Yo soy otro

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Columna: MEMORÍA 

Algo sobre los sueños y la propia vida.

Estoy parado sobre la muralla que divide 
todo lo que fue de lo que será. 
“La muralla verde”, Los enanitos verdes.

RODRIGO ARTEAGA PORTILLO

Hace unas semanas me preguntó una compañera jalonera qué estaba escribiendo. Le comenté que había retomado mi columna. “¿Pero no te habías muerto ya? ¿Renaciste?” Me cuestionó.

Fue así que hice memoria y recordé que me moría: “Yo estoy muerto, yo estoy muerto”.

Unos días antes soñé iba en la parte trasera de un coche a tanta velocidad que no podía pasarme al volante, donde debería estar. En cualquier momento chocaría. “Que sea mortal”, pensaba antes de abrir los ojos.

En la última columna de mi vida anterior morí en un choque (“impactó su vehículo contra un tráiler en la carretera Villahermosa-Cárdenas”). En mi sueño cumplí mi mortífero deseo.

Esa claridad me animó a continuar con mi vida, aunque no con mi columna; había pospuesto su escritura.

Otro día soñé con restos humanos, piernas y brazos cercenados. Pasaba una camioneta, como esas que se usan para trasladar reos y me iba agarrado en la parte de afuera, como hacen los policías, también iba agarrada mi ex psicoanalista. Cuando desperté, mi psicoanalista todavía estaba allí.

Volví a ver la película “Íntimos desconocidos”, donde una mujer se confunde de piso y entra al despacho de un asesor fiscal pensando es un psicoanalista. Después que ella se va y deja una tormentosa relación con su marido, el psicoanalista le dice al asesor fiscal que la curó, que el análisis tiene un fin. Eso también decía la mía, pero no cuándo. “Hay que cortar el cordón umbilical”, pensé al terminar la historia.

Un maestro me invitó a su programa de música clásica mexicana que tiene en radio UJAT para hablar sobre Xavier Villaurrutia y la relación de la música con la poesía.

Soñé tenía que cantar con un grupo de rock en un concierto pero no quería. Pasaron muchas peripecias hasta que llegó la hora, se hacía tarde. Casi estaba resuelto a ir cuando me di cuenta: no sabía las letras de sus canciones. Despierto recordé que eran Los de abajo (conocí a algunos de sus integrantes en mi adolescencia) e interpreté que no soy la voz de los pobres iluminando siempre a los de abajo, aunque alguna vez lo quise ser.

Antes de ir a la estación de radio tuve algunas complicaciones, cruzó por mi mente la posibilidad de no ir, como en mi sueño.

Regañaba a mi hija pequeña por estar llena de lodo como esos conejitos de chocolate que tanto me gustaban. Después me sentía mal y me proponía jugar más con ella. En otro sueño jugaba con un niño a deslizarme por un tobogán e iba a inscribirme en la secundaria, pero ya no era tormentoso como en otros sueños donde tengo que volver a estudiar o presentar exámenes, ahora me encontraba con antiguos compañeros y me daba gusto estar con ellos.

Pienso en la relectura que hice de “El mito de Sísifo” de Albert Camus, en que se me ocurrió comentarlo con mis nuevos alumnos cuando empecemos clases, por aquello de empujar la roca desde la pradera hasta la cima de la montaña y dejarla caer para nuevamente subirla por la eternidad. Como con mis clases. En que ese castigo absurdo se puede convertir en una elección, en un sentido de vida. Quiero imaginarme a un Rodrigo feliz.

Soñé que mi madre había muerto y preparaban su velorio. Yo quería refugiarme en la bodega del sótano. Un ejército nos rodeaba. En unos días cumpliría 65 años. En unos días más cumplirá tres años de muerta.

Una muchacha me preguntó en un sueño por qué era tan serio y amargado. Le respondí:

-Mi madre murió de cáncer y sufrió de niña, yo tuve muchos accidentes.

Anoche mi esposa me compartió su lectura de un apartado de El origen de la tragedia de Friedrich Nietzche, donde plantea la importancia del ensueño en nuestras vidas, nuestra otra mitad, la parte apolínea, por Apolo, el “intérprete de los sueños”.

Yo, seguiré escribiendo mi historia.

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