SAPAET realmente era mi casa

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El hombre que vivió en la Planta Potabilizadora Villahermosa. Ahí nacieron sus hijos. Nacieron y crecieron corriendo en los extensos jardines de la planta. Un perfil de Jaime Ruiz Ortíz que incluyó en el libro El agua tiene memoria. 

 

JAIME RUIZ 

En la parte de atrás de la Planta Potabilizadora Villahermosa —donde es ahora la segunda etapa—, ahí había una casa. Una habitación donde vivía el jefe de planta. Una casa con todas las comodidades: sala, comedor, cocina, dos recámaras. Ahí vivió mucho tiempo el protagonista de esta historia, quien para muchos es de lo mejor en el país sobre manejo de plantas. Ahí nacieron sus hijos. Nacieron y crecieron corriendo en los extensos jardines de la planta.

Había un jardinero, cuyo nombre era Benito Naranjo, que pasaba el tiempo limpiando y sembrando tomates, así como plantando los que ahora son grandes árboles que todavía se pueden observar en el lugar. Como un paraíso enclavado en el corazón de la ciudad, ellos se surtían de los mangos y otros frutos tropicales que ahí mismo se sembraban.

Al principio las instalaciones de la planta no existían o eran la cuarta parte de lo que es ahorita. Había un montasal. Después de grandes labores de limpieza y de plantar, todo lo demás se convirtió en jardín, donde cantaban pájaros y estallaban las flores su color.

De acuerdo a un amigo suyo, Antonio Alva Cantellano, “Nevares vivía allá atrás, donde llegábamos a visitarlo seguido”, refiere con alegría Cantellano, quien trabaja en Recursos Humanos de SAPAET desde hace casi treinta años: “…Le decíamos Neveras.

También había un velador —asegura—: su nombre era Juan Pozo.

Cuando nació la única hija de Nevares, el primer director de SAPAET, Ernesto Ventre, ordenó que se construyera una habitación más. Entonces la casa constaba ya contaba con tres recámaras.

—Mis hijos tuvieron una infancia muy bonita en el patio tan grande que tenían —recuerda Nevares, quien durante más de diez años habitó aquel edén junto a su esposa y sus tres pequeños.

La historia de Nevares y su romance con la Planta Potabilizadora Villahermosa comienza en 1973. Por razones del destino, su padrino de generación fue el ingeniero tabasqueño y secretario de Recursos Hidráulicos del gobierno federal, Leandro Rovirosa Wade, que en la noche del convivio de los que egresaban de la carrera de Químico Industrial por el Instituto Tecnológico de Durango, les ofreció trabajar en dicha secretaría: “Aceptamos entre 15 y 17”, comenta Nevares años después, quien sin saber en ese momento, sería el primer administrador de la Planta Potabilizadora Villahermosa. Y empezaron a trabajar inmediatamente en ese mismo año en la Ciudad de México, en dicha secretaría.

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Nevares con el entonces gobernador de Tabasco, Salvador Neme Castillo

Jesús Nevares Villanueva (Durango, Dgo., 1 de enero de 1950) colaboró, también en la capital, en el área de agua potable —originalmente Laboratorio Nacional de Control de Calidad del Agua—. Recorrió después parte del país. Su labor era analizar la calidad del agua e instalar sistemas de cloración.

En 1973 llega a Tabasco, comisionado para solucionar problemas que tenía en aquel tiempo la planta potabilizadora original de 250 litros por segundo (lps), que era insuficiente para la población villahermosina, rehabilitándola y poniéndola en marcha.

Se fue y regresó en ese mismo año. A su llegada a la tierra del pozol y los mosquitos, no existían los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado del Estado de Tabasco (SAPAET). “Estábamos encargados del Sistema Federal de Agua Potable tan sólo dos personas: el administrador, Jesús Sandoval, y yo en el área técnica, que manejaba los seis o siete pozos profundos que suministraban la red de distribución de Villahermosa, así como la Planta Potabilizadora, que era el principal suministro para la ciudad; manejábamos también algunos cárcamos, así como la red de distribución.”

Ahí en la Planta Potabilizadora su trabajo era operar y mantener las instalaciones. Ahí atendían el Laboratorio de Control de Calidad, donde hacían diariamente las pruebas para el ajuste de la dosificación de los reactivos para el proceso: pruebas de jarras —para verificar la dosificación de polímeros—; demanda de cloro —para hacer el ajuste del cloro que le ponían en la pre cloración—; cloración intermedia y   postcloración —para mantener un cloro residual en toda la red de distribución.

Nevares, con un equipo de mecánicos —don Benito Jiménez, excelente mecánico eléctrico, su brazo derecho; y unos cuatro o cinco mecánicos más—, mantenían en buen estado todas las instalaciones de captación, así como los pozos y la planta. Ellos se encargaban de sacar y meter equipos, entre muchas otras cosas.

Había en aquel tiempo 17 sistemas federales de agua potable en el estado, uno por cabecera municipal.

Al ampliarse la Planta Potabilizadora, la población satisfizo su demanda de agua, pero ésta, con el tiempo, trajo otro problema: mayoritariamente los habitantes padecieron caries. Ello dio lugar a establecer un convenio con la Secretaría de Salud para suministrar un producto que evitara la caries —sobre todo en los niños, por lo que se instalaron dosificadores y se estuvo suministrando fluor al agua potable: “siento que la gente que nació de 1973 a 1983, tiene menos índice de caries dental… Esto era un plus que tenía el agua potable en la ciudad”, presume el Ingeniero Químico Industrial.

Cuando había de quejas de que el agua olía o sabía a cloro, “qué bueno que huela a cloro, quiere decir que están tomando un agua totalmente potable” —respondía—, “y si ustedes la trasvasan eso le quita el olor”.

Lo que garantizaba que se ofrecía agua de calidad: física, química y bacteriológicamente potable.

Lo invitan a dar clases supliendo algunos maestros en el CBTIS 32, ubicado en la Avenida Esperanza Iris, a unos cuantos pasos de Paseo de la Sierra, iniciando como catedrático en septiembre del 1973, con 12 horas a la semana. Por la cercanía entre ambos lugares, compartía el tiempo de la operación de la planta con la impartición de clases en dicho centro educativo.

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Un día el ingeniero Nevares se encontraba en un restaurante con unos amigos. Debatían acerca de la calidad del agua potable. La charla giraba en torno a cuál agua era mejor, más pura y más limpia: si el agua potable de la llave o el agua mineral embotellada que venden en las tiendas. Apostaron.

¿Y cuál fue el mecanismo?

En envases iguales pusimos primero una botella de agua totalmente de la llave, y después una botella de agua mineral a la que le sacamos todo el gas para que no se vieran las burbujas. El reto era identificar cuál era el agua de la llave (de SAPAET) y cuál la gasificada (de la compañía refresquera).

Las dejamos ahí, a la vista de todos. Estuvimos observándolas durante media hora: su posible turbiedad, su limpieza, o buscando alguna partícula —ajena al contenido— que marcara la diferencia.

Nevares ganó la apuesta. Sus amigos nunca pudieron identificar cuál era el agua de la llave. “Esa vez comí gratis unas carnitas muy sabrosas, en un famoso restaurante de la avenida 27 de febrero”, evoca el originario de Durango.

En otra ocasión, cuando vino el presidente José López Portillo a visitar la planta en 1976 —por la ampliación de 500 a 1000 lps—, el que daría la explicación ese día al presidente de México iba a ser el constructor Pablo Pelletier, pero el director de SAPAET Ernesto Ventre se opuso: “No-no-no. Dijo en el último instante: “Aquí el que va hablar es el ingeniero Nevares, es el que conoce, es el que sabe, el que vive aquí.”

Frente a los periodistas —estatales y nacionales— y frente a López Portillo, Nevares dio a conocer los pormenores de la ampliación de la planta.

— ¿Y sentiste miedo?

—Yo no sentí nada porque no me dio tiempo, lo bueno fue que me lo dijeron de pronto porque si me lo dicen un día antes quizás sí me pongo nervioso… o no duermo.

Dice al ser entrevistado en las instalaciones de la Dirección General de lo que ahora se llama Comisión Estatal de Agua y Saneamiento de Tabasco (CEAS), el pasado 25 de agosto de 2011. A los sesenta años Jesús Nevares tiene el cabello cenizo. Su voz es firme y sus recuerdos siguen potables y transparentes como el agua limpia. Sonríe y se emociona cuando habla; se refiere a la planta al igual que alguien evoca a una añeja amistad, con la que vivió y trabajó por mucho tiempo.

— “Conozco todo el triperío de la planta”, responde detrás de sus lentes con algo de aumento, pues él fue quien vio crecer paso a paso todas las etapas de la misma. Si la planta fuera una persona, Nevares podría leer sus pensamientos.

— ¿Cuáles son las mayores dificultades que recuerde?

—El principal problema son los picos de turbiedad que traen las primeras lluvias. Si la turbiedad promedio del río es de 100, habían picos hasta de 7 mil unidades de turbiedad: es un agua de lodo. El proceso [de limpia] es difícil: [hay que] ponerle muchos reactivos, mucha atención. Se tira mucha agua por el exceso de turbiedad. Se bombea a la ciudad 50% del líquido, y con esto baja el suministro. Son problemas que se enfrenta uno en la planta año con año.

En ocasiones —explica el también especialista en diseño y operación de plantas— en medio de tormentas eléctricas, sin ser electricista ni especialista, tuve que cambiar las cuchillas en un poste porque la ciudad estaba sin agua: sacar [las cuchillas] con la pértiga echando chispas entre la lluvia; y cambiar los fusibles para reanudar el servicio, pues no había tiempo de buscar al eléctrico. No había radio comunicador ni tampoco celular. “Yo trabajaba las 24 horas, por eso vivía aquí en la planta sin horario. Las emergencias no te avisan”.

 

A la manera de Donald Trump —el magnate estadounidense de los negocios, quien ha externado en diversas ocasiones: “Quizá trabaje siete días a la semana, pero a mí no me parece trabajo, porque amo lo que hago”—, Nevares Villanueva dice que siempre trabajó muy a gusto en el agua potable, en donde tuvo excelentes jefes que le dieron su lugar toda la vida: “La dependencia me envió a capacitarme a la Universidad de Nuevo León. Tomé un curso de diseño y operación de plantas potabilizadoras; entonces, cuando estás capacitado en lo que haces y te gusta, pues no lo haces con trabajo, lo haces con mucho gusto.”

Con la ampliación, en 1986, a la que tuvo que ser sometida la planta —de 1000 a 1500 lps—, aquella casa tuvo que ser destruida, y después de más de 10 años (aunque seguía trabajando en Sapaet) Nevares y familia tuvieron que abandonar aquel “paraíso terrenal” donde sus hijos crecieron correteando grillos, comiendo frutos, persiguiendo mariposas.

 

—Chucho Nevares —opina Ernesto Ventre—, es un tipo calificado de lo mejor que había en el país sobre el manejo de plantas.

“¿Por qué lo quitaron de ahí?” Lanza la pregunta como una moneda que da vueltas en el aire. Sin esperar respuesta se contesta a sí mismo: “La verdad no lo sé. Son cosas que uno dice ¿por qué pasan?, ¿por qué?”

Después de 25 años de haber trabajado en el agua potable, hoy, a punto de jubilarse del CBTIS 32, escuela donde inició como maestro, llegando a ser Jefe de Departamento y, en últimos días, Subdirector, Nevares refiere ante la lente de la cámara:

—“Sapaet era mi hogar; es mi hogar hasta la fecha. Yo entro aquí y me conoce hasta el portero… Entro como cuando entra uno a su casa”.

 

FRASES

“Sonríe y se emociona cuando habla; se refiere a la planta al igual que alguien evoca a una añeja amistad, con la que vivió y trabajó por mucho tiempo. Si la planta fuera una persona, Nevares podría leer sus pensamientos.

 

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