, entre la objetividad y la subjetividad, entre el raciocinio y la emotividad, donde el lugar del poder no es estático ni definitorio. La belleza de Amalia sometiendo el poder del amo, la libertad del señor K sometiendo a los secretarios y administradores del castillo, los secretarios sometidos con su tiempo a las solicitudes de los campesinos, el amor de la posadera sometido al deseo sufrible del señor Klamm, el poder de las mujeres para conseguir lo que desean con palabras inteligentemente emotivas, todo esto me ha tocado gratamente y me lleva a concluir que lo denominado kafkiano no es otra cosa que lo inevitablemente humano que somos.

Ahora solo quedan preguntas suspendidas en el aire: ¿Qué pasará con Amalia y familia después de la plática entre Olga y el señor K? Pues Barnabás ha sido ocupado en el castillo a partir de la llegada del agrimensor, antes inexistente para ellos. ¿Qué pasará con el señor K después de su encuentro con el señor Bürgel? No lo sabremos con certeza, sin embargo, las últimas palabras de este dirigidos a K tremendamente agotado, puede darnos una pista: a veces pueden surgir nuevas ocasiones que no llegan a coincidir del todo con la situación general, ocasiones mediante las cuales, a través de una palabra, de una mirada, de una señal de confianza, se puede conseguir más que con esfuerzos extenuantes que duran toda la vida. ¿Irrumpir en la habitación equivocada con el hombre equivocado y sin embargo ser atendido por este, puede ser la ocasión señalada para el señor K? Hace poco tratado y echado con desprecio de la posada por su dueña y ahora, después de salir de los aposentos de los secretarios, aceptado sin reservas por esta misma, matriarca del lugar; hace poco echado de las casas y escuela donde le habían permitido pernoctar, y ahora esperado e invitado por uno de los lugareños de mayor prestigio para hospedarlo en su casa ¿no es acaso un indicio de que algo favorable para el señor K está ocurriendo?  No lo sabremos. Cada lector dará su versión final a la historia. Lo que sí es seguro es que el pueblo después de la llegada de este agrimensor convertido en un conserje temporal –supongo- no será el mismo, así como tampoco el lector que se atreva a leer El castillo de Franz Kafka.

 

Villahermosa, Tabasco; octubre de 2016

[1] Protagonista femenina en la novela Orgullo y prejuicio de la escritora decimonónica Jane Austen.