Reiteración de vida. Reiteración de amor.

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La ensayista y poeta Magnolia Vázquez Ortíz construye una correlación entre su vida al lado del hombre que transformó su destino y las protestas en México.

Para Rodrigo, siempre.

 

Una experiencia vital, cuestiona tus creencias,

la identidad propia,

los valores que uno asume en la escuela…

Armando Muyolema

MAGNOLIA VÁZQUEZ ORTÍZ 

Pospuse mi escritura para este texto, pasado más de un mes de haber vivido una experiencia vital. El 22 de diciembre pasado, cumplimos Rodrigo y yo, 14 años de casados. Ese día coincidió con el inicio de nuestras vacaciones decembrinas y habíamos planeado festejar nuestro XIV aniversario de bodas durante el viaje de visita a casa de mi suegro. Sin embargo, no hubo tal festejo ni tal viaje ese día, pues decidimos ser parte de los profesores convocados en la explanada de rectoría de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), para demandar nuestro salario y aguinaldo no pagados a tiempo. Aproximadamente 300 profesores llegamos entre nueve y diez de la mañana. Creo que ninguno sabíamos que nuestra permanencia duraría más de siete horas y mucho menos, que estaríamos en los lugares donde estuvimos.

Sí. No permanecimos mucho tiempo en espera en la explanada de rectoría. Ya habíamos esperado más de lo previsto en nuestras casas sin certeza alguna de nuestros pagos. Ante la ausencia de información clara y veraz, los profesores decidimos pasar de las instalaciones de la UJAT a Av. Universidad, como en otros tiempos lo han hecho los integrantes del Sindicato de Trabajadores Administrativos y de Intendencia de la UJAT. Lo hicimos como medida de presión hacia las autoridades universitarias y estatales. Por eso, hora y media después, sin respuesta clara de ellas, los profesores ahí concentrados acordamos dividirnos en dos grupos para hacer más presión. Uno de los grupos se quedaría en Av. Universidad y el otro se trasladaría a la Av. Adolfo Ruiz Cortines. Cada profesor eligió dónde plantarse. Rodrigo y yo, decidimos ir a la avenida más grande.

Con esta acción, nos enfrentamos primero a nuestra apatía y aparente indiferencia hacia la crisis económica y laboral a la que estamos expuestos todos los trabajadores pertenecientes a instituciones públicas. Después, hicimos frente a otras situaciones desencadenadas por esta primera acción: nos enfrentamos a insultos y pitidos de algunos ciudadanos afectados (que horas después, supe, fueron cientos. Les ofrezco disculpas). Nos enfrentamos a los antimotines que sigilosa y lentamente fueron acercándose hasta que se plantaron a unos diez metros de los maestros que ahí estábamos.  Nos enfrentamos a nuestros propios miedos cantando el himno nacional y repitiendo: ¡viva la libertad de expresión! (aunque esto implicara una afectación a la vía pública); ¡viva la educación! ¡Viva el respeto! ¡Muera la violencia, viva la paz!…la vida…

Mientras estuvimos en confrontación rostro a rostro con los policías, algunos compañeros entablaron diálogos (o al menos eso intentaron) con el comandante en turno. Afortunadamente media hora después, llegó el rector y nos fuimos con él –aliviados por no haber vivido violencia física- rumbo al recinto universitario, lugar donde se comprometió a depositar parte del adeudo pendiente, el 26 de diciembre, día en que efectivamente, cumplió lo prometido.

Con una fecha definida para el depósito de nuestros pagos, Rodrigo y yo caminamos tomados de la mano -serenos, satisfechos de haber participado en la demanda- rumbo a Plaza las Américas, para comer y luego ir a casa a descansar. Iniciaríamos nuestro viaje en la mañana del día siguiente. Pero no dormí en paz. En la noche estuvo llegando información a mi celular sobre lo acontecido en la ciudad mientras duró nuestro bloqueo, y sobre lo enunciado por los líderes académicos –asumidos transitoriamente- durante la confrontación. Dos informaciones me impactaron, me dejaron perpleja:

La primera es que hubo la orden explícita de desalojo, si pasado quince minutos -después de haberse ubicado los antimotines frente a nosotros- persistíamos en el bloqueo. Esta información no se socializó con ninguno de los profesores que formábamos la valla humana, quienes en un momento dado, éramos los más vulnerables frente a los policías.

La segunda fue ver y escuchar en un video, a uno de los compañeros maestros dirigir un discurso -que deduzco, intentó ser persuasivo- a los policías ahí plantados con sus macanas, gases y pistolas, listos para obedecer las órdenes de su superior. Todo iba bien hasta que en un momento de arrebatada pasión, el profesor alzó más la voz, expresándoles que si era preciso, daríamos la vida por defender nuestra causa.

Fría, helada, estupefacta quedé. Quizá en otro tiempo no me habría cuestionado, incluso, hasta habría aplaudido el aplomo con que lo dijo, asumiendo esas palabras como mías. Pero esa noche no. Y en estos días ni en los venideros, tampoco. Sentí miedo, terror. Sentí la muerte y no me gustó.

* * *

Algo que me enamoró de Rodrigo fue su voz. Fuerte y combativa. Coincidimos, entre otras cosas, en nuestro rechazo abierto a situaciones sociales injustas que violentan el derecho de muchos. Una de las formas de manifestarnos, la más recurrente, es nuestra escritura, pero también participamos en marchas colectivas como señal de protesta y resistencia ante leyes y actos violentos por parte del Estado mexicano hacia muchos sectores de nuestra sociedad. La última fue el pasado 22 de enero pues hubo una convocatoria a la unidad nacional para solicitar la derogación de las reformas educativa y energética. Yo viajé ese día de la Ciudad de México a Villahermosa y llegamos a Plaza de Armas cuando estaban cantando el himno nacional. Terminamos de cantar con los asistentes y después nos retiramos. Habría como unas 120 personas. No campesinos. No estudiantes. No profesores de la SEP. Había en la manifestación personas maduras de clase media. No me sorprendió -creo, no quieren perder “sus privilegios”, si es que así podemos llamarle a nuestro derecho de vivir cómodamente- pero sí me decepcionó la inasistencia de otros sectores, como ha sucedido y sucederá en otras marchas. Somos un país dividido por intereses particulares, olvidados y desinteresados por lo colectivo.

En fin, decía, ese día 22, a un mes de haber estado en el bloqueo en Ruiz Cortines, estaba participando, acompañada de Rodrigo y mis hijas, en otra manifestación. Pero también regresaba de un coloquio donde se expusieron y discutieron temas tan actuales como adversos,  llenos de incertidumbre tanto nacional como mundialmente. “Trompos a la uña… tiempos, desafíos, aparejos” se tituló. Uno de los ejes donde giró el trompo fue Trump, inevitablemente: caída del neoliberalismo económico; visibilización y legalización del neofascismo; redes comunicativas de mexicanos, latinoamericanos, árabes, africanos, viviendo la persecución de ciudadanos enardecidos por la propaganda racista; “a quién llamar si te llevan, con quien dejar a tus hijos, a quién encargarles tus enseres, la vida de los tuyos…”; lectura de un poema de “un día después” de la asunción de Trump a la presidencia; palabras con emoción contenida de Jaime Rodríguez, profesor puertorriqueño que enseña en una universidad estadunidense, expresando su vivencia del día después en pleno coloquio “yo vi ese mirar de alumnos mexicanos, inundados de miedo, de terror”… El hombre estético, el hombre endeudado; maíz transgénico, envenenamiento de nuestra tierra y por ende, de sus consumidores; desvío de poder en México…Vivir. La experiencia en carne propia…

Con esa carga de voces haciendo eco dentro de mí, regresé a Villahermosa. Pero también con una carga de palabras, aunque pocas pero contundentes, que me invitaron a persistir, a insistir en otra forma de vivir mi tiempo sin que tenga que apostar mi vida para lograrlo. Sin que me gane la emoción, la pasión y exponga mi vida al límite. En el mismo coloquio se habló insistentemente de vivir “el pensar como un hacer”, de activar el pensamiento creativo, imaginativo, propositivo, además del crítico, analítico y reflexivo. En esos días me cayó el veinte de que ese 22 de diciembre pasado, los profesores nos dejamos llevar por el enojo, la preocupación, el estrés y nos expusimos, mínimo, a que nos lastimaran los antimotines. Recordé que a la masa y en general a los seres humanos es la emoción la que nos mueve, mucho más que la razón. La última muestra de ello es el triunfo de Donald Trump como presidente de E.U. Trump, símbolo, entre otros, del neofascismo, de guerra, de barbarie. Trump, reflejo de una sociedad  sometida a las emociones, a las pasiones más aberrantes. Una sociedad (no únicamente estadounidense) que tiene lavado el cerebro  (utilizo el término que usa Doris Lessing en Las cárceles elegidas) por líderes políticos y religiosos que apelan al centro del corazón humano, a las emociones a través de la propaganda, la publicidad del sistema consumista, capitalista donde el pensar, y sobre todo, el pensamiento crítico, está vetado.

Pienso, este es uno de los retos que tenemos quienes nos embarcamos en este viaje en el camino de la enseñanza, del saber, del arte, del activismo, de resistencia que produzca: vivir “el pensar como un hacer”, traerlo a la luz, visibilizarlo, compartirlo. Apostar al pensar creativo, imaginativo, que nos permita “ser vivientes y no murientes” a través de la asunción de nuestro propio deseo, que nos permita construir “comunidades mortales”[1] y vivir de otro modo lo mismo.[2]

* * *

El día en que Rodrigo y yo hicimos el amor por vez primera, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se presentó en Ciudad Universitaria, de la UNAM. Después de escuchar el discurso emitido por el comandante David, sentí el deseo de integrarme y formar parte de su ejército. Sus palabras y el contingente que lo acompañaba, avivaron en mí la esperanza de un México inclusivo, justo y pacífico, sus palabras prendieron mi corazón combativo. En la noche, de regreso a nuestro lecho de amor, le comenté a Rodrigo mi interés por unirme al EZLN. Me respondió: “a qué estamos jugando” o “a qué estás jugando”. Algo así. Rodrigo, apeló a mi razón, no a mi corazón. Me cuestionó, me hizo pensar. Me quedé. Antes que ellos, fui tocada por el amor y ese amor es lo que me tiene atada a una realidad más tangible, vivible, sentida, cercana, manejable y por lo tanto, más factible de ser transformada. Con Rodrigo a mi lado, le seguiré apostando a la vida, al amor.

 

Febrero de 2017

[1] Es un concepto de Walter Broga, quien define la comunidad mortal como aquélla que piensa en su propia muerte y entonces piensa en la muerte de los otros y con ello puede darse el intercambio, la solidaridad, la cooperación respetando las diferencias.

[2] Parte del párrafo anterior y este último, forma parte de mi testimonio sobre la experiencia del coloquio.

Foto de portada: Lennon tuvo varias parejas sentimentales, pero el gran amor de su vida fue la artista japonesa Yoko Ono. Se casaron en Gibraltar en 1969 y pasaron su luna de miel en Ámsterdam, protestando contra la guerra de Vietnam recostados sobre una cama.