Pese al fuego de los años, Canda está en pie.

0
413

 

Lo que leerá a continuación es una semblanza de una mujer que no sabe cuándo se retirará, en palabras jurídicas, cuándo se jubilará. Del campo pasó al empleo doméstico. La pelea con la vida no la vencerá, quizás sí, un padecimiento que le carcome el cuerpo. Es la crónica de Canda. Foto (pintura) de ilustración: Velazquez, 1618. 

Salma Abo Harp

Cuando  estudiaba el cuarto año de primaria cambió sus cuadernos y lápices por herramientas para arar la tierra. Todas las mañanas preparaba con su madre y hermanas mucho pozol, mucho frijol y la tortilla gruesa que les daría la energía necesaria para las diez horas de jornada en el campo. Sabino, su padre, despertaba a sus hijas pequeñas desde temprano para irse de las siete de la mañana hasta que cayera el sol a sembrar, maíz, frijol, arroz, camote, calabaza y cosechar café. Eran seis hijos en una familia que vivía en una pequeña casa sin luz eléctrica rodeada de los campos verdes de Tabasco, cerca del río Cuxcuxapa, a 15 kilómetros de Comalcalco.

Candelaria Ricárdez Aguilar nació el 2 de febrero de 1957, año en que, a 47 kilómetros, en Villahermosa, Carlos Pellicer planeaba la apertura del parque Museo La Venta, famoso por sus piezas arqueológicas de la cultura Olmeca.

A Canda la llamaron así en honor a la virgen que se recuerda ese día: la Candelaria. Fue la cuarta niña de cinco hijos. La mayor era Irma, después Oralia, Martha, Canda, Lila. Ligio, el sexto, fue el último y único hombre de los Ricárdez Aguilar. Como muchas familias tabasqueñas que poblaban los campos tropicales, aprovechaban la buena tierra del edén; esa tierra fértil los alimentaba. Su día a día era un ciclo: sembraban para poder comer y comían para poder sembrar.

—Nunca tuvimos una muñeca. Jugábamos con el bacal, con el maíz. Esas eran las muñequitas y las vestíamos.

Así lo dice Canda al contar fragmentos de su infancia. Los años tiñeron sus risos oscuros con algunas canas blancas y grises; lleva el cabello corto y  sus cejas cenicientas no las puedo dejar de mirar: es curioso cómo enmarcan sus ojos. La señora de cara redonda y cuerpo macizo está por cumplir los 60 el próximo febrero. Su piel clara se puso colorada como sólo los rayos del sol saben colorear.

—Antes no había tanto calor. Nos íbamos a cortar café todo el día. Allá de aquel lado tenía mi papá una casita de guano —recuerda Canda como si estuviéramos en la casa familiar de Cuxcuxapa. Ahí dejábamos los costalones de henequén con café, y cuando iba mi hermano llenábamos hasta ocho costales. Íbamos como dos semanas. Al final rojeaban otra vez las matas, maduraban rápido.

Así era antes la vida en los campos tabasqueños, hasta que la fiebre del oro negro se esparció entre los campesinos que tiraron los machetes y empezaron a trabajar en Pemex, hoy una empresa que llega a su fin. Otros cambiaron los frutos del edén por la pisca de tomate en el país del norte. El programa Bracero estaba en su auge y la tierra de Cuxcuxapa empezó a ser olvidada.

Don Sabino junto a sus hermanos, Faustino y Filemón, fueron de los últimos hombres que trabajaron su pedacito de tierra.

A los 16 años Canda cambió el trabajo en el campo por las casas de Comalcalco. Cuarenta y tres  años después no se ha jubilado y es más eficaz, mucho más, que la señora de cuarenta que los lunes hace la limpieza en el mismo lugar donde  Canda trabaja. Estoy charlando con ella al final de su jornada laboral. La encontré sentada en la cocina de la casa donde barre, trapea, lava los baños, la ropa, limpia los muebles, cuida a una abuelita octogenaria y es a la vez cocinera de un local de comidas. Estaba sentada con un plato de espagueti rojo frente a ella cuando llegué a decirle que me contara su vida. Y es que esta señora es de esas que se extinguen mientras los años pasan: trabajadoras, de las que no se sientan a comer mientras haya algo que limpiar o quede algún guiso por cocinar.

13153290_1028238733879692_1207862074_n
Foto: Salma Abo En la imagen, Canda, la mujer incansable

—Mi mamá falleció hace 14 años. Se cayó, se rompió una pierna. Le dieron 21 puntadas. Después le dio trombosis pulmonar porque era asmática y no soportó el colchón de agua, falleció.

En mayo de 2000 Canda sintió una bolita del tamaño de un grano de cacao en su seno izquierdo. Los resultados de los análisis confirmaron sus sospechas: cáncer. Ella fue la segunda en Cuxcuxapa en presentar esa enfermedad. Después de seis mees de quimioterapias y veinticinco radiaciones para matar al invasor la señora logró ganar. Pasaron doce años y el cáncer regresó para llevarse su seno derecho. Los remedios naturales que consumía: los jugos de sábila, maguey, la miel de monte, un caballito de whisky y las serpientes de cascabel que ya muertas extendía sobre las láminas de zinc para que el sol las secara y ella después las triturara en el molino, también le ayudaron a sanar. Incluso viajó a Tila, Chiapas, para encenderle una veladora al cristo negro.

—¿Qué le hubiera gustado estudiar?

Le pregunto en la segunda charla que mantengo con ella. Estamos en la misma cocina donde la entrevisté la semana pasada. Hoy el calor es más fuerte, es mediados de marzo y el invierno está quedando atrás.

—Contaduría.

No sorprende su respuesta. Para criar un hijo la vida le enseñó a administrar. A los 24 años se volvió la madre de Juan Armando; dos años después con 10 mil pesos ahorrados compró un terrenito a orillas de una carretera angosta en Cuxcuxapa, Comalcalco. Liquidó los 20 mil restantes del predio en cuatro pagos. Allí edificó una casita en la que vive con su padre Sabino, y es vecina de su hermana menor Lila. Ambas comparten los rulos de su abuela y los cuidados de su papá que con 94 años necesita la asistencia de las hijas para poder caminar. También juntas administran y cocinan en una especie de negocio de banquetes tabasqueños. Preparan por encargo en el fogón de la cocina tamales, tamalitos, barbacoa y picadillo.

Le pido que me muestre sus manos. Las palmas son blancas y suaves. Pensé que serían tersas y ásperas. Pero las cremas de Avon que usa todas las noches las cuidan contra el sarro y el trabajo en el hogar; aunque nada pueden hacer para prevenir la callosidad sobre su dedo índice derecho, producto de la fricción del cuchillo sobre su piel al cocinar.

El único día libre de Canda es un lunes cada dos semanas. Emplea toda la mañana para limpiar su hogar. Algunas veces recorre el metro que la separa de la casa de su hermana para que juntas vean la telenovela de las 7 de la noche. A sus 59 años no tiene planeado dejar el trabajo en las casas. La palabra jubilación no cabe en el diccionario de esta mujer, que retomó el nombre de una virgen candela, que siempre estará encendida.