Yo era quien tomaba las decisiones

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Su voz profunda, cavernosa, parece surgida desde la oscuridad de un pozo profundo. Es un perfil sobre la vida de Felipe Vera Camarillo, un tabasqueño que potabilizó el agua, escrito por Jaime Ruiz Ortíz

 

Yo tenía una libertad endemoniada.

No tenía que pedirle permiso a nadie,

el mandamás era yo, la cabeza era yo.

 

Sí, es Felipe Vera Camarillo, el mismo que aparece en las fotografías con sombrero campirano, con sus manos dispuestas a la cintura, con actitud victoriosa, de conocedor, del que sabe que todo lo sabe. Pues eso es: un hombre que conoce la historia del agua potable y saneamiento en Tabasco: que estuvo presente en los primeros procesos para llevar el valioso líquido a las familias tabasqueñas; que colocó las primeras tuberías en la ciudad de Villahermosa: “los planos los tengo en mi cabeza, en mi memoria que se olvida a veces de algunas cosas, menos de eso”.

Frente a él escuchan atentos de su charla dos jóvenes esbeltos: Andrés Granier Melo y Humberto Mayans Canabal. Felipe Camarillo vigila lo que pronuncia Mario Ramón Pérez, El gato Lanestosa, que está en medio.

En otras fotos, Lanestosa y el mismo Mayans le consultan su opinión acerca de algo seguramente importante; y Camarillo les contesta como cubriéndose los labios, como tratando de evitar que otros escuchen la respuesta que sale de entre sus dientes levemente abiertos.

—En los primeros años de la década de los cincuenta ―relata Felipe Vera―, saliendo de la escuela —como él le llama a la universidad— hicimos un viaje por estos rumbos, en el Istmo, y el maestro Ochoa nos preguntó que si alguno de nosotros tenía algún interés en el agua, él podría recomendarnos con un tal ingeniero Riquelme, quien era en ese tiempo subsecretario de Recursos Hidráulicos… y me apunté.

Entré a trabajar —prosigue— en la Secretaría de Recursos Hidráulicos en 1952. Vine aquí porque me trajo la Comisión del Río Grijalva, y así fue que llegué a Tabasco a finales de 1954, y me quedé. Al estado de Tabasco no le vi nada de bonito, sino que había mucho trabajo, y a mí me gusta mucho trabajar… Todo esto estaba lleno de yucatecos. Yo hacía desde el diseño hasta la operación. Hacíamos los planos, los proyectos, y después le pedíamos el dinero a la federación. En el área técnica era yo el único; ahí había que hacer de todo. Empecé sólo, aunque poco a poco fui llamando a los amigos. Todo fue creciendo. En ese tiempo no habían sistemas en las cabeceras municipales de los 17 municipios; todos los hicimos nosotros.

(Según las estadísticas, para finales del año 1958, nueve de las 17 cabeceras municipales del estado —así como otras localidades menores contempladas en los planes agropecuarios— estaban dotadas con servicio de agua potable).

Ya se había inundado la ciudad de Villahermosa. Se hizo el cárcamo El Negro; y la Planta Potabilizadora Villahermosa ya existía. No se manejaba ningún programa, pero hicimos tres colectores pluviales. Construimos canales, caminos, obras hidráulicas, es decir, de todo. Yo tomaba las decisiones. Afortunadamente tenía una libertad endemoniada. No le pedía permiso a nadie; de hecho, el mandamás era yo y la cabeza era yo. Lo que trato de explicar es que era el responsable de todo: desde el diseño y la operación, era yo.

Una vez fui a una reunión a la ciudad de México —recuerda Camarillo— y alguien me dijo: “laguna de oxidación”; entonces dije, eso es lo que necesitamos traer, y me traje para acá a Tabasco el proyecto.

Estas lagunas —según una definición— son excavaciones poco profundas en las que se desarrolla una población microbiana compuesta por bacterias, algas y protozoos, y eliminan en forma natural, patógenos relacionados con excrementos humanos, sólidos en suspensión y materia orgánica, causantes de enfermedades. Es un método fácil y eficiente para tratar aguas residuales provenientes del alcantarillado sanitario.

Se hicieron lagunas de oxidación en todo el estado. “Todas las puse yo”, afirma.

—Mi mayor satisfacción —comenta con orgullo—, después de muchos esfuerzos infructuosos que ya se habían hecho, fue enterrar tubería en la ciudad de Villahermosa, tubería que aún está funcionando.

A principio de los años ochenta —cuando Sapaet estaba naciendo y El Gato Lanestosa era el director—, Vera Camarillo recibió una tarjeta en su domicilio en la que lo invitaban a integrarse a colaborar en el nuevo organismo operador del agua.

Yo trabajaba todavía en la Comisión del Río Grijalva —explica—. Mi especialidad era agua potable, alcantarillado, drenaje rural y riego, entre otros aspectos.

La tarjeta estaba firmada por Humberto Mayans Canabal. “Fui a ver a Mayans a SAOP —refiere Camarillo—, quien me informó que había escuchado hablar de mí. ¿Quién le dijo a Mayans que yo entendía de hidráulica? No lo sé. ¿Quién me recomendó? Tampoco lo sé; pero alguien le dijo que yo entendía del medio, y Canabal me preguntó si quería trabajar. Acepté.”

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Foto: publicada en el libro El agua tiene memoria

 

—¿Quién le dio la tarjeta para que fuera a ver a Mayans?

—¡Caracoles! —dice con los ojos bien abiertos de sorpresa—. ¡Qué buena pregunta me acaban de hacer. Simplemente… me llegó! Inmediatamente me mandaron a Sapaet. Así fue como ingreso al Gobierno del Estado. Así fue como Mayans me descubrió.

¿A qué área entré? En ese tiempo no había nada, es decir, un lápiz, un escritorio; una oficina vacía. Entonces nosotros empezamos a armar todo. No teníamos horario. Afortunadamente nos rodeamos de gente de trabajo. El gobernador Enrique González Pedrero, crea la Secretaría SAOP. Me invita, y así fue como entro.

Felipe Vera Camarillo nace en el estado de Guanajuato, el 4 de marzo de 1926. La primera vez que escuché la palabra ingeniero —relata emocionado— estaba yo chamaco. Hubo una temporada que llovió mucho y con esto se abrió un boquete en la azotea de la casa, y en eso concurre todo el barrio a averiguar qué es lo que había pasado; aquel suceso era la novedad.

Y alguien comenta acerca del techo: ‘Se va a caer’. Otra persona pregunta: ‘¿Pero cuánto tiempo tardará?’. Alguien más expone: ‘El único que podría decidirlo es un ingeniero’. Y yo me pregunté: ‘¿Y ese señor cómo le hará?’ Quería saber cómo ese hombre podía decidir si la casa se iba a caer o no. Ahí yo supe mi verdadera vocación: que iba a ser ingeniero.

Pertenezco a una familia de gente de trabajo. Y ya estando chamaco los papás lo encaminan a uno a que aprenda un oficio para ver en qué da uno resultados… Total, que en ningún oficio di resultados. Intenté aprender a ser tornero, mecánico, y en varios oficios le busqué. Intenté de todo pero la pendejié. Hasta que llegó mi papá y dijo: ‘Tú no sirves pa’ nada, mejor ponte a estudiar’.

Gracias a esa situación de que ‘no servía yo para nada’, entonces me metieron a estudiar la secundaria.”

Años después se tituló como ingeniero civil, siendo uno de los primeros ingenieros civiles que egresó de la Universidad de Guanajuato.

En Tabasco, junto con otros cuarenta colegas, funda, a principios de 1968, la asociación civil constituida con el nombre de Colegio de Ingenieros Civiles de Tabasco, A.C., siéndole otorgado el permiso correspondiente el día 4 de abril de ese mismo año.

—He visto a la ciudad de Villahermosa varias veces inundada y, desde luego, participé en la solución de esos problemas —apunta Camarillo. Su voz profunda, cavernosa, parece surgida desde la oscuridad de un pozo profundo.

En mayo de 2005, la Asociación Nacional de Empresas de Agua y Saneamiento de México (ANEAS) le hace entrega de la Presea al Mérito, “por su relevante contribución al desarrollo del sector agua potable, alcantarillado y saneamiento de México”, siendo el primer tabasqueño que ha sido merecedor de este premio. “Me invitaron de repente —dice— a la ciudad de México, y fui a buscarlo [el premio].”

Actualmente trabaja como asesor en el Sistema de Agua y Saneamiento (SAS) perteneciente al municipio de Centro. “Nunca me ha gustado —aclara— que me muevan el tapete. Ahí en el SAS voy cuando quiero, llego a trabajar cada vez que quiero.”

Para algunos, Felipe Vera Camarillo es un atlas viviente, una memoria que contiene los mapas de los laberintos de tubos que hierven bajo la capital del infierno verde.

A sus 86 años de edad —y más de ocho décadas después de aquella anécdota en la que encontró su verdadera vocación—, Felipe Vera observa el techo de la sala de su casa —ubicada en la colonia López Mateos, en Villahermosa—, mismo que tiene una compostura que hace alusión a lo que, un día, en su lejano Guanajuato, lo inspiró a estudiar ingeniería.

― ¿No cree que el problema que tiene su techo es muy parecido a lo que usted vio de niño y lo inspiró a ser ingeniero? —le pregunto frente a aquella reparación.

Sorprendido, contesta, rascando su lisa cabeza.

― ¡Ay caray! No me había fijado… Tienes mucha razón.

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Foto: publicada en el libro El agua tiene memoria

 

FRASE

Para algunos, Felipe Vera Camarillo es un atlas viviente, una memoria que contiene los mapas de los laberintos de tubos que hierven bajo la capital del infierno verde.

 

 

 

Jaime Ruiz edita el blog: www.calorenlasombra.blogspot.mx